La violencia es una sola

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Está bien que ahora cuando se han incrementado los homicidios vinculados al fútbol se tomen medidas directas sobre dicho espectáculo: que se suspendan partidos o se jueguen a puerta cerrada, que se impida el ingreso a los estadios de ciertos hinchas, que se diseñen o retomen programas para evitar la violencia relacionada con este deporte, que se involucre a jugadores, equipos, directivos y comentaristas, en fin, está bien todo eso y apenas lógico, pero sin duda no será suficiente.

Y será insuficiente no porque puedan ser medidas pasajeras -que es posible sí lo sean como tantas cosas en este país de olas pero eso no importa ya para este caso-, sino porque el problema es mucho mayor a una actividad deportiva o a cualquier actividad. El problema es definitivamente un país violento, agresivo, agraviador, amargado, resentido, pendenciero e irritado.

Y no de ahora sino desde los tiempos en que nos conocemos como país y hasta desde antes con flechas, lanzas, arcabuces y espadas.

Y no es de unos jóvenes aficionados a un deporte o de unos jugadores, no. Y no es de unos jóvenes aficionados a lo que sea o parados en una esquina sin tener nada qué hacer, o de los ignorantes o de los vengadores golpeados, no. Es una violencia que en varias formas, orales y físicas, silenciosas y estruendosas, burdas y refinadas, urbanas y rurales, de imputables o inimputables, permea todos los sectores sociales de Colombia.

Y está bien, muy bien, que adelantemos procesos de paz, con el que sea, y que los apoyemos y que ojalá lleguen a feliz término, pero la violencia, esa acompañante pegajosa seguirá ahí, lista para actuar en otros ámbitos e incubada en otros actores con otros libretos y con decenas de objetivos y formas.

Es que listo: nos dejamos de matar por el fútbol y ojalá, pero esta violencia que tenemos que desfogar como enajenados nos impulsará a matarnos por el ciclismo como cuando a Ramón Hoyos le lanzaron pétalos de piedra en Bogotá, por el atletismo, por el catapiz o por el parqués, y por todas las cosas por las cuales nos matamos que son casi todas.

La violencia es nuestro modo de reclamar lo justo, de conseguir lo injusto, de vengarnos, de adquirir el poder, de defendernos, de manifestar nuestros desacuerdos ideológicos, clasistas, regionales, étnicos, sexuales y de cualquier índole.

¿Exagero? No creo: oigamos a nuestros dirigentes políticos, miremos la conducta atropelladora de tantas empresas y empresarios, a conductores de vehículos particulares y públicos, a ciertos estudiantes y profesores, a algunos padres de familia e hijos, en fin. ¿Algún sector se escapa? Unos más otros menos, unos internamente que también resultan fluyendo y otros de manera abierta, pero en este país todos aprendimos ese lenguaje y lo hablamos intensamente.

Y cómo hacer para modificar una conducta de siglos extendida en todo un país; cómo hacer sí tantas estrategias hemos intentado, si hemos cantado, si hemos rezado, si hemos votado, si nos hemos arrepentido, si hemos hecho propósitos, si a toda hora y siempre pedimos perdón a diestra y siniestra, si pintamos palomas, si hacemos marchas, si estamos cansados de campañas, manillas, camisetas, frases, botones y símbolos.

Cómo hacer si pareciera que es parte de nuestros genes -que no creo lo sea-, que es un destino que cada vez vemos más inevitable unido a un pasado obviamente aún más inevitable; cómo hacer si pese a que no es un mal exclusivo de Colombia sin duda hemos sido uno de los países que mayor tiempo lleva haciendo violencia y de manera más constante.

Entonces, ¿dejamos esto en manos de Rodolfo Llinás y sus colegas? ¿En manos del Papa Francisco? ¿Leemos poesía y cantamos canciones? ¿Nos entregamos a nuestra ineluctable suerte y nos dejamos matar y matamos para que no nos maten? No sé qué decir amables lectores, ¡qué pena!

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