La Dama del mercado

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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Un corresponsal de prensa descubrió, hace tres días, que la señora que hacía compras solitaria en un supermercado de Berlín era la jefe del gobierno Ángela Merkel. Con dos discretos escoltas, que observaban todo desde lejos, sin los aspavientos de cualquier funcionario de nivel medio africano, o colombiano, la Canciller obraba como ama de casa, título que no es poca cosa en un país que a la hora de votar tiene en cuenta, sobre todo, la realidad de sus opciones en la vida cotidiana. Otra cosa es que, al mismo tiempo y después de las votaciones, la misma dama siga siendo la jefe de los mercados comunes de los europeos.

Los alemanes están convencidos de que son quienes mejor van en Europa, y tal vez en el mundo, en medio de las crisis que, gracias a su Canciller y sus aliados, antes los social-demócratas y luego los liberales, han podido sortear. Creen que van por buen camino, y aunque les preocupe la convicción de que llevan el peso del resto de una Europa perezosa, desatinada o ineficiente, los sigue animando su espíritu de heroísmo y de reconstrucción.

Ya se sabe que allí las consideraciones de orden global no son las que llevan a los votantes a las urnas a favor de uno u otro partido. A la hora de la verdad los alemanes tienden a votar por la forma como sus agrupaciones políticas propongan manejar los asuntos inmediatos. Es entonces cuando prefieren a quien los ha salvado de peligros contra la canasta familiar, de quien les haya podido garantizar su seguridad económica, de quien sea capaz de proveer mejores soluciones para un país cuya población envejece sin que la renovación sea capaz de compensar el ritmo, de manera que es necesario proveer de soluciones ingeniosas para la hora del retiro.

En una campaña típica de primer mundo bastaba con la sensación generalizada de bienestar para que los electores mejoraran aún los resultados de las dos elecciones anteriores, de manera que no tuvieron en cuenta prácticamente los aciertos o errores del gobierno en el manejo de la situación en Siria, ni la crisis del espionaje estadounidense, que algunos trataron de introducir en el debate con la idea de que los servicios alemanes estaban plenamente enterados de lo que estaba sucediendo. Así que no fue necesario ningún gesto espectacular sobre el asunto, como el de Dilma en el Brasil, que ganó puntos al cancelar su visita oficial a Washington.

Las huellas de la acción de Merkel en el exterior, particularmente en el manejo de la crisis en Grecia y sus posturas radicales de ortodoxia económica liberal frente a otros países en desgracia, hicieron que los comicios tuvieran una importancia tal que a muchos no alemanes les habría gustado poder votar en esta oportunidad, para deshacerse de ella de alguna manera. Ahora tendrán que aguantar por otros años la inclemencia de su criterio y someterse por un tiempo adicional a sus requerimientos. Algo que en el mediano plazo puede llegar a alimentar un sentimiento anti alemán, al menos en el Mediterráneo.

Por otra parte, y a pesar de que solo Konrad Adenauer logró hasta ahora algo mejor en unas elecciones, la victoria de la derecha no deja de tener un cierto sabor agridulce. La coalición que gobernaba bajo el mando de la señora Merkel quedó desbaratada en las mismas urnas, en cuanto el Partido Liberal, su aliado de los últimos años, obtuvo un resultado tan precario que ni siquiera tendrá asiento en el Parlamento por no haber logrado el cinco por ciento de los votos necesarios para pasar el umbral establecido. Algo tiene que significar eso como mensaje político.

Después de la sonrisa de su victoria, y salvo que las cuentas finales digan otra cosa, la dama del supermercado deberá buscar una alianza con nuevos socios y tendrá que escoger entre los social-demócratas y los verdes. Porque en los dos casos deberá pagar un precio en desmedro de sus propuestas y sus creencias. Aunque no se debe descontar que cualquiera de esas alianzas puede resultar benéfica dese el punto de vista social, porque introduciría elementos por los que muchos claman en amplios sectores de la sociedad, derrotados en los comicios.

La convergencia en políticas de coalición puede terminar por hacer pagar también un precio adicional para el futuro de las formaciones políticas que entren en los típicos acuerdos que les permitan poner en práctica sus ideales solo a media marcha. Porque los partidos que gobiernan en alianzas temporales terminan por perder algo de su identidad, si es que no terminan desdibujándose. El caso mismo de los liberales alemanes podría traerse a cuento de una vez. Ejemplos adicionales tenemos de sobra en democracias primitivas, como la nuestra, donde el modelo se quedó pegado al punto que nadie se quiere quedar por fuera de los beneficios de ser gobierno y por eso dedica sus esfuerzos a entrar en cualquier tipo de unidad nacional.

Otra gota amarga se puede estar destilando para la señora Merkel alrededor de la venta de productos químicos a Siria, que pudieron haber sido utilizados en la producción de armas. Hasta ahora ella ha respondido que las transacciones se hicieron exclusivamente con fines civiles. Pero tal vez el nivel de exigencia sobre su respuesta se vuelva más intenso, caso en el cual tendrá que demostrar que conoce y maneja adecuadamente ese otro mercado, al que hay que ponerle mucha atención.

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