Campaña de odio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

La política no solo la hacen los políticos. También los demás ciudadanos hacen política día a día sea cual fuere la ocupación que tengan, solo que muchas veces no se dan cuenta de ello.

La indiferencia permanente y la abstención el día de elecciones es también una manera de hacer política. Cuando consiste en una abstención premeditada con mayor razón es participar y cuando no es pensada es una muestra política de que algo está fallando en la democracia que no motiva a que las personas decidan sobre sus vidas.
En fin, pero no es ese el objeto principal de esta columna, se trata solo de una breve introducción para dimensionar la manera como el odio se está tomando la política colombiana en todas sus facetas y formas de ejercerla.
Es más: el odio que se destila es poco evidente -no por ello vergonzoso- en los dirigentes a no ser por algunos tuits. Es más notorio en sus seguidores o fans. Impresiona darse una vuelta por Twitter para observar el ring de boxeo político en que se ha convertido dicha red social. Pero no es un boxeo olímpico, no, es un ring de boxeo sucio, sin reglas, donde se leen todo tipo de patadas y golpes bajos.
Por supuesto, el primer gran motivo es la división entre santistas y uribistas, aunque también hay más contradicciones como petristas y antipetristas; y en las regiones se van formando otras también en torno a poderes perdidos o ansiados. Y ese odio se queda ahí, en odio, vacío, o mejor lleno pero de odio, casi nada de propuestas. Se lanzan toda suerte de improperios, mentiras y rumores de una agresividad extrema. En la mayoría de los casos ni siquiera hay el más leve asomo del ejercicio mental propio de la causticidad o la sátira, son insultos ramplones y burdos.
En una espiral ascendente ese odio invade todos los estamentos, medios de comunicación, familias, esquinas; siempre con ese común denominador del vacío programático.
Y si usted se toma el trabajo de preguntar qué defienden unos y otros, se lleva la sorpresa de que la mayoría no sabe. Son posiciones viscerales. Es solo estar con este o aquel y defender o atacar con las armas que sean y donde sea, pero sin el más mínimo razonamiento. En los perfiles de las redes sociales son dicientes los términos para autocalificarse tales como "fulanista purasangre" y "peranista a morir".

Y lo peor es que no se trata solo de personas del común, los agravios huecos salen de ciudadanos que tienen formación para ir más allá, que tienen cómo construir argumentos. Incluso, sé que muchos de estos tienen claros los argumentos y tienen claro también que no divergen mucho, y que en numerosos casos los bandos defienden lo mismo, pero no, se trata de defender a morir a ciertos líderes porque sí o porque significan poder o porque comparten sus venganzas. El asunto no es la posición, el asunto es aborrecer o adorar sin lugar a términos equilibrados y sensatos. Supuesta lealtad que se convierte en adulación y en abominación.
Sorprende ver, en especial en las redes sociales, cómo ciertas personas respetables que uno tenía en altos lugares escriben comentarios de una bajeza penosa y de una carencia argumentativa que asombra.
Grave, muy grave que se llegue a esos extremos. Primero, porque es una conducta que sigue dejando expósitas de ideas a las grandes contradicciones de país, y, segundo, porque si eso sale de los dirigentes y de personas con alta preparación, ¿qué se puede esperar del pueblo raso? De ese pueblo de a pie que es la carne de cañón y que a la vez dispara el cañón hacia la carne, mientras la dirigencia luego de aporrearse se sienta al calor de un whisky a hacer las pases y a urdir coaliciones.
Ellos hacen las pases y sus arreglos para la "gobernabilidad", pero queda rodando el odio, suelto por calles, campos y veredas como una epidemia mortal que ya parece inatajable.