Un monumento que debería unir

Editorial
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El primer ministro Justin Trudeau sugirió y obtuvo de la corona británica la designación de la hija de una indígena de la comunidad Inuit, esto es esquimal, como Gobernadora General del Canadá. El cargo tiene el valor simbólico de la representación de la reina como jefe del estado canadiense, en virtud de los complejos principios fundacionales de este último. En todo caso, ni quien ocupe el trono, ni quien ejerza la gobernación, pueden interferir en el libre juego democrático de los canadienses. Pero justamente el hecho de que una persona con sangre indígena represente a la reina y juegue el papel de jefe de estado en el día a día del Rideau Hall de Ottawa, tiene un valor fuera de lo ordinario. 

 Nacida en Kangiqsualujjuaq, Quebec, la gobernadora Mary Simon lleva nombre y apellido que nada tienen que ver con sus ancestros; pero justamente ahí comienzan las señas del complicado tejido que la cubre al llegar al nuevo oficio. Comenzó por trabajar en los medios y luego en la Inuit Tapiriit Kanatami y la Corporación Makiyik, organizaciones dedicadas a la proyección y avance de los derechos e intereses de la comunidad Inuit. Jugó papel relevante en reformas institucionales en favor de los pueblos aborígenes. Hizo parte del Consejo Ejecutivo de la Conferencia Inuit Circumpolar. Fue embajadora de su país para asuntos circumpolares, y protagonista de la negociación que culminó en la creación del Consejo Ártico, antes de ser embajadora del Canadá en Dinamarca, para después dedicarse a causas diversas en favor de la niñez y la educación, en la dimensión ártica, tan relevante para su país. 

 En medio de las aclamaciones por su designación, han salido a flote factores que muestran lo azaroso del aparente camino de gloria que ha llevado a una descendiente directa de precolombinos a representar en su tierra a la corona de un antiguo poder colonial que contribuyó a la formación del Canadá. Así, sin desconocer los merecimientos de la señora Simon, ha surgido la protesta por el hecho de que, contra una de las tradiciones más cuidadosamente guardadas de la vida canadiense, la nueva gobernadora general no habla francés. Con lo cual no se puede cumplir, de entrada, el muy significativo ritual de que en todo discurso de quien ocupe un cargo de alto nivel, se pronuncien frases exquisitamente entremezcladas en inglés y francés, las dos lenguas principales del país. 

 Sin perjuicio de las consideraciones sobre lo que habría pasado si un candidato a gobernador hablase solamente francés e inuit, la razón que la señora Simon aduce para su ignorancia de la lengua francesa, que ha prometido aprender, destapa un fenómeno tremendo de la vida panamericana, de aquellos que sembraron “surcos de dolores”. Dice ella que, en la “escuela federal diurna” a la que asistió, en el propio Quebec, le estaba vedado aprender francés. Y ahí es donde aparece una Caja de Pandora.

Las “escuelas diurnas federales” funcionaron desde mediados del Siglo XIX hasta la segunda mitad del XX en forma paralela y en muchos casos con administradores compartidos con las tristemente célebres “escuelas residenciales”, monstruoso proyecto orientado a erradicar del alma de la niñez aborigen los sentimientos más profundos de pertenencia a su comunidad y a su familia, para inducirlos, a la brava, a convertirse en “personas civilizadas”.

Niños desde seis hasta diecisiete años eran reclutados en cacerías que se realizaban en los asentamientos indígenas y llevados a centros especialmente construidos, en lugares apartados, donde en la práctica vivían como prisioneros, bajo el “cuidado” de comunidades protestantes y católicas contratadas para tales efectos por el estado. Las visitas por parte de sus familiares eran obstaculizadas al máximo. También las vacaciones en casa. El uso de las lenguas nativas estaba prohibido. Las condiciones de salubridad básica eran en muchos casos deficientes. Miles de indígenas en plena niñez fueron usados para realizar experimentos de resistencia a la desnutrición y con ellos se hicieron diversos experimentos médicos sin ningún control. Los muertos fueron incontables. Y la herida quedó en el alma profunda del Canadá.  

 No solamente resulta imposible de demostrar, sino especulativo e inoficioso, sostener que el continente americano estaría mejor si no se hubiera encontrado hace quinientos años con el europeo. El hecho es que el encuentro se produjo. En términos que hubieran podido ser mejores, claro está. Pero fue como fue y en ninguna parte la historia se ha podido desandar. Otra cosa es que se puedan corregir equivocaciones del pasado y buscar efectiva reconciliación

De eso debemos estar orgullosos, como debemos estarlo de curar las heridas del pasado, para construir un futuro mejor. A lo largo de las Américas deberían erigirse diferentes versiones de un monumento que refleje esa realidad, esa voluntad y ese propósito.



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