Un pacto en veremos

Editorial
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El primer acuerdo de paz que firmaron el gobierno del ex presidente Juan Manuel Santos y las guerrillas de las Farc, el 26 de septiembre de 2016, cumplió cuatro años en medio de una situación difícil para su implementación por el recrudecimiento del conflicto en las zonas históricamente afectadas por la violencia, que no han sido abandonadas por los alzados en armas, dejando en el piso el acuerdo de paz.

Ese pacto negociado en Cuba fue firmado en Cartagena de Indias y rechazado una semana después por en un plebiscito, lo que obligó a reabrir las negociaciones para un acuerdo final que se firmó el 24 de noviembre de ese año en Bogotá.
La desmovilización y el desarme de más de 12.000 combatientes de las Farc disminuyeron sustancialmente los niveles de violencia en la mayor parte del territorio nacional, pero no lo suficiente para disfrutar una verdadera paz, ya que el mismo grupo decidió después de firmar el acuerdo, de volver a las armas, en el gobierno de Santos.

A los desafíos de estos cuatro años, se suman ahora nuevos retos; viejas dolencias, que nunca desaparecieron y que siguen latentes dejando lacera ese mal llamado proceso de paz, donde nunca hubo un sentimiento sincero de arrepentimiento y justicia.
En los dos años del Gobierno de Duque se ha conseguido una enorme cantidad de logros que están compilados en 350 páginas de avances y resultados, que transforman vidas y fortalecen comunidades. El actual gobierno es conscientes de la importancia del diálogo en un proceso de paz y en la subsiguiente implementación del mismo y por esto, en cuanto a los espacios de participación y diálogo, se mantienen activos en todos los roles y su financiación.

La comunidad internacional ha valorado lo conseguido por Colombia en esta implementación de la paz donde están involucrados los principales actores de la vida colombiana como los más interesados en salir adelante con este proceso, en donde primero debe haber un perdón y arrepentimiento sincero por parte de los generadores de violencia, para entonces sí, hacer perdurable una hoja de ruta hacia la paz y la prosperidad verdadera, basada además en la reparación como mecanismo fuerte que conduzca a impartir justicia, en donde todos los implicados deben rendir sus cuentas y responder por sus acciones; de lo contrario, se podrá encontrar soluciones prácticas a una situación que puede ser extremadamente seria y compleja.


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