Un contagio desde el Cáucaso

Editorial
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Los desmontes de imperios dejan cuentas interminables por arreglar: acomodaciones territoriales arbitrarias, hechas en su momento desde capitales lejanas, para dividir y reinar, terminan por dejar naciones separadas y sometidas a poderes imposibles de aceptar, y que mantienen latentes motivos de rebelión. De los herederos de esas arbitrariedades, unos siguen aferrados al dominio de territorios que no les corresponden y terminan por afectar derechos y libertades fundamentales de pueblos que no merecen vivir separados; otros luchan sin cesar por su autonomía y su libertad.

Dicen que Stalin ofreció Brandy Ararat, bebida legendaria, en alguna de las reuniones con sus aliados occidentales al final de la Segunda Guerra Mundial. En cada copa estaba encriptado el orgullo de la pertenencia de Armenia a la Unión Soviética, que dejó en manos de la entonces República Soviética de Azerbaiyán una región, Nagorno Karabaj, como “provincia autónoma”, habitada en su mayoría por armenios. Como para el poder comunista los factores religiosos no valían, pues estaba vedado el suministro de ese “opio” espiritual, no se tuvo en cuenta que se fomentaba un desencuentro en tierra de frontera entre musulmanes y cristianos. Los armenios habían sido los primeros en adoptar el cristianismo como religión de Estado, por allá en el año 300, en la tierra donde dicen que quedó en lo seco el Arca de Noé.

Bajo el peso de la “Pax Soviética”, las tensiones entre las dos comunidades se mantuvieron bajo control, aunque los armenios de Nagorno Karabaj insistieron siempre en su aspiración a formar parte de Armenia. Así aguantaron hasta 1991, cuando la nueva República de Azerbaiyán, recién salida de la Unión Soviética, acabó con el régimen de autonomía de la región. Un referendo organizado por el parlamento regional, que resultó a favor de la idea de formar parte de la nueva Armenia, también salida de la URSS, desató un enfrentamiento armado que dejó treinta mil muertos. Los armenios del Karabaj se quedaron con el control de la región, lograron dominar un corredor que los conecta con Armenia, y declararon su propia república, que hasta 2017 se llamó Nagorno Karabaj, tierra alta de Karabaj, ahora República de Artsaj, apoyada de hecho solamente por el gobierno armenio.

Cada vez que las cosas se agitan y, como ahora, se reviven las hostilidades, se desata una danza de potencias interesadas en ejercer su influencia para respaldar a sus amigos y mejorar sus credenciales de influencia regional. Rusia y Turquía encabezan el baile. La primera con la obligación de conciencia de heredera del poder soviético, mantiene buenas relaciones con ambas partes, pero ha sido siempre más cercana de Armenia, donde mantiene una base militar. La segunda, en busca de protagonismo, sobre todo bajo el mando de su actual presidente, que se auto considera reivindicador del islam y campeón de la causa de los pueblos turcos, venidos todos del centro del Asia, apoya los intereses de Azerbaiyán.

Una propuesta sensata de búsqueda de solución, que traería de paso una lección de fortalecimiento democrático y de respeto por el principio de la libre determinación de los pueblos, no se ha abierto paso todavía. Ahí flota desde 2007, a instancias de la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea, que creó un grupo, llamado de Minsk, conformado por Rusia, con todo y sus defectos, como antigua potencia imperial, Francia y los Estados Unidos, y que tiene como objetivo convencer a las partes de organizar una consulta que de una vez por todas aclare, con base en la voluntad popular, el estatus de la región. Sin perjuicio de que el resultado pueda ser predecible, y precisamente por eso, se vislumbran obstáculos de origen turco y musulmán para entorpecer el proceso.

Como no existen instancias internacionales de valor universal, capaces de arreglar conflictos de esta índole, vuelven y juegan la indefinición democrática y la solución de los problemas por la vía de los hechos.
Nikol Pashinyan, de Armenia, e Ilham Aliyev de Azerbaiyán, habían acordado hace poco más de un año desescalar las tensiones y tomar medidas para preparar a sus respectivas poblaciones para la paz. De pronto, ante la contundencia de la tragedia de la guerra, que afecta a sus pueblos, el contacto directo entre los líderes de ambos países puede ser la clave del impulso de un proceso hacia la paz. Esfuerzo que debería ser refrendado por la consulta de la voluntad popular. Tarea generosa y democrática, seguramente ilusa en los términos de animosidad con la que ejercen su oficio los políticos tradicionales, y sin duda difícil de realizar, pero ante la cual nadie se debería desanimar. Un buen contagio que podría provenir del Cáucaso.


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