Valledupar, en las entrañas de los Juegos Bolivarianos

Deportes - Nacional
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Los XIX Juegos Bolivarianos le dan un resplandor pletórico a Valledupar. El calor deportivo hierve en una ciudad atiborrada de juglares y acordeones que le cantan a la universalidad del deporte competitivo y olímpico.

El aeropuerto “Alfonso López”, pequeño y cálido, porque aquí todo es muy caliente, nos recibió en un extremo de la ciudad que por estos días se maquilla de deporte olímpico y competencia de alto nivel. Valledupar parece inundada de colores y acertijos. Las mariposas del tiempo se detienen por estos días en la capital del Cesar, para recibir once delegaciones de sendos países latinoamericanos que quieren rendirle un homenaje deportivo a la memoria de Simón Bolívar, el viejo jinete venezolano que cabalgó por todos ‘Los Andes’.

El deporte hermana los pueblos y produce alegrías incomparables. Es la misma alegría de una ciudad que en cada extremo está dispuesta a brindarla. No más, bajarse y el señor del taxi, con su panza prominente y su amplia sonrisa local, dice optimista:

“¡E´Ché cuadro!, estos tienen que ser los mejores juegos de todos. Se le ha metido un billete a todo esto y estamos felices porque la reactivación económica es necesaria”. Luego me mira y pregunta:

“Claro, tú no eres de aquí. Eres cachaco” y vuelve a sonreír, como abriendo un acordeón que quiere declamar sentidos versos deportivos. Corre entonces, una avenida donde están dispuestas diversas vallas que invitan al festejo y a la celebración de los XIX Juegos Bolivarianos; los mismos que ha ganado Venezuela en trece ocasiones, Perú en tres oportunidades y Colombia ya apura, con dos victorias, la última de ellas en Santa Marta, cuando nuestra tricolor brilló denodadamente y se alzó con la mayoría de oros.

Ahora, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Panamá y la misma nación anfitriona, sumados a los invitados de honor como Chile, Paraguay, República Dominicana, El Salvador y Guatemala buscan afanosamente la gloria que se esconde esquiva por entre metales dorados, plateados y el mismo bronce. Muchos deportistas vienen en su primera fase olímpica, son jóvenes con ganas de vencer el anonimato y de triunfar en la vida deportiva que apenas abre su cascarón. Otros son deportistas consumados, de alta competencia y vienen a Valledupar a ratificar su mayoría de edad y su cédula de ganadores absolutos. Unos y otros quieren darlo todo porque además de la victoria, tienen la gran responsabilidad de representar a su país.

Miguel Tapia es chileno, fuerte como una viga y alto como una palmera. “Hemos viajado todo el día, no he dormido y estamos a la expectativa de mostrar lo que ha evolucionado el deporte chileno. No conocemos Valledupar, pero me imagino que el calor de la gente debe ser igual que el soberbio sol que hace a esta hora” me cuenta, mientras en sus ojos cansados también se percibe la ilusión por brillar en estas justas latinoamericanas y bolivarianas. Así lo registra también Mónica Rivarola, una paraguaya de ojos claros y piel bronceada:

“Para Paraguay es una distinción total que nos inviten los hermanos colombianos a estos Juegos. Siempre venimos con el afán de competir y aprender, porque el deporte también es una enseñanza”. El famoso basquetbolista colombiano de los años setenta, Jairo “El Guajiro” Romero es el delegado del equipo masculino que dirige el reconocido técnico Tomás Díaz. Volver a encontrarnos con uno de los más grandes jugadores de la pelota naranja de nuestro país, es una delicia.

“Toda actividad deportiva es una fiesta. Cualquier escenario y competencia deportiva origina bienestar y pujanza para la gente y los pueblos. Estamos felices de estar en esta tierra tan cariñosa y tan generosa con todos nosotros”, el maestro Romero sigue allí, y uno se pone a rebobinar recuerdos y alegrías pasadas cuando lo veía jugar. Para mí, es como el Willington Ortiz del baloncesto.

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Cuestión de acordeones

Valledupar tiene leyendas escritas en cada una de sus esquinas. En las palmitas y los palos de mangos que luchan contra un sol despiadado para brindarnos una sombra elegante y relajante. Por donde vas, con paso firme o cansino, el sol te atropella y derrite letalmente las caderas de las mujeres que pululan como luciérnagas brillantes. Uno corre el peligro de ser un helado de vainilla que se escurre por entre un cucurucho de fuego y pasiones. Valledupar es una mujer de curvas ardientes, buscando tragarse la tarde en medio de esa fascinación de tiempos y acuarelas.

La cuestión de la música es inherente a la ciudad. La habita. Es su trasfondo. Es un comercio desbordado como las aguas del río Guatapurí (agua fría, en lenguaje aborigen autóctono y real). Yo no creía tanto así en el cuento de Valledupar, capital mundial del vallenato. Esa música de cantores, cajas, guacharacas y acordeones que es poesía misma, o lamento enamorado. Te puedes encontrar de golpe con un muchacho que dice:

“La herida que llevo en el alma, no cicatriza” o con la rubia de ojos bonitos y de estampa de princesa, que recita y se pregunta:

“¿Cómo hago para matar esta pena que me dejaste con tu partida?”, y entonces uno cree que Macondo existe y estamos ubicados en el corazón palpitante de una película romántica aclamada por la crítica.

