Compartiendo la fe en Jesús

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alberto Linero Gómez

Alberto Linero Gómez

Columna: Orando y viviendo

e-mail: palbertojose@hotmail.com

Me asusta la manera en la que algunos quieren imponerles a los jóvenes la experiencia espiritual. Estoy convencido que la fe es un encuentro personal con Jesús y que esto no se impone ni se enseña a trancazos, sino que se provoca, se propicia y se contagia. Quien pretende imponer la fe a sus hijos, normalmente termina ocasionando el efecto contrario, esto es, que los hijos se cierren a Dios y se consideren ateos. La fe no se impone, sino que se comparte en la libertad y en el amor. Te propongo algunas actitudes que te pueden ayudar a compartir la experiencia de Dios con tus hijos:
1. La fe se comparte por testimonio. Si el cristianismo es un modo de vida (Hechos 5,20), entonces debe ser compartido a través de la vivencia. Muchos padres de familia quieren que sus hijos tengan las actitudes espirituales que nunca han visto en su casa o que tengan expresiones piadosas que ellos nunca han manifestados. Es a través de la vida compartida como el encuentro con Jesús de Nazaret se puede propiciar. Si revisas a Hechos de los Apóstoles en los primeros capítulos, te darás cuenta que fue gracias a su manera de vivir cómo pudieron ir extendiendo la fe en Jesucristo.
2. Un discurso claro, creíble y coherente. Nuestros jóvenes son críticos. Ellos son capaces de preguntarse lo que nosotros, tiempos atrás, asentíamos sin ninguna duda. Ellos tienen mayor información que nosotros y son capaces de encontrar hipótesis que podemos desconocer. Esto hace que el discurso que usemos para compartir nuestra fe no puede estar lleno de "misterios", de "acciones mágicas", de "imposiciones de Dios". Es necesario estudiar la Biblia, reconocer sus géneros literarios y sin ningún miedo presentarlos ante los jóvenes. No pretendamos que la fe sea consecuencia de la ignorancia o de la credulidad, sino de una opción razonable de los jóvenes.
3. Mostrar a Dios más cotidianamente. La Biblia expresa sabiamente una tensión a la hora de la revelación de Dios: mostrarnos al totalmente Otro que es a la vez el totalmente cercano. Dios es el Santo, el omnipotente y distinto a nosotros, pero a la vez es el que caminaba en el atardecer por el paraíso, el que escucha los clamores de su pueblo, el que se interesa por ellos, el que se abaja a ayudarlos y el que está totalmente cercano a nosotros (expresión de ello es la encarnación). No podemos pretender seguir mostrando a un Dios que está tan lejos de los hombres que nada les dice a ellos. Entiendo que hay que saberlo hacer con respeto y sin despreciar lo sagrado, pero tiene que ser más cotidiano. A veces me duele cuando veo que el discurso religioso es paralelo a la vida diaria, no la toca en nada, aún más, la desconoce. Eso no puede tener éxito ni puede transformar al hombre. Aún nuestra propia liturgia tiene que ser más cotidiana sin perder su sentido de sagrada.
4. Comprender que las dudas y las preguntas forman parte del proceso de fe. Tomás (Juan 20,19-23) no es un extraterrestre ni es malo porque dude, es un humano que nos muestra que la fe pasa también por esas noches oscuras. Pedro, el líder del grupo de seguidores de Jesús, no sólo dudó, sino que lo traicionó (Mat. 26,31-35, 69-75) y no por eso quedo excluido de la misericordia de Dios (Juan 21, 15-19). No podemos escandalizarnos por las dudas de fe de aquellos que están a nuestro lado, ni podemos pretender que para ellos todo sea claro. Es necesario pasar por momentos duros, para encontrarse con el Señor. Solo quien se sabe auténticamente débil puede responder genuinamente al Señor.
Estoy seguro que estas reflexiones nos pueden ayudar a compartir mejor nuestra fe con aquellos a los que pretendemos llevar a los pies del Maestro, para que lo amen y le sirvan.

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