Falsos positivos en la educación

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jorge García Fontalvo

Jorge García Fontalvo

Columna: Opinión

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La corrupción enquistada en el aparato estatal vuelve -con la complicidad del árbitro y los jueces de línea- a meter un gol en fuera de lugar.
En esta ocasión, las víctimas son la educación y los padres que aún tenían la esperanza de ver a sus hijos interactuando en un mundo más justo y humano.

Como sucede con la salud en Colombia, así sucede con el entorno formativo: sólo es un negocio con el cual se pretende favorecer a los miserables que maltratan a sus vecinos.

La cuestión ahora, según lo propone la incompetente Ministra de Educación, no es educar, sino, contratar capataces con látigos que estén dispuestos a golpear, a cambio de jugosos beneficiosos, a los peones del rancho; en este caso, a los profesores.

En un país como el nuestro, en el que a nadie le importa lo que sucede con los demás, es fácil, para personas del tipo de la señora ministra, motivar inescrupulosa-mente disposiciones que atenten en contra de la dignidad del ser humano.

La última gran perla tiene que ver con la institucionalización de indicadores que facultan evaluar la calidad de la educación tomando como referencia elementos que poco, o nada, aportan al mejoramiento del proceso formativo. Conforme se observe un supuesto progreso, asimismo, se premiará a los caporales que más rejo repartan.

No sé por qué esta situación me recuerda la época de los falsos positivos, cuando los miembros de la fuerza pública eran presionados para lograr operativos exitosos. Como consecuencia, los resultados escabrosos de esa práctica perturbadora no se hicieron esperar.

Hoy día, con las soluciones facilistas diseñadas por los gurúes de la administración moderna -camuflados en el Ministerio de Educación- el país se dirige hacia una era de oscurantismo académico dominada básicamente por los destellos de la mediocridad y la ignorancia.

Colombia, otra vez, caminará sumisa, en pos de la inmoralidad de la dirigencia corrupta que asume que todo buen resultado depende del grado de presión que se ejerza en contra del pueblo.

Lo que importa -según lo establece el Índice Sintético de Calidad Educativa, ISCE-, es la cantidad de estudiantes que aprueban el periodo académico lectivo con base en la filosofía del menor esfuerzo, y en perjuicio del compromiso, la dedicación y el interés como tal.

Un sistema educativo en el que la calidad se viste con cierto ropaje putrefacto, como sucede con cualquier régimen que da prelación al consumismo y el crecimiento económico, fenece tristemente derrotado por los vicios de la corrupción.

Con esta política absurda, se obliga a las instituciones de educación, a los nuevos directivos (capataces), y a los maestros a adoptar tácticas voraces que motiven la aceptación de incentivos económicos de dudosa reputación.

Fernando J. Palacios Valencia, en su columna de opinión de Las 2orillas.co, dice lo siguiente: Estamos ante la presencia de un verdadero "monstruo tecnocrático".

Lo que realmente se pretende con este monstruo es dirigir el contexto de la educación más hacia el campo de lo monetariamente productivo, que hacia el camino de la dignificación de la condición humana.

Dios quiera que esta canallada no prospere, pues no es justo que la educación termine en manos de los perversos capataces que intentan dejar de lado a los formadores de las sociedades futuras.

La educación, para que se entere la señora ministra, no se puede manejar con el rejo, como se manejan los negocios en un rancho; sino, dando prioridad al sentido humano de la especie.

Y no lo olvide, lo que los verdaderos maestros de Colombia requieren con urgencia es la dignificación de la profesión -mejores salarios y condiciones de trabajo convenientes-, no migajas que promuevan actuaciones inadecuadas.

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