Yo no sé mañana

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alberto Carvajalino Slaghekke

Alberto Carvajalino Slaghekke

Columna: El Arpa y la Sombra

e-mail: [email protected]

"La sostenibilidad es la característica o estado según el cual se pueden satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades".

Esta definición, emitida por el informe de Brundtland en 1987, es verdaderamente paradigmática, y vista e interpretada tal como está redactada es de una intencionalidad, ética y moralmente, saludable. Sin embargo, en la práctica, resulta difícil de aplicar.

¿Por qué? Porque para actuar de acuerdo con ella, los gobiernos y las empresas estarían sujetos a, eventualmente, limitar su crecimiento, aún cuando el mercado les ofreciera un potencial de operaciones que implicaran utilidades y mayor rentabilidad. ¿Pueden las sugerencias cambiar los paradigmas? La esperanza y la sensatez nos dicen que sí, pero la evidencia nos muestra una racionalidad arraigada difícil de conmover.

Al contrario de lo que sucede con la sostenibilidad, las reglas de la economía indican que un productor es racional cuando maximiza sus ingresos, ya sea que ello implique reducir gastos, aumentar precios, invertir en tecnología o incluso colaborar con la extinción de recursos no renovables. Regidas por este principio, las empresas toman solamente medidas orientadas al crecimiento y a optimizar sus ganancias.

Y, por otra parte, los consumidores buscan maximizar su satisfacción adquiriendo el máximo posible de productos sin reflexionar sobre el impacto ambiental de sus acciones. Vemos aquí la confluencia de dos de los segmentos que componen la racionalidad económica: producir más y consumir más.

Remontándonos al comienzo del artículo, volvemos a preguntarnos si es factible que el enunciado del informe de Brundtland sea compatible con la economía del mercado.

Residimos en un planeta finito en el que la población va en continuo crecimiento, de igual manera que la superficie del territorio habitado, y en el que, la degradación de los suelos, por estas mismas causas, disminuye la capacidad de generar alimentos. Ello provoca la consolidación de una contradicción: la necesidad de producir químicos para incentivar o mantener la fertilidad de las tierras, aumentando el riesgo y la vulnerabilidad futura de la especie.

El punto es: ¿Se puede planear un futuro con base en una sugerencia que marcha a contravía de la inteligencia de los mercados? ¿Podemos decir que los mercados son inteligentes cuando observamos los desequilibrios ambientales que producen? Continuamente leemos y escuchamos que la vida está en peligro a causa de que el medio que la sustenta está al borde del colapso debido al mal uso que le hemos dado. Es sorprendente que nuestra civilización haya tenido que llegar a tal situación para comenzar un proceso de concientización de su mal llamado medio entorno.

Y es que esa diferenciación entre el hombre y el entorno, esa visión y conceptualización del universo antropocéntrica que se enclava en el tiempo y en las fuentes judeo cristianas es causa de la actitud irracional e irresponsable del homo sapiens con su verdadero y único patrimonio: la naturaleza. Solamente cuando en nuestra mente se repite... esto no era así... esto era más bello... ya no se ven las guacamayas... el río está sucio... la tierra está seca... solamente ahí el instinto de conservación espolea la conciencia y se abre de forma esperanzada a nuevas formas de gobierno y se plantean los cambios de paradigmas.

¿Es posible concebir este modelo de economía de mercado generando prosperidad con sentido de sensatez? Es decir, podemos concebir un sistema que genere desarrollo sin la precondición del crecimiento? La respuesta afortunadamente es afirmativa, sí hay formas alternativas de hacer y provocar riqueza sin matar el sustento de la vida, sí las hay y las descubriremos en las próximas entregas.