Un vicio moderno: el teléfono móvil

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Escrito por:

Agustín Pérez Cerrada

Agustín Pérez Cerrada

Columna: Opinión

e-mail: arturo@aplicaciones.info

Quizá convertidos en víctimas de la sociedad de consumo, ya se ha presentado aquel futuro en que todos acabaríamos enganchados al celular que invadiría nuestra intimidad, como ya lo hace la TV, transformándose en una pseudodroga que engancha sin compasión. Configurado inicialmente como herramienta de trabajo para ejecutivos, ha evolucionado hasta convertirse en un electrodoméstico habitual de diseño multicolor. Sociológicamente ha acabado siendo un elemento de igualación, dejando de ser símbolo de un status económico, para quedar al alcance de todos.
De su finalidad inicial de gestionar mensajes de voz, en pocos años sus prestaciones se han ampliado hasta llegar a ser un pequeño ordenador de bolsillo y un dispositivo de entretenimiento: comunicación por voz y escritura, tomar y trasmitir imágenes, video, juegos, conexión con internet, radio, y un etcétera casi infinito. A ello se unen otros "juguetes" paralelos: tablet, MP3, etc. Una revolución tecnológica que está teniendo efectos sociales, por su incidencia en las costumbres. Estos terminales, cada vez más ligeros, ofrecen una aparente libertad: la de no permanecer en un sitio, a cambio de una esclavitud: la de tener el aparato pegado a la oreja.
Sus pitidos pueden ser una de las señas de identidad de este principio del milenio: suenan en cualquier parte, en la calle, en la iglesia, en el cine o en el autobús. No hay reunión o tertulia de amigos que no quede interrumpida por una musiquilla o un lamento, con la consecuencia de que el llamado se aísla del conjunto. Y ello no es culpa del aparatillo, sino de la persona que lo usa que no se controla a sí mismo: hay que saber dejarlo en silencio cuando compartimos espacio con otros.
Para muchos adolescentes -y adultos- el móvil se ha convertido en una especie de juguete obsesión.
Basta con verlos absortos tiempo y tiempo mirando la pantalla, consultando la agenda, pulsando teclas ensimismados para ver los mensajes de cristal líquido: una forma de comunicación mecánica, incluso cuando el receptor de la llamada camina a su lado. ¿No has visto alguna vez a un grupo de cuatro o cinco adolescentes en el que cada uno está manejando su artilugio, aislados unos de otros? La comunicación virtual desplaza a la real.
El extendido uso de esta maravilla técnica entre generaciones que han nacido casi con el aparato en la mano, comienza a preocupar a padres y educadores por su influencia en las capacidades de niños y jóvenes en edad escolar, tanto por los contenidos indiscriminados (pornografía y violencia en lenguaje corriente) que corren a través de las redes, como porque se pueda resentir su dedicación al estudio, o ya porque el nivel de atención al celular puede llevarles a desconectarse de su entorno, o a perder parte de su capacidad de atención en relación a las tareas inmediatas que realizan.

En esas edades, en muchos casos, el uso del móvil se suma al manejo de ordenadores con su acceso a Internet, donde la agilidad técnica en la búsqueda de información puede tener la contrapartida negativa de saltar de un dato a otro sin retener ninguno, en perjuicio de las capacidades de la memoria; o que no se encuentre tiempo para la actitud reflexiva que supone la lectura de un libro en papel.
También ha preocupado la contaminación electromagnética, que preventivamente aconseja que los niños limiten su uso, para mantener las emisiones al mínimo. Ventajas y servidumbres de la técnica que conviene controlar para que no se cree una dependencia.

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