Nación incrédula

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

A raíz de la encuesta elaborada por Datexco y publicada el 12 de septiembre, y alarmado por los resultados que tienen que ver con la imagen de nuestras instituciones, me di a la tarea de mirar encuestas de años anteriores elaboradas por el mismo Datexco y por otros encuestadores.

Concluyo que fue a finales del 2008, y después de la Operación Jaque, que la percepción favorable de nuestras instituciones volvió a tener una tendencia negativa, la cual Uribe había logrado revertir. La excepción ha sido, y aun son, nuestras fuerzas armadas y de policía las cuales cuentan con gran credibilidad y gratitud de la mayoría de los colombianos.

La última encuesta de Datexco muestra que la mayoría de las instituciones del estado son percibidas negativamente por un porcentaje grande de colombianos; percepción que se ha mantenido por largo tiempo y que debe llevarnos a concluir que el estado colombiano está sumido en una crisis profunda.

Cuando los ciudadanos desconfían de las instituciones, asumen comportamientos que afectan negativamente la convivencia social. Por ejemplo, si un ciudadano cree que la justicia es corrupta e injusta, no acude a ella sino a la justicia privada.

En otras palabras, un importante número de colombianos cree que ese modelo asociativo llamado estado, y que se funda en un contrato llamado Constitución Política, es perjudicial para ellos.

La falta de credibilidad en las instituciones probablemente tiene sus raíces en la percepción generalizada de que la operatividad de estas las determina la corrupción en gran medida, y por ser este el caso, entonces no cumplen con su finalidad constitucional. El resultado es un estado injusto y excluyente, que solo le sirve a unos pocos. El estado no tiene credibilidad o bien porque está ausente, o bien porque cuando está presente es corrupto.

Esta crisis es gravísima y tenemos que hacer algo porque mientras la mayoría de los ciudadanos crea que el estado no sirve, harán todo lo posible para buscar escenarios que le generen bienestar, incluyendo actuar por fuera, e incluso en contra, del poder del estado. La cultura de la corrupción en las instituciones tiene su contraparte en una cultura de ilegalidad en los ciudadanos. Cóncavo y convexo.

Siendo la corrupción la causa última de la crisis de nuestra institucionalidad, es ahí donde debemos enfocar los esfuerzos.

El actual gobierno pensó que la corrupción podía erradicarse aplicando prácticas de buen gobierno. Estas aproximaciones al problema con énfasis en la depuración de las prácticas administrativas, apoyadas en un estricto sistema sancionatorio, están llamadas al fracaso.

Este tipo de soluciones no son adecuadas para la dimensión del problema de la corrupción en Colombia. Las medidas punitivas y las buenas prácticas funcionan antes de que el problema alcance el punto de inflexión, el cual una vez alcanzado, desborda la capacidad institucional de controlarlo.

Sobrepasado el punto de inflexión, estamos ya frente a un problema cultural y no policial. El antivalor fue asimilado y aceptado como algo más o menos normal.

Para revertir la tendencia y lograr alcanzar el punto de inflexión en el sentido contrario, tenemos que trabajar arduamente en la parte cultural y sociológica. La persona con más experiencia en Colombia en el tema de pedagogía ciudadana es Antanas Mockus, y sería bueno conformar con él un equipo de expertos que trabajen permanente en este tema.

No es posible salir de la crisis institucional en que nos encontramos ni recobrar la credibilidad del Estado sin atacar la corrupción como lo que actualmente es en Colombia, un problema cultural.

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