De capa caída

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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

e-mail: [email protected]

Twitter: @JPEcheverry

No es un secreto, incluso para los más fieles seguidores del actual mandatario, que la imagen del presidente Santos viene como en la expresión aprendida de la tauromaquia: de capa caída.

El espectáculo no le ha salido bien a Juan Manuel Santos y no era fácil que le saliera pues quienes lo elegimos nunca nos imaginamos en lo que se convertiría. Definitivamente votamos por otra cosa.

Es como si el público hubiera pagado la entrada para una corrida en la Santamaría pre Petro y al sentarse se daba cuenta que el show del día era una simple corraleja en la que se cambiaron los trajes de luces por cumbiamberos borrachos.

A ninguno de los 9 millones de electores uribistas le ha gustado que Santos cambiara la eficaz política de Seguridad Democrática por unos diálogos que no prometen resultados. Cuando Uribe empezó, las Farc tenían treinta mil hombres armados asesinando colombianos y ocho años después eran poco más de seis mil. El gobierno de Santos, en vez de seguir con esa tendencia, permitió que se reencaucharan. Hoy son ocho mil. El pasodoble al que nos invitaron terminó siendo una papayera descoordinada.

Ni el más imaginativo alcanzó a suponer que habiéndose apoyado en las ideas uribistas, Santos terminaría en su gobierno entregándole el poder a las antítesis de Uribe: a Samper y a Serpa. Había ocho mil razones para no hacerlo.

Esas cosas sólo las sabía el mismo Juan Manuel, que entre risas y habiéndolo negado mil veces, confesó hace unos días que los diálogos de paz empezaron desde el día que llegó a la Casa de Nariño. Una mentira más, ¡cuánto cinismo junto!

Santos sabe, porque las encuestas lo delatan, que su imagen no va bien. Pero no ha podido entender por qué. Ha intentado mejorarla a través de publicidad pagada con cifras escandalosas. Lo intenta ignorando a Uribe. Vuelve a intentarlo atacándolo. Reparte casas y da discursos grandilocuentes. Va a las emisoras a decir que su gobierno es en todo histórico, el mejor, el más importante. Lo ha probado todo pero ninguna de las estrategias le ha funcionado, todas son salidas en falso que vuelve a modificar y sigue de capa caída.

Al Presidente lo que le falta es conocer al país, sentirse parte de él. De lo contrario todo lo que haga seguirá viéndose fingido; el poncho seguirá pareciéndole ajeno; el sombrero vueltiao, simulado; manejar camión, una payasada; disfrazarse de marimonda en el carnaval, ridículo y abrazar niños sin en realidad quererlo, necio.

Santos desconoce que al pueblo colombiano no le gustan las traiciones. Si lo supiera no seguiría alardeando de ellas. Habrá a quienes les gusta que traicionen a Uribe, pero ni siquiera esos creen en Santos. Puede que se acomoden al gobierno y a los puestos que brinda el elixir de la burocracia, pero ellos resienten también que uno con Santos no sabe a qué atenerse.

El Presidente puede salir con la cosa menos pensada mañana o pasado. Y sólo hay algo capaz de generar ese comportamiento aleatorio irracional: la inconsistencia. Santos no tiene solidez ni coherencia en sus principios y el precio a pagar por eso es la desconfianza que afecta terriblemente su imagen.

No por simple casualidad llegó recientemente al país J.J. Rendón, quien desde ya asesora al Presidente en el embeleco de reelegirse. Pero ni veinte jota jotas podrán lograr que Santos entienda y se sienta como el resto de colombianos, primero nacionalizamos el té inglés.

La diferencia entre el actual y el altísimo respaldo del gobierno pasado se resume en la competencia: vista como el estudio diario para hacer ajustes y no estancarse pero sin abandonar la ruta. La consistencia, como capacidad de resistir con tesis propias todas las deliberaciones. La congruencia, entendida como la capacidad de tener en los hechos una demostración de sus teorías. La pedagogía, como voluntad para enseñar permanentemente sus ideas. Y finalmente en el permanente diálogo popular, que permite una conexión cercana con los problemas reales de la gente y sus posibles soluciones.

Ese modelo de liderazgo venía funcionando muy bien, pero se olvidó un principio básico que enseñó la sabiduría popular gringa: "Si algo está funcionando, ¡no lo arregles!".

Por querer arreglar lo que funcionaba y pretender ser más papista que el Papa, Juan Manuel terminará su último año de gobierno de capa caída.

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