El valor de lo auténtico en busca del justo medio

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Escrito por:

Carlos Arteaga España

Carlos Arteaga España

Columna: Opinión

e-mail: carlosarteaga90@gmail.com

Las manifestaciones de violencia llevadas a cabo en el municipio de Turbaco - Bolívar dentro de sus fiestas taurinas, levantó una ola de críticas, donde prácticamente quedamos como unos caníbales, y bárbaros de la peor laya. Y aunque las críticas estuvieron cimentadas en el espectáculo grotesco que se exhibió por las redes sociales, creo que no le hace justicia a una región del país donde surgen como arroz, hombres y mujeres laboriosos, respetuosos, y sobre todo competentes en cualquier ámbito en el cual se les rete.

Esa malsana división del país, ha acrecentado todo tipo de estereotipos, sin detenerse a observar que las diferencias entre las distintas regiones de nuestra patria, antes que ser un punto de problema, es una potenciación de lo diverso con todo lo que ello acarrea.

Los distintos rasgos culturales de nuestro país, se yerguen como un tesoro incuantificable en un mundo que apela a la homogeneidad. Y si algún valor tiene esta patria por encima de sus ya exuberantes paisajes, es el elemento humano ubicado en este sector de la geografía colombiana. El ser costeño es un canto a la alegría constante, tiene para sí una vitalidad tan desbordante que termina cometiendo los excesos criticados, hecho que podríamos atribuirle una explicación (por supuesto una conjetura) no hemos podido encontrar nuestro justo medio (término usado por Aristóteles como punto de equilibrio entre los excesos).

En la Costa Caribe, una parranda constituye un ritual sagrado, que podría realizarse con mesura. Pero no las parrandas inolvidables descritas por García Márquez en "Cien años de soledad", son las propias de cada una de las subregiones que conforman este rincón de la patria. El despliegue de voladores, fritangas, papayeras, borrachitos, peleas de gallo, y otras expresiones más se realizan sin justa medida. Aunque alguno lo niegue Diomedes era más admirado por sus excesos, por su continencia.

Y ese fenómeno se traslada a otras expresiones culturales, tales como el deporte, las artes, la música en todas esas esferas contamos con valiosos elementos. Afín de que no quede duda: Carlos Vives, Shakira, Falcao, Valderrama, Obregón, Sierra Porto, Gossaín. Todos estos personajes brillan o brillarán con luz propia por la pasión sin límites con que abordan las luchas vitales de sus existencias.Esa es una particularidad muy costeña. Para bien o para mal.

Y esta última afirmación la expreso, porque hemos cometido un error histórico: los extremos vitalistas expresados en la alegría sin límites y desbordada, nos ha conducido a un escenario terrible: nos hemos desentendido de la expresión primaria del hombre en la sociedad: la Política.

Lo que debería ser la expresión de una fiesta democrática en esta región termina siendo una farsa democrática. Con un problema de fondo: los politiqueros descubrieron que mantener a este pueblo con constantes corralejas, tragos, silvestres, pasteles, hayacas, resultaba un negocio de incuantificables dividendos.

Por ello no me sorprendió el demagógico Alcalde del Municipio de Bolívar defendiendo el espectáculo de muerte. Él sabe que es más rentable traer conjuntos Vallenatos, y armar las fiestas taurinas repudiables, que construir un buen sistema de acueducto, o mejorar la salud de sus paisanos es el opio favorito para gobernar.

Con sorprendente indignación cada justas electorales, vamos como "rebaño de ovejas caminos al matadero" (Winston Churchill); mientras seguimos rezagados en todos los índices de crecimiento, competitividad, y sobre todo desarrollo humano.

No nos hemos tomado en serio la política, y hoy asistimos a un espectáculo execrable y miserable que no les permitirá a nuestros hijos y nietos un mejor futuro, a no ser que transite por las bajas actividades de la lagartería y la abyección. Y en eso todos tenemos responsabilidad: tan responsable es el líder que instrumentaliza a la gente de su sector poniéndola al servicio de la innoble causa, motivado por la dádiva pasajera, como el profesional que no participa, opina, o toma planes de acción para participar en la política. O quien por míseros 50 mil pesos compromete la salud, la educación de sus hijos. Aquí hay un claro concierto para delinquir: entre el político, y el padre. La víctima, sus hijos que heredarán la pobreza, ya que el progenitor le vendió el alma al diablo creyendo que eso es gracia.

Por lo demás el tema Turbaco esconde tras de sí la hipocresía histórica que transmuta la muerte en el móvil y la forma: ¿Si yo mato con una dosis de arsénico diaria a una persona, me hace más noble que si la mato con un trancazo?, ambos deben ser repudiables a nuestra condición humana. En las ferias taurinas realizadas en las plazas de Bogotá y Cali se le rinde apología a la muerte, tanto como en las corralejas de los Municipios Costeños. Cambian los espectadores. Unos son privilegiados por un sistema desigual, que le permite ser comedidos y ponderados, y otros apenas si asistieron a la escuela, actúan como turbas irracionales. Cuando critiquen a estos últimos deberían pensar mejor en no saquearle los recursos de la educación, y se evitarían esos gritos repugnantes de las turbas enardecidas y sin control que tanto fastidian a los refinados oídos.

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