Milei, su ley, la ley

Editorial
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El relevo democrático en la presidencia de países de América Latina que insisten en la consolidación de repúblicas surgidas hace ya dos siglos, pasa por una transición que suscita dudas y sobresaltos.

 Atrás quedó la época en la que presidentes, y aspirantes a serlo, eran letrados y a la vez abanderados de causas ligadas a las grandes discusiones que, sobre la sociedad, el estado y la economía, se daban principalmente en Europa. No importaba la carga de alienación derivada de la afiliación a escuelas de culturas ajenas a las de nuestra América mestiza.

Los estándares de esa tradición tenían una cierta solidez conceptual que ponía en alto esa línea invisible que marcaba el nivel necesario para aspirar a ser gobernante. Lo cual no impedía que las emociones condujeran de vez en cuando a caer en las trampas del caudillismo y la dictadura, atajos que concursantes improvisados utilizaban para llegar al poder.

 Cuando se vislumbraba la llegada del nuevo milenio, apareció la exigencia de versación preferencial en los temas relacionados con el desarrollo económico y social.

Siempre estuvo abierto el espacio para los milagreros, bajo cualquier bandera: los de palabra fácil, gestores de ilusiones de “cambio” bajo fórmulas sencillas, poco estudiosos, perezosos adornados con proclamas y gestos de pensadores, inexpertos o malos administradores de cualquier cosa, inclusive de su energía y su prestigio.

 Los últimos concursos electorales para elegir presidentes se han dado en América Latina sobre la base de esos antecedentes, y en algunos casos han resultado lo más parecido a un desfile de comparsas. Lo mismo que en los Estados Unidos, que se parece cada vez más al resto del continente.

Agotada la etapa de los criollos ilustrados y de los tecnócratas unidimensionales, que alternaron con políticos con “maquinaria propia”, se abrieron las posibilidades de postulación para permitir la entrada de personajes inusuales.

 Por ahí se han “colado” candidatos inverosímiles, sea por su radicalismo distante de la realidad, o por su insistencia en ofrecer milagros por cuenta de un estado de cuyo presupuesto se quieren apropiar para convertirse en esos millonarios dadivosos que nunca pudieron ser en competencia con los emprendedores.

 El reciente concurso presidencial argentino ha ido aún más lejos, como lo demuestra la aparición de un candidato que se aparta del paradigma de sacar provecho del estado y que, en lugar de exaltar sus bondades y sus poderes, y de invocarlos para obtener el apoyo popular, considera que ese mismo estado, tradicionalmente objeto de idolatría, sería causa y ejemplo de un fracaso que solamente se puede superar con su desmonte.

 Habría sido sorprendente que los votantes argentinos hubiesen decidido votar por quien, como ministro de una economía en profunda crisis, les ofrecía conducirlos, con las banderas desteñidas del peronismo, por el borde del abismo. Dicen en Buenos Aires que los fieles del ministro–candidato no podían ser otros que los beneficiarios de los subsidios de ese estado pródigo que hace sentir a la gente contenta por la paga y a la vez triste, como en un tango, por su condición mendicante.

 En Argentina ganaron a la vez el desencanto y la esperanza. El nuevo presidente, si bien ha sido diputado, no tiene experiencia política que haya ido más allá de la denuncia de lo que encuentra superfluo en el aparato del estado y de la propuesta de reemplazar la burocracia por las fuerzas del mercado. Como si no hubiese por todas partes evidencia de lo que sucede, en materia de inequidad cuando esas fuerzas se dejan completamente sueltas.

Su apuesta es de difícil realización en un país descomunalmente rico, que ha vivido bajo un paternalismo dedicado a suplir necesidades de los tradicionalmente marginados, mientras otros sectores juegan con solvencia sin mayores reparos en quién gobierne. Todo en el contexto de un continente en el que, desde la era colonial, existe una relación ambivalente de amor y odio por un estado al que detesta por su ineptitud pero al tiempo se anhela controlar; todo para que, llegada la hora, muestre cada quién, a su vez, una nueva forma de ineptitud, cuando no de corrupción. 

 La tarea del nuevo presidente pondrá a prueba, en medio de una situación angustiosa, la capacidad del mercado para distribuir la riqueza entre actores racionales que difícilmente se pondrán de acuerdo. Objetivo que Javier Milei espera cumplir, en medio del desorden actual, al tiempo con su promesa de dolarizar la economía, desmontar el banco central, mantener los sistemas públicos en la educación y la salud, y consolidar transformaciones radicales en la estructura de un estado paquidérmico. Todo lo cual exige, en un estado de derecho, profundas reformas institucionales, para las que, de entrada, no cuenta con mayorías en el congreso, y sin gobiernos provinciales de su misma línea en un país federal.

 Su llegada al poder despierta curiosidad y expectativa en el contexto continental, e inclusive más allá. Así como podemos estar ante una posible mutación exitosa de abandono del papel del estado como promotor y garante del desarrollo, también es posible que estemos ante un estruendoso fracaso. Como seguramente es el deseo de sus opositores, internos y externos, que los hay, a quienes tampoco identifica ningún tipo de “nobleza política”, como lo ha demostrado ya el candidato-ministro, que resolvió irse de una vez, en lugar de quedarse a cumplir con su deber hasta el último día; con lo cual demostró la clase de presidente que habría sido.

Está por verse, ahora en Argentina, la capacidad administrativa de un predicador de axiomas, inexperto en gobierno, para llevar sus postulados a la práctica, en medio de un río revuelto. También está por verse la reacción popular de esos mismos millones de desencantados de hoy cuando salgan de la euforia del triunfo electoral y se comiencen a ver los resultados efectivos y el rumbo que en realidad pueda tomar el cambio tan anhelado.



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