Epidemia universal

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Hasta hace no mucho tiempo, un bebé gordito y rosadito era sinónimo de salud, de buena alimentación y posición económica. Las abuelitas y las mamás, los publicistas, comerciantes y, desde luego, fabricantes de alimentos coincidían en dar más y más comida a los críos. Era importante "tener a los hijos bien alimentados"; de hecho, en el imaginario popular este mito persiste, y bastante arraigado. Incluso, hay algunos deportistas con la creencia de que el sancocho y la panela deben ser la base de la "buena" alimentación. Pero, cuidado: hoy se sabe que el sobrepeso es una epidemia global de consecuencias tan devastadoras como la desnutrición.
Mientras la desnutrición en Colombia bordea el 13% de la población, un 52% de la gente presenta sobrepeso: en otras palabras, dos de cada tres personas están mal alimentadas. Cuanto más alejadas estén las personas de los núcleos urbanos, la desnutrición alcanza mayores tasas; en la Guajira (donde además mueren de sed) con tasas muy por encima de la media nacional, el 99% de las muertes por desnutrición ocurre en los niños indígenas, y casi la mitad son menores de un año. Sí, es cierto que la desnutrición infantil en Colombia se redujo a la mitad en las 2 últimas décadas (del 26 al 13% de 1990 a 2010), pero el aterrador panorama demuestra problemas de focalización de población, inadecuada redistribución de recursos económicos, y dificultades en la aplicación de políticas estatales de acceso a los alimentos, agua potable, salud y otras necesidades básicas.
La otra cara de la moneda es la obesidad, especialmente la infantil. En el mundo, cerca del 28% de la población padece sobrepeso y, casi un 9%, obesidad. En Colombia, por encima de la media mundial, un 55% de las mujeres muestra peso corporal superior a lo normal, mientras la media poblacional está en el 46%; un 14% de los colombianos son catalogados como obesos. En general, los núcleos urbanos tienen mayores índices de obesidad (52%) que el promedio nacional. A la obesidad se le asocia con diabetes, hipertensión, enfermedad cardíaca, lesiones neurológicas, artrosis de rodillas, lesión de la columna e, inclusive, con cáncer.
Estamos, pues, ante un grave problema de salud pública, una verdadera epidemia de graves consecuencias por las enfermedades asociadas que desequilibran las proyecciones presupuestales y operacionales del Estado (niveles nacionales y regionales),ya que son enfermedades prevenibles que consumen muchos recursos. A pesar de las buenas intenciones de las políticas de Estado, las acciones preventivas de las autoridades sanitarias llegan en forma desigual a los diferentes niveles de la población, siendo damnificados los más pobres, los indígenas, los negros y las áreas rurales más lejanas.
Es un hecho: no sabemos comer. El exceso de calorías, grasas, carbohidratos y carnes rojas frente a un bajo consumo de frutas, verduras, carnes blancas magras o cereales, por ejemplo, indica que las malas tradiciones alimentarias y la publicidad hacen de las suyas: el 94% de la pauta publicitaria televisiva de comida considerada "chatarra" ocurre en horas pico, induciendo a los cambios de hábitos en los niños. El sedentarismo trae como resultado la mala alimentación. Antes, cuando el carro era un lujo de pocos, debíamos desplazarnos a pie o en bicicleta y la prevalencia de la mala nutrición era mucho menor; si bien se comía solo 3 veces al día (con frecuencia en exceso), la actividad física era obligada. Hoy, los padres que laboran principalmente en oficina cumpliendo "horas-nalga" (sentados en la estación de trabajo), el fácil acceso a los vehículos de transporte, el aumento de las distancias entre las viviendas y las residencias, la inseguridad en las calles, los videojuegos y el internet han inducido al sedentarismo infantil y adulto; si se le suma la alta ingesta de dulces y comida chatarra (principalmente como premio o recompensa), el resultado es catastrófico. Y esto, cuando pueden acceder a la alimentación, porque en las áreas rurales distantes se carece de todo eso, además de alimentos, agua potable, acceso a servicios de salud, medicamentos, vacunas, etc.
¿Qué hacer?, es la gran pregunta. Obviamente, toca cambiar radicalmente los hábitos tanto de alimentación como de actividad. No se requiere aumentar el presupuesto familiar, sino elaborar un menú adecuado a partir de la compra y preparación de alimentos, enfocándose en la reducción de calorías y comidas nocivas, grasas, sal, azúcares simples y carbohidratos a cambio de frutas, verduras, legumbres, cereales y alimentos más saludables; reducir el consumo de alimentos industriales, en particular las grasas trans y el exceso de sodio; minimizar las bebidas gaseosas a cambio de jugos naturales y agua; aumentar la actividad física. Estas recomendaciones universales y ampliamente conocidas deben ser reforzadas mediante la educación en los centros educativos; corresponde el desarrollo de políticas conjuntas de los ministerios de Educación, Salud y Agricultura que no solo fomenten estilos saludables de vida, sino el real acceso a los alimentos, el agua potable y otras necesidades de la población vulnerable, además de la vigilancia y manejo de estas enfermedades prevenibles y no transmisibles. Pero ya!

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