Je ne savais pas que tous étions fanatiques

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Escrito por:

Jorge García Fontalvo

Jorge García Fontalvo

Columna: Opinión

e-mail: jgarciaf007@hotmail.com

Después de reflexionar profundamente acerca de los eventos conocidos por la opinión pública durante los últimos días, decidí hacer un homenaje a las víctimas de los atentados terroristas llevados a cabo por un montón de desequilibrados que no tienen idea de lo que significa la vida humana.

"No sabía que todos éramos fanáticos" "expresado en el idioma materno de los periodistas de Charlie Hebdo", es el título que escogí para esta semana. Disculpas a los versados en el idioma si, por desconocimiento, no realicé la traducción de manera correcta.

Es necesario hacer este tipo de aclaraciones antes de continuar, porque infortunadamente en la actualidad se quiere castigar con la muerte no solo al que piensa de manera diferente, sino también a quien sin intención hace mal uso de la gramática.

No crean que es una exageración lo que expreso en esta columna, no señor. Hemos llegado a tal punto en el que un simple desliz en la escritura, un día cualquiera, te hace merecedor de la pena de muerte.

Y yo que pensaba que los expertos en la lengua estaban ahí para ayudarnos a salir de la oscuridad en que nos encontramos.

Precisamente el objeto de este artículo es mostrar que actividades tan cercanas a la cultura y el arte, como escribir, dibujar, componer una canción, o esculpir, convierten a las personas en objetivo militar de miles de estúpidos que se valen de las armas para acallar el clamor del pueblo.

No podemos decir que sólo en el Islam vemos el fanatismo en su máxima expresión. Por el contrario, parece ser que éste lo llevamos en los genes y hace parte de nuestro mundo interior más de lo que creemos.

Basta con leer y analizar los comentarios incoherentes que aparecen en las redes sociales con respecto a una religión, un sistema político, un jugador de futbol, y miles de temas más que no hacen mal a nadie, para darnos cuenta de que en el fondo todos estamos locos.

Y que pese al grado de inteligencia que intentamos proyectar afanosamente, terminamos siendo más ignorantes que los dementes que realizaron los atentados en París, Hamburgo, Pakistán, Afganistán, y Maiduguri (Nigeria).

Hasta una película que narra situaciones planteadas por la biblia nos induce bruscamente a maltratar a los demás, afirmando que ensucia el nombre de Moisés.

Que absurdo, ¿por qué he de preocuparme por lo que sucedió hace 3500 años? Estoy seguro que a Dios ni a sus profetas podemos lastimar más de lo que lo hicimos en el pasado.

Así es el mundo hipócrita en que vivimos, por un lado preocupados por no afligir al Dios que decimos amar, y por otro, asesinando a nuestros hermanos con vulgares excusas.

Es como si estuviésemos prediseñados para convertirnos en herramientas marginales de los sinvergüenzas que utilizan la religión y otros temas de interés ciudadano, para esclavizar a los hermanos.

Al final, igual que los terroristas que ejecutan las órdenes de los cabecillas del estado islámico, Alqaeda, las Farc y el Eln, terminamos siendo títeres creados para aplastar a quien no coincide con nuestra sucia forma de pensar.

La mayoría, occidentales u orientales; musulmanes, judíos o cristianos; liberales, conservadores o progresistas; socialistas o capitalistas; madrilistas, o barcelonistas; de derecha o izquierda, terminamos siendo fanáticos de la peor calaña. Y los ganadores, como es de esperarse, los corruptos que se empeñan en atormentar la mente de los ciudadanos de bien.

Ojo que si no apartamos inmediatamente el velo que nos mantiene enceguecidos, continuaremos viviendo en el reino miserable de los que secuestran el pensamiento.

Sacúdase amigo mío, porque no es justo que por causa de temas tan triviales como el fútbol, la política, el petróleo o una caricatura, terminemos matándonos como bestias.

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