En el natalicio del Libertador, me encontré con su muerte

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Escrito por:

Arsada

Arsada

Columna: Opinión

e-mail: armandobrugesdavila@gmail.com

En el 231 aniversario del natalicio del Libertador, fui invitado por el Museo Bolivariano a una conferencia que haría el intelectual francés Philippe Montanari, titulada "Napoleón y su influencia en la independencia de Latinoamérica". Al ingresar a la Quinta de San Pedro Alejandrino, llamó mi atención un monumento localizado a la margen derecha de la entrada principal, al cual, en alguna remota oportunidad recordaba haberme acercado, pero hacía tanto tiempo que ya no sabía de qué se trataba. Mi curiosidad aumentó al vislumbrar en el mismo, desde la distancia, un extraño dejo de tristeza, en aquella mole de mármol de casi cuatro metros de alto. Al llegar frente a la misma, me percaté que su tristeza no era producto de mi imaginación; era tan real como ella misma. Su abandono lo decía todo. Su imagen parecía perdida en los confines de la historia. Pero aún seguía sin comprender el porqué de su tristeza tan marcada y rebelde. Y entonces comencé a tratar de leer aquellas palabras esculpidas en aquel mármol, traído quién sabe de qué lejana región de Europa y con qué esfuerzo, con el único propósito de rendir homenaje a algún suceso o personaje de nuestra historia local o nacional en aquella hermosa hacienda, otrora importante centro de producción esclava de caña de azúcar, con el tiempo convertida en centro de peregrinación continental, dado que allí inició su tránsito a la inmortalidad, el fundador de cinco repúblicas en la América del Sur, Simón Bolívar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al enfrentarme al monumento, vi y recordé a la vez, que el mismo era dedicado a la memoria del Libertador Simón Bolívar con motivo del primer centenario de su muerte. Allí se alcanzaba a leer, con alguna dificultad, lo siguiente:
"El departamento de Bolívar en el primer centenario de la muerte del Libertador". Diputados de la Circunscripción Electoral de Cartagena; Circunscripciones Electorales de Corozal, Chinú, Montería, Mompox.
Gobernador: Roque Pugro Villa.
Lo escrito se ha salvado por estar sus letras grabadas en bajo relieve sobre aquel mármol, seguramente de Carrara; pero lo que sí se ha borrado, es la tinta que se le agregó para hacerlas resaltar, por lo cual se dificulta su lectura. Dos figuras constituyen dicho monumento: la primera de ellas es la Diosa de la Libertad, esa que fuera inspiradora de la famosa Estatua de la Libertad, que Francia le regalara al pueblo estadounidense en el centenario de su independencia y que hoy es el mayor orgullo de la ciudad de Nueva York, ella es la misma que adquiriera su estatus de diosa en el año 238 a.C., durante la Segunda Guerra Púnica. A sus pies, la otra figura, un Centurión romano con una actitud de aburrimiento tal que contagiaba. La primera con su mirada al vacío, parecía preguntarse la razón por la cual se encontraba allí, abandonada y olvidada por los colombianos que antes la invocaban e idolatraban tanto, pero que ahora la mantenían en un ostracismo aberrante y peligroso. Al igual que la primera, el Centurión, no podía creer que los seres humanos en este lado del mundo fueran tan ingratos con sus dioses mitológicos. Por mi parte comencé a caminar hacia el lugar donde se realizaría la conferencia, pensando que la culpa de semejante estado de cosas la teníamos todos los colombianos, especialmente los samarios que de una u otra manera siempre habíamos tenido la desdicha de no tener sentido de pertenencia. Ese abandono colectivo de no valorarnos a nosotros mismos, consecuencia quizás de haberlo tenido todo, dado que la naturaleza fue en extremo generosa con nosotros, nos volvió peligrosamente indolentes. Mientras avanzaba enfrascado en estos pensamientos, me pareció sentir voces a mi espalda y al dar media vuelta entre sorprendido y nervioso me encontré con un Centurión, que en tono humilde pero decidido, se dirigía a la deidad diciéndole: ¿Será, mi señora, que los días de gloria de los dioses mitológicos pasaron sin que nos percatáramos de ello? ¿O necesitaremos esperar los 15 años restantes, cuando se cumple el segundo bicentenario de la muerte del Coloso de América, para que estos desagradecidos nos den una mano?

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