Acepto que fallé

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Escrito por:

Alberto Linero Gómez

Alberto Linero Gómez

Columna: Orando y viviendo

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Muchos de los conflictos que tenemos en las relaciones interpersonales, son ocasionados por la negativa de aceptar que hemos fallado y de disculparnos o pedir perdón. Nos cuesta aceptar que nos equivocamos o que le hemos fallado a alguien, y preferimos justificarnos, inventar excusas, culpar en vez de aceptar que fallamos. ¿Por qué nos cuesta tanto esta aceptación? Por tres ideas irracionales que se han quedado a vivir en nuestra mente y que tenemos que enfrentar con inteligencia:

1. Si reconocemos que fallamos nos mostramos demasiado débiles. El miedo a ser vulnerable hace que nos neguemos a reconocer nuestras equivocaciones. Esto es irracional, porque todos los seres humanos nos equivocamos y todos fallamos en algún momento de la vida. Negarlo es negar nuestra condición. Quien tiene miedo a ser vulnerable supone que existen unos superhombres que no fallan, y que se pueden aprovechar de nosotros. Creo que cuando reconocemos nuestras fallas estamos asumiendo una posición fuerte porque estamos aceptando lo que somos y viviendo en nuestra realidad.
Esa es una fortaleza porque solo quien se acepta puede cambiar y mejorar. Cuando alguien se presenta como si no hubiera fallado nunca, lo único que está demostrando es que no es dueño de sí mismo, que no se conoce y que no podrá iniciar procesos de cambio.

2. Si reconocemos que fallamos perdemos nuestra dignidad. La dignidad es un valor que nunca está en juego. Somos valiosos pase lo que pase. Nuestro ser dignos nos viene de ser hijos de Dios, de ser humanos y eso no se puede variar nunca. No sé tú, pero yo tengo claro que un billete de 500 Euros sigue valiendo lo mismo aunque esté arrugado y algo sucio. Su valor no depende de la apariencia ni de los lugares en los que ha estado. Sigue siendo valioso a pesar de todo, pues bien, igual creo que pasa con el ser humano, que yo acepte que soy un pecador no me hace menos valioso que cualquiera de ustedes. Nunca perdemos nuestra dignidad por muy bajo que caigamos. Tanto así que cuando nos arrepentimos y volvemos a Dios, este nos abraza apasionadamente y nos da el beso del perdón (Lucas 15,11-32).

3. Si reconocemos que fallamos nos van a dejar de amar. Quien nos deja de amar porque hemos reconocido una falla nunca nos amó y se estaba aprovechando de nosotros. Lo normal es que quien nos ama tal cual somos entienda nuestras debilidades y nos ayude a mejorar cada día.
Los que aman a los perfectos aman sus caprichos, porque los perfectos no existen. El que te ama no te reprocha, no te dice: ¡te lo dije! Sino que busca la manera de ayudarte a que generes las condiciones para que ese error no vuelva a ocurrir.

Tenemos que acabar con esas ideas de súper hombre, de seres perfectos que no fallan. Es necesario asumir nuestra condición humana y desde allí buscar la perfección. Todos en algún momento no hemos hecho las cosas bien y necesitamos corrección y ayuda. Solo es verdaderamente feliz aquel que acepta quien es y vive de acuerdo a su condición, eso sí, tratando de ser excelente.

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