En las dunas movedizas de Túnez

Editorial
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Una constitución salida de la supuesta inspiración de una sola persona lleva la marca del autoritarismo. Nada mejor que construir, conocer y cumplir un pacto constitucional construido desde lo profundo de la sociedad. La usurpación de ese principio ahuyenta la democracia y abre el paso a la dictadura. No obstante, subsisten escenarios donde tradiciones de cultura política parecen reforzar el eterno retorno de la autocracia.

Túnez, el país que con caudalosa protesta social, bajo el estandarte de “Revolución de los Jazmines”, desató hace una década la “Primavera Árabe”, vive ahora el cierre ominoso de un proceso que en su momento alimentó las esperanzas de millones de ciudadanos de una parte significativa del mundo que sigue en busca de un modelo de democracia ajustado a sus necesidades.

Cuando la policía de Zine el Abidine Ben Ali, que llevaba 23 años el poder, acabó con el puesto de venta ambulante de Mohamed Bouazizi, quien se inmoló en el acto, nadie intuyó que diez días más tarde el dictador terminaría por dimitir, pero que diez años más tarde surgiría un nuevo autócrata para cerrar el círculo del recreo y embutirle al país otra vez un régimen que depende de la voluntad de una persona.

En medio de la euforia de la época, nadie intuyó tampoco el destino triste de las revueltas de los egipcios contra Mubarak que gobernaba hacía 30 años, de los libios contra Gadafi que llevaba 42 montado en el poder, de los sirios contra Assad que llevaba 15, después de 29 de su padre, y de los argelinos contra Buteflika que llevaba 12. Por lo general se llegó a creer que llegaría la democracia, aunque no era claro cómo ni cuál.

 Los tunecinos vivieron un proceso lleno de realizaciones y esperanzas que alcanzó a inspirar ilusiones y a servir de ejemplo de compromiso de los principales actores de la vida política en un proceso de reforma pactada para construir una democracia con todas las letras. El “Cuarteto del Diálogo Nacional Tunecino”, que agrupó a la Unión General del Trabajo, la Confederación de Industria, Comercio y Artesanías, la Liga de los Derechos Humanos, y la Orden de los Abogados, recibió en 2015 el Premio Nobel de Paz, “por su decisiva contribución a la construcción de una democracia pluralista en Túnez a raíz de la Revolución de los Jazmines”.  

Todo, después de todo, para nada. La semana pasada terminó por ser aprobada, mediante un referendo digno de toda sospecha, una nueva constitución redactada prácticamente por una sola persona, que designó una “comisión de expertos” encargada de preparar un borrador, según instrucciones precisas, que refuerza los poderes presidenciales de esa misma persona: Kais Saied.

Saied es un profesor de derecho constitucional que en 2019 llegó al poder por la vía democrática, con el apoyo sustancial de los jóvenes ilusionados por el cambio. Sólo que desde entonces se dedicó a moldear el estado a su medida. Aparentemente no tiene partido político. Le basta con tener el poder. Para efectos prácticos, organizó inicialmente apoyo de diferentes partidos, antes de suspender el parlamento en julio de 2021 al tiempo que anunciaba una reforma constitucional.

Poco a poco el profesor de derecho constitucional se fue convirtiendo en “constituyente”, y fue dando pasos de autócrata en desconocimiento de la constitución vigente, como el cierre mismo del legislativo para legislar por decreto, el relevo de las funciones del primer ministro para asumirlas él directamente, la “disolución” del tribunal que podría decidir sobre la constitucionalidad de sus actos, para “reestructurarlo”, y la recomposición, por decreto, de la Comisión Electoral.  

Como era previsible, el referendo constitucional del 25 de julio fue aprobado por el 90% de los votos, de manera que ahora Saied tendrá más poderes que antes, con respaldo en unas nuevas instituciones, hechas a la medida. La cirugía consumada, a pesar de la oposición de ciertos sectores y la abstención de otros. De manera que en eso termina, por ahora, en su lugar de origen, el recreo de protesta y libertad de la “Revolución de los Jazmines”. Primero y último capítulos de la Primavera Árabe.

A las calles de Túnez salieron otra vez muchos jóvenes a celebrar el resultado del referendo, convencidos de que ha comenzado una nueva era. Ellos no vivieron bajo la dictadura de Ben Ali, y más bien disfrutaron  de las libertades de una década de discusión en busca de rumbo para el país. Tiempo en el cual participaron tanto en discusiones serias como en la euforia desordenada que desatan los ilusionistas que vociferan con facilidad porque nunca han gobernado. También salieron a celebrar nostálgicos del pasado, de esos que siempre esperan que simplemente haya quien mande, para obedecer.

Por fortuna, como en otras partes, allí seguirán los entusiastas de la democracia tratando de hacerla avanzar penosamente por ese paisaje de dunas que cambian de forma según los vientos y hacen difícil mantenerla en movimiento. Son los eternos luchadores contra el autoritarismo y el caudillismo, que buscan influir en la cultura política para que se consiga la vigencia real de un estado de derecho, se depure el papel de éste para mantener el orden sin violar los derechos de otros, hallar los mejores caminos para el bienestar común en condiciones de paz, y sobre todo garantizar, en su sentido más amplio, la defensa de la libertad.



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