Siente Santa Marta, vive Santa Marta


Durante las últimas semanas me he dedicado a escribir acerca de una serie de situaciones insólitas y tristes que ocurren en la ciudad de todos y de nadie.

La Santa Marta de mi historia, de mi infancia, de mis amores, y de los amores de la mayoría de los lectores de este prestigioso diario se está muriendo, pero no por causas naturales, sino, por causa de la actuación indebida de todos los que, por una u otra circunstancia, vivimos y morimos en el suelo de aquella que no ha hecho más que darnos, inocente y amorosamente, sus riquezas y bellezas naturales para nuestra feliz subsistencia.

Me refiero a la Santa Marta que hoy, infortunadamente, tratamos como si fuera el montón de papeles sucios y raidos que cargamos en la billetera simplemente porque si, pero que al final no sirven de nada, y terminan en un cesto de basura o en las calles sucias y descuidadas de mi querida ciudad.

Tengo que decirles que me he desahogado, durante estas dos últimas semanas, hablando acerca de la escasa expresión de afectividad que demostramos por la Santa Marta que nos ha visto crecer, y porque he podido además, manifestar mi voz de protesta en contra de todo aquello que afecta innegablemente a mi ciudad.

Sin embargo, pienso que llegó el momento de terminar con estos artículos, que a propósito, se que han molestado a muchos, realmente ¿no sé por qué? Está bien, la verdad si lo sé. En realidad, lo que se pretende con los escritos que amablemente EL INFORMADOR ha considerado bien publicar, es dar pie a la auto-reflexión ciudadana, y no ridiculizar a la persona.

No entiendo cómo los hijos de Santa Marta, ustedes y yo, no mostramos respeto hacia esta ciudad. ¿Es tan poco lo que nos ha aportado acaso, o será qué no nos importa realmente lo que suceda con este paraíso natural único y maravilloso que Dios nos ha dado?

¿No han visto acaso, hijos de Santa Marta, que hemos convertido a nuestra amada ciudad en una gran cesta de basura? Si de jugadores de baloncesto se tratare, imposible sería fallar en una cesta y cancha tan grandes. Miremos no más cómo los conductores de taxis, buses, busetas, motocicletas y toda clase de vehículos, arrojan, con tirabuzón, todo tipo de basura en las calles. Y no son solo ellos, que me dicen de los oficinistas, profesores, estudiantes, obreros, gerentes, médicos, abogados, deportistas, y en general, todos en Santa Marta lo hacemos. Debería darnos vergüenza. ¿Acaso no tenemos canecas en las casas, o no nos han enseñado en las universidades y colegios acerca del concepto de ciudadanía?

¿Y qué piensan acerca de los enloquecidos y algo excitados hinchas del Unión Magdalena? ¿No ven cómo al salir del estadio se creen lanzadores de bala, martillo o jabalina? Estos señores destruyen las rejas y los techos de los escenarios deportivos, no fallan un ventanal, o los vidrios de los carros que transitan por las calles, cuando comienzan a tirar ladrillos y palos en contra de todo aquel que se cruza en su camino. ¿Es mentira esto?.

¿De las joyas de Electricaribe qué? ¿No se han dado cuenta que estos señores, usando unos machetes al estilo samurái, han acabado con los poquitos árboles que mantenían a la ciudad un tanto fresca? Respóndame amigo samario y dígame, si estos personajes con rulas no son más peligrosos que Duncan Mc Claus.

La verdad es que estamos acabando con nuestra ciudad. Además, el abandono estatal y la corrupción la están destruyendo. Ya no puedo hablar de los gobernantes siquiera, porque cuando creo que existe algún tipo de esperanza, aparece uno más malo que los anteriores.

Dios permita que aquellas personas que encontraron este artículo, y otros más relacionados con el mismo tema, reflexionen acerca de la dolorosa situación de esta bella ciudad. Ya es poco lo que queda, por ello acudo a toda la ciudadanía.

Con el corazón en la mano, le pido a mi Señor que tenga piedad de esta ciudad y de su gente, y envié a dirigir sus destinos a hombres y mujeres que realmente sientan esta ciudad como suya. Es posible que en quinientos años, si Dios así lo quiere, la paz, la esperanza y la felicidad que tanto añora y desea este pueblo sufrido, llegue por fin a estos territorios, aunque la verdad, espero que sea hoy.