Muros infames

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Su epitafio podría mencionar que nació el 13 de agosto de 1961 y vivió, inhiesto y siniestro, hasta el 9 de noviembre de 1989. También, que fue el símbolo del odio, la intolerancia, el irrespeto a los derechos humanos inalienables, pero sobre todo, el distanciamiento entre seres humanos por cuenta de sus líderes sin que importase la opinión de los ciudadanos. El oprobioso Muro de Berlín separó a medio mundo del otro medio, y entre ambos universos generó mutuos rechazos y enemistades que se transformaron en guerras y conflictos por todo el orbe, la llamada Guerra Fría, entre la OTAN y el Pacto de Varsovia.
Muro de protección antifascista para los alemanes orientales, o muro de la vergüenza para los occidentales, cercenó familias, apartó corazones y los sembró de odio, de animadversión. Desde cuando el soldado oriental Conrad Schumann -primer desertor- se fugó, fueron muchos los que murieron en el intento de alcanzar Berlín occidental; más de trescientas personas. Sirvió de argumento y escenario para muchas cintas que mostraban el drama de ambas Alemanias, particularmente la opresión del lado socialista y sus carencias frente a la libertad y la opulencia de sus hermanos occidentales, separados ambos súbitamente por orden de Moscú. Nada pudieron hacer Adenauer y Brandt por evitar la infame construcción.
Ronald Reagan, frente a la Puerta de Brandemburgo pronunciaría en 1987 el famoso discurso que concluyó con el derribamiento a mazazo limpio del humillante murallón dos años después. Claro que el ambiente ya estaba preparado: la era Reagan-Tatcher, el apoyo de Juan Pablo II, el papa polaco, la perestroika de Gorbachov y el colapso del comunismo en la Unión Soviética eran antecedentes de mucho peso en ese momento. Muchos húngaros y checos, que huían de sus países luego del desplome comunista poco antes de la caída del muro, pudieron entrar a Alemania Oriental y ahora, sin barrera de contención, podían alcanzar el anhelado sueño de la libertad en Alemania Occidental. También caían los últimos gobernantes de la agonizante RDA, Erich Honecker y su reemplazo, Egon Krenz. El canciller "ozzie" Helmut Kohl jugó un papel fundamental en la reunificación alemana. Pero, ¿la posterior recomposición mundial acabó con aquello que produjo el Muro de Berlín? Todo indica que no aprendimos la lección.
La humanidad aún asiste a terribles segregaciones. Tantos años de odios fomentados por sistemas políticos diferentes y antagónicos fabricaron pueblos disímiles, enemigos irreconciliables. Si los Estados Unidos lucharon por acabar con el Muro de Berlín hoy, en contravía de sus pregones, disponen de 1050 kilómetros, además de guardias, cámaras, aviones y otros elementos disuasivos que les quita a los mexicanos el sueño americano; Israel segrega a Cisjordania de modo parecido con altísimas y extensas murallas que impiden la entrada de palestinos; las dos Coreas están separadas por 250 kilómetros de concreto y soldados; España impide la llegada de africanos a Ceuta y Melilla con serpentinas de cuchillas que han cobrado muchas víctimas. Aún existe el muro de Belfast entre las dos Irlandas; Arabia Saudita e Irak se obstaculizan con muchos kilómetros de murallas custodiadas; Marruecos les impide a los saharaius llegar a su territorio gracias a 2700 kilómetros de una muralla de seis paredes, solo superada en longitud por la Muralla China; una extensa alambrada de 180 kilómetros aparta a los grecochipriotas de sus hermanos turcochipriotas, y 1500 kilómetros aíslan a la India de Pakistán; 190 kilómetros de concreto y cerca electrificada alejan a Irak y Kuwait, y Uzbekistán entra al juego con 1110 kilómetros de frontera alambrada y electrificada. Es decir, el mundo celebró la caída del Muro de Berlín como símbolo de libertad, pero hoy aceptamos otros muros y callamos ante las infamias que dispersan a unos mundos de otros por ideologías políticas, creencias religiosas o diferencias económicas. En vano cayó el Muro de Berlín.
Pero hay otra clase de muros igual o peor de perversos al de Berlín y sus congéneres: la tarjeta blanca cubana, que obstaculiza la migración de los isleños al mundo exterior; el control de divisas en Venezuela, que limita los viajes al extranjero; las visas de países "civilizados" -paradójicamente, formados y enriquecidos por inmigrantes- a ciudadanos de países, para ellos, de menor valía económica y política, y "peligrosos" (¿?); los estratos socioeconómicos que traban la movilidad social; los carros blindados de nuestros mandatarios y los escoltas armados que los rodean; las numerosas leyes que enfrentan al ciudadano con el Estado que debería protegerlos; los call-center no permiten hablar con seres humanos. En fin…
Muchos muros, barreras, tabiques, murallas, tapias, cercas y paredes son usados por unos pueblos temerosos de otros. Se pudo derribar físicamente el Muro de Berlín, pero no hemos logrado derribar los muros mentales que rechazan a otros seres humanos por razones de raza, religión, creencias, procedencia geográfica, condición física, género, dinero, etc. ¿Podemos entonces llamarnos "civilizados"? Difícilmente.

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