El cuarto de hora rural

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Escrito por:

José Lafaurie Rivera

José Lafaurie Rivera

Columnista Invitado

e-mail: jflafaurie@yahoo.com

Algunos temas macroeconómicos son menos complejos de lo que parecen. Por ello, sin caer en el simplismo, apelo a la sencillez para llegar a la conclusión que titula esta columna: el campo está frente a su cuarto de hora.

El petróleo es como la papa, barata cuando hay mucha y cara cuando escasea. Con Estados Unidos haciendo fracking para exprimir pozos imposibles, y la OPEP, a pesar de los ruegos de Maduro, negándose a reducir la producción para castigar a sus enemigos, pues hay mucho petróleo y el precio se descolgó de US$108 a US$44 por barril.

El dólar también es como la papa, barato con la abundancia, como le sucedió al país entre 2002 y 2014, cuando pasó de $2864 a $1700; y caro con la escasez, como empezó a darse desde 2014, hasta llegar a los $2500 en pocos meses.
Pero como el dólar no se siembra -como la papa-, la cantidad en el mercado depende en gran parte de la Inversión Extranjera Directa (IED). Y ahí se conectan los temas, porque el petróleo concentra el 32% de esa inversión.

Esa es la razón para que, en los nueve primeros meses de 2014 disminuyera un 4,8%. Los dólares volaron a destinos como México, donde la crisis petrolera se sobrelleva mejor gracias a mayores facilidades y mayor seguridad jurídica.

La situación no sería grave si entraran dólares suficientes por otros lados, pero el petróleo también concentra el 54% de los ingresos por exportaciones. La balanza comercial en 2014 termina deficitaria en más de US$5 mil millones y, sin petróleo, lo sería en US$32 mil millones, en tanto que el sector minero como un todo se ha desacelerado hasta un crecimiento de apenas 0,8% en 2014; y la industria, que también se contrae desde 2012, en 2014 no creció más de 0,5%.

Mientras el país sacó pecho por el crecimiento de la IED en sectores extractivos, que trae muchos dólares pero pocos empleos, convivió con un dólar barato (revaluación) que pagó importaciones crecientes, desplazando la producción de sectores que se vieron abocados a un desierto de nula rentabilidad y desinversión, pues no podían competir, ya no solo por su menor productividad o los subsidios a los productores extranjeros, como es el caso de la canasta agropecuaria, sino por el enorme descuento que representa comprar en el exterior con dólares baratos.

Pero hoy la torta se volteó, y el Estado no puede seguir colocando todos los huevos en la canasta minera. Aquello de la vocación agropecuaria no es solo cuento. Colombia puede ser una potencia rural pero no ha querido serlo, frenada por la violencia y la falta de políticas, y cegada por espejismos como el minero.

No se trata de lo uno o lo otro, sino de abrir espacio a otros renglones con potencial exportador. Es hora de mirar el milagro lechero neozelandés o el de un pequeño David como Uruguay, compitiendo con los gigantes exportadores de carne.


Hay que impulsar la agenda de competitividad y generar condiciones para el desarrollo rural, con Farc o sin Farc. Es hora de promover la producción de gran escala, a la par con la productividad campesina a partir de la asociatividad. Una vez más, no es lo uno o lo otro.

Muchos sectores rurales, acicateados por los TLC, han avanzado en productividad, y si les sumamos la competitividad cambiaría lo que hoy nos favorece, Colombia podrá aprovechar a plenitud las ventajas comparativas derivadas de su envidiable oferta ambiental y su ubicación, entre otras.
Es el cuarto de hora del campo. Es ahora o nunca.

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