Quindío, una joya turística

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Llegar al Quindío es gozar de un exuberante paisaje, quizás muy similar al de otras regiones colombianas, pero cuidado con especial esmero. Ese pequeño departamento no exhibe una arquitectura admirable ni maravillosas obras de arte. En ese sentido, la mano del hombre no ha sido prolija ni generosa, y es ahí donde está su encanto. A cambio de portentosas edificaciones, hay acogedoras casas cafeteras; sus mejores monumentos son las enormes palmas de cera, y no hay pinturas que superen el espectáculo de la omnipresente campiña, siempre verde.

Sembrado este departamento de pequeñas ciudades alrededor de Armenia, la moderna ruralidad está en todas partes. Aquel arriero colonizador de típicos atuendos que rememoran a sus ancestros paisas aún existe, entreverado en la cotidianidad contemporánea. De gentes valiosas y origen común, los abolengos mentales aún no se han instalado en los espíritus quindianos: cada quien tiene abuelos o bisabuelos colonos de las montañas, cultivadores de café o comerciantes en las plazas de los pueblos. Tendrá problemas como en cualquier sociedad y serán diferentes a la elegante Manizales o la pujante Pereira, pero su limpieza urbana es admirable, ejemplar el magnífico estado de sus vías, y egregio el civismo de sus ciudadanos.

El Jeep Willys, en otras partes pieza de museo, es acá junto a la mula un símbolo del desarrollo y fundamental elemento de trabajo en una región que huele y sabe a café, fríjoles, plátano y yuca. Justamente, esa cultura del café, que fue el buque insignia de la economía colombiana durante décadas, está más viva que nunca con sus finca-hoteles, el Parque del Café, Panaca o el Jardín Botánico. Hoy producen menos volumen pero mejores granos que están entre los mejores del planeta. Se juntan el esmero tradicional con avanzadas tecnologías, conocimiento profundo y tradiciones ancestrales.

Hace pocos días tuve ocasión de vivir el agroturismo quindiano, "locura" iniciada por Héctor Londoño a causa de la crisis de finales de los 90. En tertulia informal con él conocí de primera mano el proceso que empezó con poquísimos quijotes (el quindiano es emprendedor natural) y hoy cuenta con más de mil finca-hoteles. Un fin de semana no es suficiente para conocer sus principales atracciones. El extraordinario Parque del Café obliga a una jornada completa; en medio de modernas atracciones mecánicas se disfruta la vida típica de la región.

El Museo del Café me evocó los viejos tiempos de nuestra Sierra Nevada del beneficio manual, el secado al sol, la tostación en pailas o esferas giratorias, los antiguos molinos y el insuperable aroma de un excelente producto. Magnífico el Show del Café que, en maravillosa coreografía con trasfondo de música colombiana y un fino toque de humor, transita la historia desde su descubrimiento a estos tiempos.

Es obligado el Jardín Botánico; un recorrido guiado en medio de un bosque tropical nativo, cientos de especies de palmeras autóctonas, plantas y flores de infinitas variedades, aves y otros animales, para terminar en el mariposario, donde muchas especies vivas revolotean alrededor del visitante.

Obligatorio conocer Salento y el Valle de Cócora, las haciendas temáticas, el Museo Quimbaya, el Parque de los Arrieros, el Cementerio Libre de Circasia, y Buenavista, desde donde se divisa el norte del Valle del Cauca y casi todo el Quindío; la mejor vista está en "El cielo", la casa de campo de mi amigo Carlos Aristizábal. La gastronomía local es también tradicional, de buena calidad. No espere usted sofisticadas creaciones de autor; mejor disfrute de una buena bandeja paisa, empanadas, patacones y asados. Las variaciones locales de platos foráneos producen interesantes resultados, no siempre afortunados.

Más allá de tanta maravilla en tan poco espacio, lo mejor del Quindío es la gente. Orgullosa de su tierra, con amabilidad desbordada sobrepasa cualquier expectativa y experiencia previa en otros destinos turísticos. Espontánea y sin imposturas, y de gentileza natural que les destila por todos los poros, agradan al visitante en procura de su regreso.

Faure Quiceno -Texas Burguer, Armenia- es un claro ejemplo de ese quindiano atento y servicial. Al emprender el retorno a casa, se queda uno con la sensación de que inevitablemente debe volver. Sin duda, el Quindío es una joya turística de la que corresponde tomar ejemplo.

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