Desde los Sagrados Corazones...

Padre Mario Rafael González García

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Celebramos la Natividad de San Juan Bautista. Es el último en la numerosa lista bíblica de hijos “regalo de Dios” a matrimonios estériles y de edad avanzada como es el caso del matrimonio conformado por Zacarías e Isabel.

Por: Padre Mario Rafael González García.

Su nacimiento está enmarcado entre el misterio, el gozo y la alegría.

Juan Bautista es un hombre sincero y honesto, lo que lo hace un servidor insobornable de la verdad, que confiesa sin reservas su condición de precursor del Mesías y practica la denuncia profética del mal, aunque ello le cueste la vida, como le sucedió con Herodes Antipas, casado con la mujer de su hermano Filipo.

El Bautista es humilde y sensato, no es algo que se note solo en sus peculiares atuendos, ni en lo raro de su modo de alimentarse, ni siquiera por la austeridad del desierto, se nota sobre todo, porque reconoce que su persona y anuncio están en función de otro superior a él: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El Precursor es testigo de la luz, es el más grande de los profetas y el mayor entre todos los nacidos de mujer. Sus palabras son luz, por eso se atreve a decir: “convertíos porque está cerca el reino de Dios”. Sus palabras iluminan la vida de los hombres, la gente humilde del pueblo la escuchaba y cambiaba de vida y le preguntaban ¿qué hemos de hacer? Y Juan les hablaba  de la necesidad de la conversión al amor y la justicia, un amor y una justicia que hablan de una carencia notoria en el mundo, de una crisis… “La crisis del mundo -en palabras de San Josemaría- es crisis de santos”, faltan hombres y mujeres que se comprometan hasta la heroicidad con el AMOR. La crisis del mundo no radica tanto en la escasez de recursos naturales y económicos, sino en la necedad del hombre que no se decide hacer la voluntad de Dios. Esa es la verdadera conversión, la del egoísmo al amor, la conversión de la indiferencia a la  justicia, la verdadera conversión es la que nos lleva a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas y a amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, es en esto en lo que consiste la santidad, en vivir en el amor.

Pidámosle a la santísima Virgen María que nos ayude a ser como Juan El Bautista: sinceros y honestos, humildes y sensatos, testigos de la luz, testigos del amor, que nos convenzamos de nuestra vocación a la santidad y al amor.

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