La Santa Marta que se nos va y la que se nos viene

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Escrito por:

Arsada

Arsada

Columna: Opinión

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Este fin de semana decidí con mi compañera darnos un paseo por el centro histórico y nos encontramos con más de una sorpresa.

La primera de ellas fue la tozuda realidad que el que fuera ícono de la buena comida a nivel nacional e internacional, el restaurante Panamerican no seguía funcionando en el sitio que, pudiéramos decir, fue su lugar natural durante mucho tiempo. Al observar aquella soledad nos invadió la nostalgia.

Personalmente lo recordé cuando me llevaron por primera vez a sus instalaciones, una especie de delicatesen ubicada en la calle 14 o de La Cárcel entre carreras 3a y 4a, frente a la otrora casa paterna de los Díaz Granados; posteriormente pasó a la esquina del antiguo Teatro Variedades, esquina sur oriental de la calle Cangrejal o 12 con carrera 4ª; allí funcionó como heladería y restaurante.

Luego pasó al sitio en el que estuvo hasta hace muy poco tiempo y en donde ofreció sus servicios como heladería, restaurante y bar, siempre manteniendo un considerable estatus social.

Hoy ha sido trasladado a la otrora casa del expresidente Campo Serrano, ubicada en la calle Santa Rita con carrera 1ª, diagonal al antiguo San Juan de Dios, hermosa construcción republicana pero que en nada contribuye a disminuir el guayabo que produce el sabor melancólico de tiempos idos y no precisamente porque los hubiera disfrutado mucho, como seguramente lo pudieron haber hecho otros, sino por el simple hecho de haberse convertido el Panamerican en un referente nacional e internacional de la ciudad.

Otro detalle fue el percatarnos que ya no se hace la feria artesanal en las instalaciones de la tristemente famosa Marina Internacional, ignorando la razón por la cual este año no se realizó allí, habida cuenta que era el sitio ideal para ello. Alguien se aburrió de hacer el favor. No se sabe si la decisión partió de los artesanos o de los "propietarios" de la Marina.

Y hablo de propietarios porque en eso se convirtió el área que era de propiedad pública, pero que hoy, por un artilugio casi mágico, se convirtió en propiedad privada a donde sólo tienen acceso los socios, propietarios de yates y en ocasiones particulares que pagando caras entradas van a ver ciertos y determinados espectáculos de variedades.

Incluso, que para dar visos de liberalidad y ante la presión ciudadana, sus audaces propietarios abrieron una callejuela que pasando por detrás del Club Santa Marta, lleva al ingenuo transeúnte a la entrada oficial del complejo marino, pero de manera casi que burlona lo lleva también directamente no a la entrada de la Marina, a donde obviamente no lo dejan ingresar, si no a la salida del mismo.

Es más, a algunos socios del Club Santa Marta no les gustó para nada la idea, pues en su criterio acabaron con su privacidad. ¿Cómo así que cualquier perico de los palotes podía pasar por la parte de atrás del club y husmear sobre sus actividades sociales?

El tercer detalle que ha llamado poderosamente mi atención, es la forma avasalladora como los nuevos grupos religiosos no católicos vienen irrumpiendo al interior de los grupos juveniles de la ciudad. Mientras la jerarquía católica insiste en sus misas y rosarios tradicionales, y algunos menos utilizando descrestadores artilugios de la neurosicología, las sectas protestantes por el contrario haciendo uso de orquestas juveniles de muy buen nivel instrumental, motivan a sus jóvenes en plazas como el Parque de Bolívar, adonde estos acuden en número realmente importante, como no se les ven en los templos católicos.

Pero el que acudan sería lo de menos; llama la atención es el fervor con que lo hacen. Sin temor a equivocarme, esta pelea la "perdió" la Santa Sede, salvo que el Papa Francisco decida asumir el riesgo histórico que el momento exige, si es que la mafia del capitalismo mundial entronizado en el Banco Vaticano no lo elimina antes.

Ojalá y esto no suceda, porque se trataría de la muerte de un valiente que aceptó el reto de asumir la responsabilidad de liderar una institución sumida en una de las peores crisis de su historia.

No cometamos la ingenuidad de creer que la alta jerarquía europea soltó semejante y suculento becerro por mandato directo del Espíritu Santo; si eso hubiera sido cierto, la elección se hubiera hecho el primer día. El problema resultaba más concreto y complejo: o dejaban que la institución siguiera rodando cuesta abajo o se asumía el reto de liberarla de los sicarios que la estaban conduciendo al precipicio.

La ciudad está cambiando a un ritmo endemoniado, a lo que contribuye de manera ostensible la revolución tecnológica con la cual se nos ha venido el siglo XXI. La Santa Marta en la que nos tocó vivir, ya casi no existe.

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