Teoría del libre comercio genital

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Decía el gran gringo escritor William Faulkner, un tanto provocador, algo altivo, que el mejor lugar para escribir que él había encontrado en su vida era, virgen santísima, un burdel. De hecho, afirmó rotundo el autor de "El ruido y la furia",

que siendo patrón de prostíbulo -una de sus múltiples ocupaciones- pudo ejercer felizmente el lúcido oficio de las letras con suma dedicación y éxito: aprovechaba, entre otras cosas, el húmedo silencio de las mañanas de sueño de sus pupilas para concentrarse en las historias que lo atormentaban, y que tenía que escribir. Quiero entender que Faulkner utilizaba como un catalizador el hecho de su presencia en aquél medio sin duda procaz, aunque de desnudadas verdades humanas, para poder purificarse de remilgos inhibidores, hipócritas, y así escribir con más vitalidad y realismo, o acaso con la rudeza que deseaba.

Traigo este cuento a cuento porque me ha parecido muy linda la desesperada intención salvadora de Cartagena que ha tenido la ministra de relaciones exteriores Holguín, quien creyendo que hablaba con la muchachada de la universidad, con los bacanes, se mandó un comentario de aquellos que realmente no pueden ofender a nadie, hombre, sino apenas a esas personas poco dadas a reírse de sí mismas, a no decirse la verdad, a no mirarse largo rato al espejo con la luz encendida, o sea, a la mayoría de los colombianos. Digo esto porque dadas las reacciones ofendidas (tal y como reaccionan las señoras cuando se les habla de un pasado que ellas dicen no tener) de una cantidad insólita de testiculados nacionales, ahora resulta que éste es un país de santos varones, cuando todos sabemos que eso no es así. No es así. Pero en Colombia ha prosperado la costumbre de no llamar a las cosas por su nombre.

No obstante, yo sí le tengo un par de preguntas a la señora ministra, como por tener las cosas más claras sobre esta teoría de que dondequiera que haya hombres siempre habrá quien les venda el usufructo (el uso y goce, mas no la disposición) de su cuerpo. Como por ponernos de acuerdo sobre los principios, doctora Holguín.

La primera cuestión hace relación al supuesto del que se ha partido para sustentar la teoría: los hombres hacen a las prostitutas. Aceptar esto, con lo que no tengo problemas, ¿implica, de alguna manera, negar la posibilidad contraria?, ¿no será que las prostitutas, con su descomplique sabrosón, a veces también hacen -construyen, desatan, su virilidad- a los hombres, sobre todo en aquellos tiempos en los que los muchachos están impedidos para hacerse con el calor de una mujer limpiamente, esto es, a punta de engaños bien urdidos y cháchara promitente de esa que tanto les gusta oír a la féminas? No sé, tengo mis dudas, ministra.

En segundo lugar, consecuencia de lo anterior, y ya adentrándonos en temas de Estado, como lo son los problemas del mercado, ¿no será doctora que estamos malinterpretando a los obedecidos economistas clásicos, quienes decían, si mal no recuerdo, que la oferta crea a su propia demanda?, ¿no será que en ciertos casos las de la oferta no son ellas, las diligentes comerciantes de ilusiones machistas, sino ellos, los desamparados hombres, que se ofrecen aunque sea a pagar? Es decir, frente a lo que pasó en Cartagena, ¿no puede ser que los guachimanes de Obama, con todo su oropel de matones bien remunerados, hayan sido los generadores de una oferta, de un ofrecimiento tácito, a nuestras desprotegidas e impresionables trabajadoras lúbricas (como desprotegidos quedaron los ganaderos con el TLC, reclaman algunas viudas del poder), al punto de forzarlas, obligarlas, a ofrecerse?, ¿no podría ser que la oferta implícita gringa haya generado una oferta explícita criolla, y que a su vez la primera se haya producido debido a la tentadora e ingenua inmediatez de la segunda, como en un círculo mágico sin final? Son sólo algunas ideas para que no se deje de la prensa y los maldicientes, ministra. No se deje.