Fanatismo y respeto

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Además del peligro que comporta cuando se siguen ciertas causas, el fanatismo es una posición cómoda: libera a las personas del trabajo de tener que pensar, de escoger, pues esa labor se la dejan a un caudillo, a un líder, a un guía espiritual, a un libro sagrado o a una religión o corriente política. Allí está todo lo que se debe decir y hacer. Es, además, una forma de justificar los actos propios y de delegarla responsabilidad personal.

El fanático nunca se equivoca, nunca delinque, nunca hace nada malo y tampoco nada bueno que no sea el facilismo de seguir a su líder o a su libro guía o a su corriente; carece de conciencia. El fanático es un objeto conducido como borrego por la mente de otro u otros. Se trata pues de una condición mental inhumana, pues se prescinde de la razón y de la autonomía mental propias del ser humano como tal.

La condición fanática ha causado catástrofes en la humanidad dado que conlleva a la generalización, a una sola mirada y, en especial, al no uso del discernimiento, lo cual conduce a la persona individual y colectivamente a tomar rutas ciegas trazadas por terceros con graves repercusiones, incluso mortales.

Decía el filósofo Estanislao Zuleta: “… pensar por sí mismo es más angustioso que creer ciegamente en alguien. Nombrar algún líder, algún guía, cualquiera que sea el nombre que le demos (…), genera un entusiasmo enorme porque libera de la angustia, de la responsabilidad, de la duda sobre si lo que estoy haciendo realmente está bien hecho o no. La palabra del líder nos economiza todos los problemas”. (“La participación democrática y su relación con la educación”; “Educación y democracia”. Fundación Estanislao Zuleta; Hombre Nuevo Editores E.U. 2006).

El respeto es una de las víctimas del fanatismo porque este no conoce la tolerancia ni acepta al otro diferente. Del fanatismo nace entonces el irrespeto a todo, tan de moda hoy en Colombia proveniente de diferentes orillas políticas. Comparto sobre el mismo el siguiente texto también de Zuleta:

“Respeto significa, en cambio, tomar en serio el pensamiento del otro; discutir, debatir con él sin agredirlo, sin violentarlo, sin ofenderlo, sin intimidarlo, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que presente, tratando de saber qué grado de verdad tiene; pero al mismo tiempo significa defender el pensamiento propio sin caer en el pequeño pacto de respeto de nuestras diferencias. Muy a menudo creemos que discutir no es respeto; muy por el contrario, el verdadero respeto exige que nuestro punto de vista, sea equivocado total o parcialmente, sea puesto en relación con el punto de vista del otro a través de la discusión”. (op. cit.).

Y algo más de Zuleta (del mismo texto) que creo necesario compartir porque es totalmente aplicable a la polarización que hoy vivimos en Colombia:

“En un debate seriamente llevado no hay perdedores: quien pierde gana, sostenía un error y salió de él; quien gana no pierde nada, sostenía una teoría que resultó corroborada. Esta es una disputa muy distinta a la que se presenta en las guerras, en las que el que pierde nunca gana”.

Sean cuales hayan sido los resultados electorales de ayer domingo 15 de junio, si queremos una Colombia unida hacia el desarrollo, debemos recuperar (¿o quizá estrenar?) la razón, el respeto por las ideas, y apreciar la riqueza de las diferencias y la utilidad del diálogo. Colombia se malogró cuando la palabra sensata perdió su fuerza frente a la violencia física y verbal, frente a la incivilidad. Pero también cuando esa palabra se desvalorizó porque se empezó a usar sin pensar en sus consecuencias, sin fundamentos y sin respaldos fácticos o razonados.

Guerrillas y Estado, partidarios del diálogo y no partidarios, y todos aquellos sectores hoy polarizados, deben tener en cuenta estas apreciaciones si queremos salir de este pantanero de país. En la historia de la humanidad no ha habido otra forma de lograrlo. ¿Soñador?, sí. Pero todo -hasta infortunadamente también la guerra- hay que soñarlo antes para que pueda realizarse.