La demagogia del promedio

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: [email protected]

Entre políticos y gobernantes, el promedio es el rey de las estadísticas. Parece decir la verdad, que es solo media verdad, y en últimas mentira completa. Pero una mentira creíble al final del día, que es lo que le importa a los políticos.

Y confunde tanto, que los colombianos no sabemos si celebrar o llorar, o si es un triunfo o una derrota que el desempleo en Colombia por primera vez era en una década sea de un digito, o 9.2% en promedio, según nos dijo el gobierno.

Una mirada más crítica nos lleva a evaluar el desempleo por regiones, por ciudades, por sectores, entre otros indicadores, y entonces vemos un panorama totalmente distinto al triunfalista del gobierno.

Llamativo resulta que cuando el país se está desindustrializando, o perdiendo dinamismo según el gobierno, es cuando el empleo baja. Todo un desafío a la lógica

Los defensores argumentan que no hay que desconfiar de las cifras del gobierno, ya que la metodología empleada en las mediciones es aceptada internacionalmente y es la misma utilizada por muchos otros países. A lo cual se les debe responder, que el asunto de fondo es saber si los datos que se utilizan en el análisis son válidos o pura basura, ya que esto determina la calidad y credibilidad del resultado. Garbage in, garbageout.

Cuando los datos son basura, se llega a escenarios tan absurdos como aquellos en que nuestros presidentes nos anuncian que la economía va bien pero que el país va mal, lo cual equivale a decir que alguien que tiene un tumor maligno en el cerebro, está muy bien de salud del cuello para abajo. Esto simplemente no es posible. Esta dicotomía no es válida ni aceptable, salvo que se le pueda cortar la cabeza al paciente. O el país está bien como un todo, o simplemente no lo está. La economía no puede separarse del país.

El tema que realmente debería importarnos como sociedad va más allá de lacantidad de puestos de trabajo nuevos creados, y tiene que ver con la calidad de los mismos y su permanencia en el tiempo.

Un trabajador mal remunerado tiene baja capacidad de consumo, limitada generalmente a los productos más básicos. El que tiene un empleo de calidad, tiene mayor capacidad de consumo y ahorro, que se traduce en jalonamiento de sectores productivos distintos a los básicos.

El segundo aspecto es que los empleos sean razonablemente estables y duraderos en el tiempo. Si el empleado vive con miedo de perder su trabajo en cualquier momento, o de que no le van renovar el contrato, no hará inversiones o compras importantes porque no sabe si las va a poder pagar. Un problema de incertidumbre sobre el futuro.

Cuando unimos estos dos componentes, tenemos que un trabajo de buena calidad por largo tiempo, logra que el empleado y su familia logren bienestar. Este empleado puede tranquilamente pensar en adquirir vivienda, carro y en ahorrar para la educación de sus hijos. Estará en condiciones de demandar bienes y servicios de mayor valor agregado.

No es lo mismo que el 98.2% de la fuerza laboral tenga empleos como los que hemos considerado deseables, a tener empleo o autoempleo de mala calidad y con alto grado de incertidumbre. En el primer escenario al país simplemente le va bien; en el segundo, a los políticos les toca recurrir a los sofismas, entre estos al promedio, para dejarnos saber que la economía va bien, pero que lamentablemente el país mal.

La diferencia cualitativa es enorme. El escenario deseable se traduce en crecimiento sostenible y en un mayor y creciente bienestar social; lo otro nos lleva a lo que hoy vivimos. Entre los efectos perniciosos de una permanente realidad de zozobra, hay que mencionar la creación de la cultura del rebusque, la mentalidad cortoplacista, la lambonería y el servilismo, la falta de lealtad y la corrupción. ¡Es que hay que cuidar el puestico! ¿Y adivinen a quien le sirve esto?

La realidad que nos ha tocado vivir en Colombia en muchos aspectos de nuestras vidas, nos ha condicionado a no pensar a largo plazo, y esto nos impide como sociedad lograr cambios realmente profundos que nos permitan dar saltos cualitativos importantes en la prosecución del desarrollo económico y del bienestar social. En el largo plazo todo es susceptible de ser transformado, mientras que en el corto plazo pocas cosas lo son.

El triunfalismo presidencial de un digito sirve para hacer demagogia, pero no sirve para mucho más.

Más Noticias de esta sección

Publicidad