Lo de la música en Valledupar es una aberración. Culturalmente la ciudad está absorbida de cabo a rabo por la música. Los monumentos, en su mayoría, tienen que ver con el vallenato, con los cantores, los instrumentos y las leyendas. Los hay grandes, pequeños, perfectos, increíbles, esculturales, al tamaño, a medio hacer o para estrenar. Hasta Carlos Vives recorre en una bicicleta de bronce las cercanías del Guatapurí, mientras los maestros Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta, lo miran de soslayo y parecen decir que los clásicos superan por lejos a los modismos extremos de la actualidad. Una muchacha con piel de trigo y olor de caramelo, sonríe con una hilera de colibríes y uno cae rendido ante su desinteresada coquetería, mientras la tarde se baña abajo con las corrientes del río que relata siempre la leyenda de la hermosa sirena del Jueves Santo.

En el centro de la ciudad todo negocio pone música vallenata. En los extremos se oye a “Los Diablitos” con sus colecciones enteras de versos apasionados, mientras saltan esquivando colores verdes de un equipo de fútbol que huele a invasión. Poncho Zuleta, Silvestre Dangond, Jorge Oñate, Peter Manjarrés, Omar Geles, Martín Elías, Kaleth Morales, Iván Villazón, Poncho Zuleta, Felipe Peláez, Jorge Celedón y hasta Patricia Teherán, son los reyes absolutos de las esquinas de la ciudad.

Pero nuestro interés en Valledupar y sus XIX Juegos Bolivarianos, hace que interroguemos a los taxistas, dueños supremos de las encuestas y los secretos citadinos, para saber quién es el más grande del asunto. Diomedes Díaz que falleció en 2013 se los lleva a todos por delante. Por ahí, por leyenda y por voz, Rafael Orozco, asesinado en 1992, le compite en el corazón de los acordeones. “Es que como Diomedes no hay dos. El hombre sacaba un casete o un CD, todos se vendían como butifarra caliente. Cinco discos, por lo menos de cualquier trabajo, fueron escritos por él mismo y nunca tuvo una educación musical, simplemente era un genio de esto. Aunque fuera un sinvergüenza en la vida. Y Rafael Orozco, tenía una voz más bonita. Pero Diomedes era el pueblo, la gente, el corazón y la alegría”.

‘El cacique de La Junta’, un corregimiento del municipio de San Juan del Cesar en el departamento vecino de La Guajira, se lleva todos los honores. Por estos días de los XIX Juegos Bolivarianos, la voz de Diomedes canta versos deportivos que vuelan como “El Cóndor Herido” en busca de la propia eternidad.

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Hermosos escenarios

Los Juegos Deportivos como esta versión XIX de los Bolivarianos, además de reactivar el nombre y el comercio de una región o ciudad, deja elegantes y modernos escenarios, como ocurrirá en Valledupar con los coliseos del Centro de Alto Rendimiento “La Gota Fría” (otro nombre musical como para variar), entre ellos, el hermoso maderamen de baloncesto del coliseo “Oscar Muñoz Oviedo”, nombrado así en honor al taekwondista medallista olímpico en Londres 2012 y que a pesar de haber nacido en El Difícil, otro corregimiento que pertenece al municipio de Ariguaní (departamento del Magdalena), desde los tres años llegó a Valledupar y es uno de los hijos dilectos de esta región. Un homenaje en vida para un hombre que le ha dado brillo y salero a esta ciudad y a toda la comarca.

Valledupar lucha codo a codo y literalmente suda la gota gorda por estos días, tratando de demostrarle a Colombia y a la región bolivariana que el reto de los XIX Juegos Bolivarianos no le quedó grande, a pesar de muchos baches que se presentaron en el camino. Con su música a los cuatro vientos, con sus gentes alborozadas, con la amabilidad de las personas, con la comida de olores y sabores variados, con el cimbrar de las cinturas prietas de sus llamativas mujeres, con el empuje de un pueblo acostumbrado a los retos, con la inversión social del Estado y el apoyo del Comité Olímpico Colombiano, con la pasión por la competencia deportiva, con la hermandad de once países dispuestos a lograr el oro, con el denuedo de los dirigentes, obreros, trabajadores, voluntarios, periodistas y todos los invitados a esta mágica tierra de la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, (el cacique que le dio nombre a la capital del Cesar), Valledupar misma, es en estos momentos la capital deportiva bolivariana. Allá a los lejos, mientras escribo, un acordeón lastimero repite denodadamente en la voz de Miguel Morales:

“Yo sé bien que te voy a adorar toda la vida, porque tú me ayudaste a calmar mi sufrimiento. En mis sueños siempre vas a estar, mi reina linda…” y entretanto, Carlos, Mario, Miguel, Richard, Enzo, Gloria, Milaydi, Mariana, Emperatriz y Rosita, luchan por ganar la gloria eterna de un oro reluciente en estos XIX Juegos Bolivarianos.




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