Conocí a Maqroll

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

El sábado anterior en la tarde paseaba por el malecón de la Bahía de Santa Marta frente al puerto. Lo hago a menudo ante la belleza del paisaje, pero en especial porque el arribo y zarpe de los barcos siempre me ha producido una gran curiosidad casi infantil.

Al ver los buques fue inevitable no pensar en la reciente muerte de Álvaro Mutis y en Maqroll el Gaviero. Precisamente, con ocasión del cumpleaños 90 del escritor, hacía un mes había disfrutado una amena tertulia con su hijo Santiago el poeta y otros escritores en una nueva librería-café a pocas cuadras en el Centro Histórico de Santa Marta. Aquella noche de letras nadie se imaginaba que el homenajeado a distancia fallecería a los pocos días.

La celebración me motivó a releer a Mutis, de manera que al momento de su muerte estaba embebido en sus obras, lo que me llevó a pensar qué significado misterioso tendrá el hecho de que un lector se encuentre leyendo un libro en el instante en que su autor fallece. Cosas que se lo ocurren a uno. De todas maneras, es una coincidencia que acerca más esa muerte.

En fin. Pensando en todo eso observé a un hombre que sentado en el muro que da al mar frente al puerto pescaba con una caña, algo inusual en ese sitio. Me acerqué como siempre lo hago con los pescadores para preguntarles lo de rigor: "¿Cómo va la pesca?". Volteó a mirarme: podría tener unos 70 años, pero era muy difícil calcularle la edad ante su tupida barba canosa, su piel curtida por el sol y la gorra marinera griega.

Sin embargo, no me quedaron dudas sobre su identidad y lo saludé antes de que me contestara sobre la pesca: "Hola Maqroll". Lo dije así, con toda naturalidad, pues para mí ya era un amigo producto de tantas lecturas sobre sus aventuras de mar y tierra.

"Buenas, Álvaro", me respondió también con naturalidad como si él también se sintiera mi viejo amigo. El azoramiento que me produjo su saludo me llevó a responderle con cierta torpeza: "Mi apellido es González y no Mutis, ¡ya quisiera yo tener algo del talento del maestro!". Sonriendo, me dijo: "Sé bien tu apellido, hace mucho tiempo desde los libros te he observado, somos amigos, ¿no?, además, recuerda que tenemos bastante en común". "Pues sí, Gaviero", repuse estupefacto y feliz mientras me sentaba a su lado. El sol bajaba.

"Maqroll: entonces no moriste ahogado en la Ciénaga Grande según el relato de Gabo que en Tríptico de mar y tierra transcribe Mutis con dudas…". Sin dejar de mirar el sedal me respondió: "Nooo, inventos de Obregón y Gabo. He seguido mi vida de inevitables aventuras frustradas aunque ya llevo en Santa Marta tres años; con Flor Estévez vivo en El Morro, el islote del frente, donde cuido el faro y he encontrado una paz solo perturbada en noches de borrasca por mis pesadillas construidas de tantos recuerdos".

No me extrañó ese destino propio de un viejo lobo de mar y tierra, pero sí me sorprendió que fuera acá en Santa Marta. Notó mi sorpresa y dijo: "Es un mágico lugar con un ambiente polifacético ideal para mí; a veces subo por las laderas de la Sierra sobre sus ríos que me avivan ciertos recuerdos. Doy vueltas por la ciudad y nadie me reconoce".

Le pregunté sí la muerte de su creador significaba ya su retiro definitivo. Volvió a sonreír y me dijo: "¡Ja!, no Álvaro, por el contrario, ahora es cuando comenzaré a vivir mejor, pues te confieso algo: tu tocayo no me soltaba del todo. Me daba aventuras, sí, pero mi espíritu es más amplio, tormentoso e inquieto. Al maestro le debo la vida, no solo porque me creó sino porque fue cuidadoso conmigo y no me dejó morir pese a ponerme a punto de ello".

"¿Y cómo harás para vivir ahora por fuera de los libros?", le pregunté. Me respondió: "¡Ah mi querido paisa!, ya encontraremos cómo, pero tengo claro que seguiré viviendo por muchos años y solo moriré el día en que nadie vuelva a leer a Mutis". "Tiene sentido", le dije, y me despedí: "Hasta pronto Gaviero". Lo dejé sentado esperando un pez que seguramente no llegaría.

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