Pax columbianae

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

La paz colombiana, en latín. El mismo idioma de los habitantes de la antigua Roma: los romanos, que imponían su civilización, a la brava, por dondequiera que se podía. Era Roma algo así como el "policía del mundo" de hoy, ése, que tiene su cuartel general en Washington.

Era lo mismo. A los territorios que conquistaba el Imperio romano se les prescribía el orden frío e irreal que las armas permiten.

Y funcionaba, pues se evitaban las guerras civiles, las insubordinaciones, el caos…, pero no había sociedad, ni mucho menos justicia, o sea, no había respeto por la humanidad. A esto se le llamó - se le llama-: la pax romana.

La paz. "El fin último del derecho es la paz", dijo el profesor italiano Francesco Carnelutti. De esto último se desprende que si en una sociedad el derecho no funciona, o es inferior a la problemática que pretende regular, en tal comunidad no existirá la armonía verdadera; a lo sumo habrá intervalos más o menos pacíficos (o pasivos, que no es lo mismo), que, a la larga, producirán más daño que bien, por insuflar la ilusión de la paz cuando no hay bases reales para esperarla, y así, se atrofiarán las fuerzas sociales cuyo accionar sí permitiría la superación definitiva del conflicto (porque siempre hay conflicto cuando el derecho fracasa). En mi opinión, este es el caso de Colombia.

La semana pasada escribí un artículo acerca de la desbarrancada del Estado de Derecho en nuestro país. Quién, que alguna vez haya vivido aquí, puede negar este hecho. Ahora bien, ¿habrá alguna relación entre la circunstancia de que el Estado de Derecho no funcione y la inexistencia de la paz en Colombia? Yo diría que sí.

Es más, yo creería en la verosimilitud de la posición 138, entre los 149 países estudiados, que Colombia se ha ganado en la clasificación del Global Peace Index 2010, realizada por el Institute for Economics & Peace (ver resultados y análisis de la investigación, en inglés, en la página web www.economicsandpeace.org/WhatWeDo/GPI), respecto de la materialización de la cultura de la paz en gran parte del planeta, según los lineamientos que la ONU ha establecido.

Así es, una vez más queda al descubierto la gran realidad que todos conocemos pero que pocos colombianos se atreven a aceptar, en primer lugar, y, a atacar, en consecuencia. Se trata de esa infantil fase de negación del problema, de la que aún no salimos, y que se asemeja mucho a la famosa "estrategia del avestruz", que indica que para hacer desaparecer un problema hay que meter la cabeza en la tierra, como ese animal, en efecto, lo hace.

El hecho es que este país está en guerra (posiblemente nunca ha dejado de estarlo), y no me refiero al conflicto con la insurgencia comunista, o a una posible confrontación bélica con algún país vecino, sino a algo mucho más grave: este país está en guerra consigo mismo.

En Colombia no existe, ni remotamente, lo que la Asamblea General de la ONU, en 1999, definió como una cultura de paz (sobre esta definición está, en gran parte, basado teóricamente el reporte que he citado antes), o sea, aquellos valores, actitudes y comportamientos, al interior de una sociedad, que se manifiestan a través de un rechazo de la violencia, de intentos por prevenir conflictos mediante el encaramiento de las causas últimas de los mismos, y, de esfuerzos por resolver problemas usando del diálogo y de la negociación.

En otras palabras, según este documento, la paz no es la simple ausencia de conflicto (que muchas veces puede disfrazar realidades pugnaces), sino la existencia de estructuras culturales e institucionales que permiten crear y mantener estados de paz.

Es decir: la paz no es algo pasivo, que llega solo…, no, la paz presupone actividad, acción, es algo que se construye, es un proceso, y es, a la vez, un producto. Y yo repito, no sin dolor: de eso no hay por aquí.

Pero el estudio dice más todavía; como lógica derivación de las fuentes de la paz, establece una serie de características, que si bien no son taxativas, sí son harto frecuentes en los países pacíficos, así: buen funcionamiento del gobierno, adecuado ambiente para los negocios, respeto por los derechos humanos y tolerancia, buenas relaciones con los Estados vecinos, altos niveles de libertad de información, alta participación en la educación primaria y secundaria, bajos niveles de corrupción, aceptación de los derechos de los otros, y una equitativa distribución de los recursos.

Lo anterior pone de presente una idea insoslayable: la paz no es sencillamente una condición esencial para el desarrollo de un país: Es el desarrollo mismo. Y es aquí donde quería llegar, entre otras cosas, porque en Colombia se sigue pensando que se puede tener un desarrollo económico desligado del desarrollo social. Falso.

Quienes así piensan vivirán condenados a repetir la historia haciendo círculos. Por lo demás, la brillante investigación aludida concluye con el lúcido planteamiento de que en las sociedades donde hay paz se puede crear resiliencia, que es aquella capacidad de absorber dificultades más fácilmente, sin entrar en pánico, nerviosismo, locura… violencia; donde hay paz, dice el informe, existe el ambiente adecuado para el desarrollo del potencial humano. Por todo esto, amigos, creo que no tener paz es el verdadero subdesarrollo.

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