Malala

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Thorbjorn Jagland, presidente del Comité Noruego del Nobel, dijo: “Los niños deben ir a la escuela, no ser explotados económicamente”. Quizás, antes de haberle sido concedido el Premio Nobel de Paz la semana pasada, compartido con el indio Kailash Satyarthi “por su lucha contra la represión de los niños y jóvenes, y por el derecho de todos los niños a la educación”, el nombre de Malala Yousafzaiera relativamente desconocido en Occidente -que oscila entre los mundos eurocéntricos y anglosajones- y no se asociaba con su lucha en favor de los derechos de la mujer y los niños en su país, aun cuando la adolescente de Pakistán ya había recibido el Premio Nacional de Paz en 2011, y en 2013 los premios Simone de Beauvoir y el Sájarov, a la libertad de conciencia. Sin embargo, para los libertarios, pacifistas y defensores de los derechos humanos y sistemas políticos más equilibrados, Malala Yousfzai es una heroína, persona admirable y ejemplo para niñas y mujeres del mundo musulmán fundamentalista; es una de las cien personas más influyentes en el mundo, según la revista Time. Su galardón, compartido con el indio Kailash Satyarhti -presidente de la Marcha Global contra el trabajo infantil- demuestra el interés del Comité Nobel de Noruega de avanzar hacia escenarios de respeto por los derechos de los niños, en especial a la educación. El jurado recordó que en los países más pobres del mundo el 60% de la población es menor de 25 años y que el prerrequisito para lograr un desarrollo global en paz es, sin duda, la educación.
No eran competidores de poca monta los personajes candidatizados a uno de los premios más importantes del mundo: entre 278 candidatos -incluidas 47 organizaciones- estaban el Papa Francisco, Vladimir Putín (paradójica nominación), Edward Snowden, Pepe Mujica, Chelsea Manning y Ban Ki Moon. Podría entenderse como una autocrítica del comité por la descarada lambonería politiquera que en 2009 premió a Barak Obama por vacías e incumplibles promesas, o por galardonar a terroristas declarados como Menachen Begin, Herny Kissinger, Yasir Arafat o Isaac Rabin. La historia reciente de los premiados muestra una tendencia de la organización a destacar la lucha de varios quijotes en pro de los derechos de las mujeres y niños, casi siempre maltratados en sociedades mentalmente atrapadas en oprobiosos pasados: en esa orientación, observamos premios ciertamente válidos. La abogada iraní Shirin Ebadilo recibe en 2003 “por sus esfuerzos por la democracia y los derechos humanos”. Ella se ha centrado especialmente en la lucha por los derechos de las mujeres y los niños. Al año siguiente, la activista y controvertida kemiana Wangari Muta Maathai, ya fallecida, es premiada “por su contribución para el desarrollo sostenible, la democracia y la paz”. En 2010, el chino Liu Xiaobo “por su lucha no violenta y duradera por defender los derechos humanos fundamentales en China”; las mujeres liberias Ellen Johnson-Sirleaf y Leymah Gbowee, y la yemení Tawakkul Karman en 2011, “por su lucha no violenta por la seguridad de las mujeres y los derechos de las mujeres a la plena participación en la obra de construcción de la paz”.
La vida de Malala, la niña de 16 años convertida en un símbolo mundial del derecho a la educación y de resistencia al extremismo, cambió radicalmente el 9 de octubre de 2012, cuando un par de extremistas musulmanes irrumpieron en el autobús que le transportaba hacia su escuela en Mingora y le dispararon a la cabeza. En estado de coma fue llevada a Birmingham (Inglaterra), donde seis días después se recuperó sin lesiones. Su autobiografía “Yo soy Malala” narra el drama sufrido por la chiquilla debido a su lucha libertaria. ¿Su crimen para los talibanes?: querer estudiar en medio de fundamentalistas radicales que aun consideran a la mujer un ser inferior que no debe estudiar. Alá le concedió a Malala una nueva vida, y al mundo la oportunidad de entender que, a pesar del sesgo de los políticos fundamentalistas anglosajones y sus medios de comunicación afectos, la mayoría del mundo musulmán está lejos de ser una manda de terroristas alucinados capaces de cualquier barbaridad. Por el contrario, luchan contra la opresión antediluvianda de erróneas interpretaciones religiosas de unos pocos al mando que someten a la mayoría a sus caprichos. Los enemigos, pues, son muy pocos y, de ello, el Comité Noruego del Nobel viene llamando la atención: las luchas de los libertarios en medio del fundamentalismo, especialmente en lo referente a niños y mujeres, apartados de sus sociedades por preceptos hoy superados en buena parte del planeta.
En Colombia, con formas menos bárbaras, se sufren males parecidos: machismo, analfabetismo, educación precaria, violencia contra la mujer, maltrato y trabajo infantil, trata de personas, etc. En medio de una negociación para encontrar caminos de civilidad conculcados por una guerra absurda, nuestra sociedad debe referenciarse en personas como Malala.

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