El país sin billetes

Editorial
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Dos cafés, 1 millón de bolívares; una pizza congelada, casi 3 millones; un paquete de salchichas, 1,4 millones; 1 dólar, 306.000 bolívares. El billete de más alta denominación, 50.000 bolívares. En Venezuela, la imparable devaluación ha superado un nuevo hito que deja su existencia en mínimos solo comparables con las grandes tragedias económicas de la historia.

La última barrera la superó esta misma semana cuando, tras una devaluación del 10 %, el precio del dólar superó los 300.000 bolívares soberanos por cada divisa estadounidense; es decir, el billete de 50.000 supone 0,16 centavos de la moneda estadounidense.

Así que, si en Venezuela se quiere comprar un dólar, se necesitan seis billetes de la más alta denominación. Y si lo que se quiere es tomar un café acompañado, son 20, algo imposible de compilar puesto que los cajeros no suelen disponer de cantidades superiores a los 100.000 bolívares.

La gente pasó de reírse de Venezuela por ser un país con muchos ceros en sus billetes a ser un país donde, simplemente, no hay billetes. Sencillamente, ya no se emiten billetes cada vez de más alta denominación con ese fin folclórico de sumar ceros, las cantidades en bolívares que tienen los venezolanos en sus cuentas crecen mientras mengua su valor. Los saldos monetarios reales que tienen los venezolanos en sus cuentas son tan pequeños que la gente tiene menos de un día de consumo en bolívares en su cuenta.

Se trata de cantidades pequeñas si se calculan en moneda extranjera, pero si un venezolano decide cambiar 20 dólares para hacer algún tipo de compra se encontrará con seis millones de bolívares en su cuenta, una fugaz sensación de riqueza. Por eso, la tarjeta es apenas una suerte de monedero que contiene todos los ceros que ya no caben en los billetes y que dan una muy baja capacidad de compra.

En 2008, el entonces Gobierno venezolano enterró definitivamente el bolívar y creó el bolívar fuerte. Cada moneda nueva suponía mil de las antiguas. En 2018, hizo lo mismo con el bolívar fuerte, que fue sustituido por el bolívar soberano, el actual, al que le dio un cambio de 100.000; es decir, primero le fueron sustraídos tres ceros a la moneda y posteriormente cinco más, por tanto, el billete de 50.000 bolívares soberanos tiene ya ocho ceros elípticos y su valor teórico sería el de cinco billones de bolívares. Y supone apenas 0,16 dólares.

La hiperinflación es incomparable con otras que se han vivido en América Latina por la duración y contexto, que llegó a su culmen en enero de 2019, con una tasa de inflación mensual de 263 %, lo que equivale a una pérdida de valor del bolívar de casi tres cuartas partes en 31 días; es decir, quien a inicios de mes tenía bolívares por valor de 20 dólares, tenía 15 al terminar enero pese a no haber gastado nada.

En 2020, se ha pasado a una fase más tenue pues el efecto de caída de la demanda de dinero era menor y solo se hacía sentir el incremento de oferta de dinero, por eso, la inflación acumulada en los siete primeros meses está entre el 200 y el 300 %, lo que equivale solo a enero de 2019 pero, sin embargo, esa tasa sigue siendo la más alta del mundo; sin embargo, según los datos del Parlamento, Venezuela acumuló una inflación de 843,44 % en los primeros siete meses de 2020, con un incremento de los precios del 55,05 % en julio pasado.

Venezuela está a punto de cumplir tres años en hiperinflación. Esta en el ‘top 10’ de hiperinflaciones más largas de la historia, por detrás de Nicaragua, que duró cinco años y de Grecia, que duró más de cuatro. El país hermano ya no está solo inmersa en hiperinflación, la principal diferencia con otras crisis similares es que el país está, además, en su séptimo año de recesión, han desaparecido tres cuartos del PIB y hay un proceso de dolarización espontáneo.


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