De la Corte Constitucional y las instituciones

Columnas de Opinión
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Escrito por:

María Padilla Berrío

María Padilla Berrío

Columna: Opinión

e-mail: majipabe@hotmail.com

Twitter: @MajiPaBe

¿A qué hora?, ¿a qué hora un órgano tan decente terminó sucumbiendo a las bajezas de su medio?, ¿en qué momento esa Corte tan encomiable y excelsa terminó reducida a la vulgaridad promedio de las instituciones de mala muerte en este país?, si cuando los colombianos creíamos que todavía teníamos algo de dignidad, sacando pecho por nuestra Corte Constitucional, los que realmente temblaban eran los tinterillos de poca monta, y aquellos que, en el fondo de sí mismos, sabían que a la Corte, a esa Corte, no era muy fácil hacerle propuestas indecentes.

Los temas de los que el Congreso jamás se ha ocupado, por andar pendiente de pagar favores políticos y conveniencias, habían sido asumidos por la Corte Constitucional, con una dignidad y rigurosidad bastante escasa en nuestro medio. Y sí, cuando la sensación en general era la de una anarquía con panóptico para las personas de a pie, la Corte entraba a rescatar esos espacios abandonados por las instituciones correspondientes.

Y la mejor parte, mi favorita, era que cuando la Corte se pronunciaba quedaba la sensación de que por fin alguien asumía las riendas de la "justicia", así fuera por los lados. Que lo digan esos que, más de una vez, les ganaron el pulso a los grandes pulpos de este país, cuando la Corte tomaba alguna tutela con "caso cerrado" para revisión y, sorprendentemente, terminaba por volcar todo lo antecedido.

A decir verdad, yo todavía no he podido entender cómo, de una profesión tan hermosa como es el ejercicio del derecho, los mismos abogados se han encargado de hacer una guarida de ratas, todo un oficio de hampones. Y eso, que para muchos es un simple episodio de inmoralidad, ha permeado las estructuras de nuestra institucionalidad con creces, repercutiendo en la vida de esos miles que, en medio del desespero, hacen un viacrucis con sus penas al hombro.

"Doctora, ¿entonces uno qué hace ahí?", es la pregunta recurrente a la que me he tenido que enfrentar en mi corto ejercicio de practicante de la profesión más hermosa del mundo. Y esa, esa sutil e inofensiva pregunta, me ha desarmado más de una vez cuando me he tenido que enfrentar a la mirada de desolación y abandono de muchas de las personas de escasos recursos que acuden a los servicios de los consultorios jurídicos de las facultades de derecho.

Y si la desolación de esas personas es grande, la impotencia mía es de talla mayor. Muchas veces no he encontrado ni siquiera las palabras para decirles que, en sus casos, aunque la Ley dispone mil cosas, a la hora del té, no hay mucho que hacer… "¿Y entonces no pasa nada doctora, no hay quien haga nada?", me decía una vez una señora que, en medio de lágrimas, evocaba el episodio en que su hijo terminó desaparecido por la guerrilla. Y así, con ese tipo de preguntas, dan la estocada final para descubrir por sí mismos que la justicia en este país no tiene asidero.

Por eso, cuando con impotencia y desazón me he topado con mil historias de ese tipo, me he cuestionado una y mil veces sobre los cimientos de una sociedad que necesita, como mínimo, un vuelco total. De hecho, estoy convencida que en estos momentos, uno de los desafíos más grandes que tiene este país, en últimas, no es ni siquiera el posconflicto, pese a que es un tema grueso y de talla mayor, pero no, en realidad el proceso más duro será el de la recuperación de la confianza en las instituciones, tarea titánica, si tenemos en cuenta que, como decía Jaime Garzón, "en este país, quien no tiene untado el bolsillo tiene untada la nariz".

Por eso, mis discusiones acaloradas cuando de hablar de los problemas estructurales de este país se trata, siempre terminan repartiendo responsabilidades a diestra y siniestra, ¿y es que a qué hora quieren que las personas respeten la ley cuando el Presidente de la Corte Constitucional carga con señalamientos tan graves como negociar con la justicia? Si no hay valores no hay nada, ¡nada!

A esos personajes, que a punta de conveniencias han antepuesto sus intereses a los de la sociedad, les debemos gran parte de este conflicto absurdo. Por eso, cuando me encuentro a tipejos de ese tipo rasgándose las vestiduras en nombre de la justicia, me angustio de sólo saber que, si no hay reestructuraciones de fondo, tardaremos muchísimos años en construir ese país que soñamos.

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