¿Cortesía exagerada?

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

En los años que vivimos parece inconcebible que se critique el exceso de cortesía en nuestra sociedad.

Por el contrario, otras personas piensan que falta aún más sensibilidad en el trato entre las personas. ¿Cómo explicar, pues, el título de este artículo? Me limito a recoger algunas opiniones sobre frases que muchos consideran empalagosas y a todas luces carentes de sinceridad.

En dependencias bancarias, oficinas de servicio público y en casi todas las actividades comerciales encontramos empleados que solícitamente nos preguntan: ¿Me regala su cédula?, ¿me regala su teléfono? Aunque parezca mentira, a muchas personas fastidia esta petición, por lo reiterada y porque se sabe que en verdad no se está solicitando un obsequio.

Es el colmo que el exceso de cortesía moleste a quienes son objeto de ese trato que, viéndolo bien, obedece a las normas inculcadas y defendidas desde el siglo XIX por el ilustre pedagogo venezolano Manuel Antonio Carreño.

La respuesta a estas preguntas es la entrega inmediata del documento solicitado. Esto prueba que la expresión que tanto fastidia cumple su propósito. Y lo hace acompañada casi siempre con una sonrisa o un tono amable de quien formula la citada petición.

Entonces, ¿por qué molestarse ante un requerimiento inofensivo? A lo mejor, en otras épocas, nos habría gustado que mejor nos dijeran "¿Cuál es el número de su cédula, o de su teléfono? O simplemente "¡Su cédula!", sin agregar un "por favor".

Constantemente nos quejamos del deterioro que han sufrido las costumbres en cuanto a las relaciones interpersonales. Inconscientemente añoramos las normas más elementales de la urbanidad tradicional. Sabemos que esos tiempos, como las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer, no volverán.

Por eso nos quejemos tanto si en las oficinas públicas y privadas nos piden un regalo especial: la cédula, el teléfono, la huella digital.

Parece que la costumbre de solicitar esos datos como 'regalo' se originó en el deseo de humanizar el trato que los ciudadanos recibían de parte de empleados que tenían la obligación de servir al público. Se programaron y desarrollaron cursos de relaciones humanas, de trato amable al cliente.

Todavía no olvidamos la prepotencia de secretarias o de simples mensajeras que obligaban a dichos usuarios a esperar, de pie, media hora o más para entregarle firmado el documento que estaban solicitando.

Casos reales hay. En una conocida notaría de la ciudad se escuchaba esta sentencia, siempre por parte de una secretaria que hoy, afortunadamente, está jubilada: "¡Espere allí hasta las cinco; ni un minuto menos!".

Y podíamos ver que el papel requerido había sido firmado por el notario casi al instante. Mientras llegaba la hora señalada la indolente empleada se paseaba por la oficina sin dejar de mirar, desafiante, a los presentes.

Pues bien. De esos cursos de relaciones públicas quedaron como rezagos las actitudes que aún hoy observamos en muchas oficinas. Tal vez lo que fastidia a muchos es lo reiterativo de esas expresiones, que en el fondo son vacías.

Antes, cuando una empleada no oía bien lo que el usuario decía, le gritaba: "¡Hábleme más claro y más alto!". Hoy es frecuente escucharlas decir una sola palabra: "¿Señor?".

Y sabemos que con ese término desea que repitamos lo que acabamos de decir. Como conclusión podemos afirmar que "el exceso de cortesía no es perjudicial".

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