A Jader IgirioTesillo, nuevo presbítero Eudista

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alberto Linero Gómez

Alberto Linero Gómez

Columna: Orando y viviendo

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El pasado 8 de diciembre acompañé como padrino a un amigo, hermano eudista a su ordenación presbiteral. Jader IgirioTesillo, después de 10 años de formación dijo si y se arrodilló ante el Señor Obispo para que este impusiera sus manos sobre su cabeza e hiciera la oración consagratoria para conferirle participar del sacerdocio de Cristo en el orden de los presbíteros.

Fue un momento sublime. La fragilidad humana es bendecida por la generosidad de Dios. Nadie merece el presbiterado es un regalo que Dios nos hace porque nos ama.

Luego, en Barranquilla el 9 de diciembre, tuve la oportunidad de hacer la homilía en su primera misa presidida.
En ella le presentó lo que considero, desde mi lectura bíblica, mi experiencia espiritual y el magisterio de la Iglesia, cómo entender el ejercicio del presbiterado hoy. Ahora quiero complementar esas ideas compartiendo los desafíos que creo que tiene como presbítero:
Ser capaz de amar en un mundo que sabe poseer.

Una de las desgracias del hombre contemporáneo es que confundió el amor con el poseer al otro, con el dominar, con el aprovecharse del otro o con hacerlo un simple objeto de placer.

Por eso hoy nos cuesta hablar de amor sin pensar en lo genital, en el placer, en el sacar provecho del otro. El presbítero está llamado a amar en libertad, entregándose responsablemente y dando lo mejor de sí para que el otro sea feliz (Juan 15,13).

Ser capaz de vivir libre y responsablemente sin dejarse dominar por ningún apego. Vivimos en el mundo en el que las cosas nos poseen. Tenemos el corazón lleno de objetos, de marcas, de aparatos inventados para necesidades inventadas.

Preferimos las cosas a las personas y buscamos más que las cifras estén bien a que las personas tengan condiciones dignas de vida.
El presbítero está llamando a ser un pobre en el Espíritu (Mateo 5, 3) esto es, a ser libre frente a todas las cosas, a no dejarse dominar por la avaricia ni la codicia, a no dejar que su vida se vuelva un apéndice de los objetos que brillan y pesan.

El hermano tiene que valer más que todo lo demás. El otro tiene que ser tan importante para nosotros como nosotros mismos. Su riqueza será tener a Dios en el corazón y no tener un carro, una buena cuenta de banco ni enrostrar lo que puede conseguir con su dinero.
Ser capaz de construir comunidad en el mundo de las individualidades. Cada vez más la tecnología nos aísla y nos hace vivir en el mundo autista del consumo.

Nos niega la posibilidad del contacto físico y del sentir al otro. Nos hace creer que el otro es un enemigo al que hay que vencer. Nos invita a violentar al otro y tratar de esclavizarlo de cualquier manera.

El presbítero está llamado a presidir la comunidad, a ser un promotor de la comunión. No negando las diferencias ni irrespetando al otro sino haciéndonos consciente de que nos necesitamos unos a otros y que sólo podemos ser felices si luchamos porque el otro sea feliz.

Necesitamos aprender a compartir y a entregar lo que somos y eso sólo lo podemos hacer si comprendemos el valor del otro (Hechos 2, 42). La comunidad se vive en la cruz, en el cargar al otro que sufre, en el entender que no somos jueces sino consoladores del otro.

Ser capaz de dar testimonio del modo de vida de Jesús (Hechos 5, 20). El presbítero está llamado a ser sacramento de Cristo para el hermano.
En sus palabras y actitudes los hombres deben reconocer el proyecto de Jesús y sus valores.

Espero Jader, que puedas hacerlo; sé que con la ayuda de Dios lo lograrás. Mientras tanto seguiré orando por ti y, desde mis flaquezas, tratando de ayudarte a vivir tu ministerio presbiteral.

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