×

Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 5140

Cuando conocí el tren

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

De las cosas interesantes que encontré cuando nos mudamos a la calle de la Cruz (12) con carrera sexta fue que el ferrocarril cruzaba a dos cuadras por el lado de la calle y por la carrera a dos cuadras también. En el cruce de la calle o paso nivel había una caseta y allí permanecía un empleado de los ferrocarriles, el guardavía, que cuando el tren se aproximaba salía y agitaba una banderola para indicar a los conductores de los pocos vehículos que transitaban en ese entonces que debían detenerse hasta cuando el tren terminara de pasar.

Por muchas advertencias que nos hicieran en casa siempre nos atrevíamos a corretear por entre los rieles saltando por los durmientes. Muchas veces nos quedábamos sentados sobre las piedras a un lado de la vía viendo pasar la interminable cadena formada por los vagones de carga colorados que traían racimos de guineo verde para el puerto. El fuerte trepidar del paso de esos vagones sobre las uniones de los rieles hacía temblar la tierra y nos producía cierta opresión en el pecho. Había trenes que tenían más de cien vagones.

Cuando el tránsito automotor aumentó, la hilera de carros en la calle esperando que terminara el paso del tren también se hizo interminable. Ante el aumento de vehículos y la frecuencia del paso de los trenes cargados, fueron instaladas las barreras. Consistían éstas en una palanca larga fijada a un eje por un extremo. Cuando se acercaba el tren era bajada y quedaba cruzada a lo ancho de la calle para impedir el paso de los vehículos. El guardavía era el encargado de bajar y subir la barrera desde la caseta.

Por la mañana temprano salía el tren de pasajeros llamado "el especial" con destino Ciénaga, Fundación y estaciones intermedias. Halados por una locomotora de vapor, color negro, que resoplaba por los lados al movimiento de los pistones y expelía humo por la larga chimenea, seguían los vagones de pasajeros. Eran éstos hechos en madera sobre estructuras metálicas, pintados de verde. Se distinguían tres clases: de primera, dotados con sillas de dos puestos, con cojines abullonados y espaldares desplazables, que permitían cambiar el sentido de la orientación, ya sea con vista hacia delante o hacia atrás, lo cual hacía posible que dos sillas quedaran de frente entre sí.

Seguían los de segunda, con sillas de dos puestos, con espaldares fijos y fondos en madera y los de tercera que tenían una larga banca de madera a cada lado en la que debían acomodarse los pasajeros. Este tren regresaba en las horas de la tarde y recibía el nombre de "el ordinario" Otro de los trenes era el llamado de "palito" que llegaba hasta Gamarra y era mixto; esto es, de carga y de pasajeros. A partir de 1961, con la integración del Ferrocarril del Magdalena a la red del Ferrocarril del Atlántico, comenzó a operar el autoferro con destino final Bogotá. Años más tarde empezaron a operar el tren de lujo y el expreso del sol.

Los trenes de pasajero llegaban a la Estación, un edificio verde con blanco que estaba al lado sur de la vía entre carreras 3ª y 4ª y con entrada por la calle 10 B.

El tren con los vagones colorados cargados con guineos verdes seguía en línea curva a la derecha hasta llegar al puerto para ser descargado. Los trenes de pasajeros al llegar quedaban con la locomotora en dirección a occidente, de modo que para un nuevo viaje debían cambiar de sentido. Utilizando de los mecanismos de cambio de vías continuaban la marcha por un ramal hacia la izquierda hasta llegar próximos a la calle de la Cruz (12), de ahí regresaban en reverso y por maniobras de los cambios de vías lograban ponerse en posición de partida.


Los comentarios aquí publicados no reflejan la opinión de EL INFORMADOR. Es necesario ser un usuario registrado para poder comentar las noticias. Por favor, ingrese o regístrese como usuario de esta página.