Crónica de un viajero

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jorge García Fontalvo

Jorge García Fontalvo

Columna: Opinión

e-mail: jgarciaf007@hotmail.com

Pese a las extenuantes 16 horas de viaje, Brasil, terminó siendo más fascinante de lo que pensé. Salí del aeropuerto Simón Bolívar de la ciudad de Santa Marta el 24 de julio, a las 4 de la tarde, casi 10 días después de la finalización del Mundial de fútbol, y descendí del avión el 25, a las 11:00 horas, no sin antes hacer escala obligada en Bogotá y Sao Paulo. -Por circunstancias que todos conocemos, productividad, eficiencia, eficacia y todos esos términos complicados que se ha inventado la administración moderna, lo que debe durar 6 horas se triplica indecentemente, perjudicando la salud de los usuarios del servicio aéreo-.
Todo, antes de partir a mi viaje de intercambio académico con la Universidad Federal de Ciencias de la Salud de Porto Alegre, indicaba que el rotulo de ciudadano colombiano me haría vulnerable ante los ojos de los funcionarios de la aduana del vecino país, como comúnmente sucede a nuestros compatriotas en otras regiones del mundo. No obstante, debo decir que el temor que me embargaba simplemente resultó ser eso, temor y nada más.
Por cosas del destino, nuestra Selección, en el certamen futbolístico más importante del planeta, dejó una grata impresión en la mente de los brasileños. -Hasta los taxistas hablaban entusiasmados de aquel fútbol de fantasía que mostró el onceno colombiano-. Eso facilitó las cosas. Puede decirse que mis compañeras de viaje (2 jóvenes estudiantes de Psicología y Medicina de la Universidad del Magdalena), y yo no esperábamos que las cosas fueran de esa forma.
Era como si el mundo hubiese olvidado nuestros pecados (todo lo que ensombrece la condición de colombiano noble en el exterior), y comprendiera por fin que el pueblo que amo, desea realmente reivindicarse con la especie humana, y mostrar el pensamiento noble que caracteriza al hombre humilde de la tierra macondiana.
A diferencia de lo que generalmente siente cualquier persona en Colombia -en donde se respeta muy poco y, se menoscaban constantemente los derechos de la gente de bien por causa de la maldita corrupción-, en Brasil, puede decirse, llegamos a ser tratados como ciudadanos Vip.
La atención recibida nos hizo sentir más importantes de lo que habitualmente nos sentimos en casa. No malinterpreten, lo que quiero decir, es que el condicionamiento político y económico que domina las interacciones sociales en nuestro país, generan, muchas veces, actuaciones incorrectas que permiten la discriminación y el maltrato inclemente hacia ciertos sectores de la sociedad. En otras palabras, la inequidad y la injusticia se apoderan indebidamente del pensamiento de las personas y hacen de las suyas, sencillamente porque sí.
Volviendo al tema, situaciones como el uso de un nuevo idioma, que inicialmente hacen presagiar malos momentos, son circunstancias que se pueden superar. Y aunque, cuando se es joven, entendemos muy poco acerca de la realidad de las cosas, llegado el momento se alcanza a comprender lo incomprensible. Hoy valoro más que siempre lo que algunas veces consideré correcciones excesivas de mis padres, cuando con amor, más que con severidad, me exhortaron a estudiar un idioma extranjero, o a ver cumplidos mis sueños.
Los profesores intensos que se cruzaron en mi camino alguna vez, también son parte fundamental en esta aventura. Sin su ayuda, la de los amigos, familiares, y principalmente la ayuda de Dios, la experiencia incomparable que hoy vivimos en Brasil, jamás hubiese llegado a cristalizarse.
Espero ver cumplidos mil sueños más, particularmente aquellos que invitan a construir un mundo más justo. Un mundo en el que las frustraciones, el rencor, y principalmente las diferencias irreconciliables que se desprenden estúpidamente de las percepciones equivocadas que asume el hombre en torno de la política, la religión y los asuntos ideológicos, no estén por encima de los sentimientos que invitan a alcanzar la felicidad.
Bendito sea el Señor que abre caminos donde solo existen piedras y maleza.

Y ojalá que su presencia, llene de esperanza la mente de los que se alimentan diariamente del sufrimiento de sus semejantes, para que de esa forma, todos lleguemos a ser parte de la construcción de la Colombia que queremos, y a comprender que nada puede ser más importante que la satisfacción de las necesidades primarias de la gente.
Por eso, tres semanas después de mi llegada a las tierras frías del sur, y pese al dolor que causa la lejanía, trabajo duramente en la distancia para motivar en el pensamiento de mis compatriotas, sentimientos sublimes que transformen para bien el mundo en que vivimos.
Bendita de Dios sea la Colombia que amo, y el Brasil encantador que abre noblemente su corazón al tímido viajero.

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