La manzana de Evo

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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La discordia en torno al maltrato al Presidente de Bolivia no es entre América Latina y Europa, sino entre los que hacen lo que les da la gana, confiados en su poder tradicional, y los que todavía no lo pueden hacer.

Estremecidos ante la eventualidad de terminar facilitando la evasión definitiva de un soplón que ha descubierto faltas a la lealtad en el seno de su propio club de aliados, varios países europeos olvidaron otra vez las buenas prácticas de las relaciones entre las naciones y le cerraron el paso a un Jefe de Estado, por casualidad indígena y cófrade hasta la muerte del incómodo gobernante venezolano que tanto ruido hizo en contra de los poderes tradicionales.

Como suele suceder, pasados los hechos, nadie reconoce haber actuado mal. Cada uno tiene una explicación, hecha con el gesto más amable y conforme a una lógica que, de manera aislada, los haría quedar a todos bien. En esto, es decir en las artes de cometer desafueros y luego decir cualquier cosa con los adornos del caso, los protagonistas del incidente tienen acumulada una enorme experiencia, no solo a partir de sus propios conflictos sino después de un ejercicio continuado de comportamiento entre amigable y displicente hacia Latinoamérica a lo largo de medio milenio.

Lo extraño habría sido que le hubieran tenido miedo a molestar a Bolivia. Porque puestas las cosas en la balanza de los cálculos de las cancillerías y gobiernos que tomaron las decisiones, es ostensible que para ellos era preferible maltratar a la nación suramericana que quedar mal ante los Estados Unidos con cualquier gesto de protección de un antiguo funcionario suyo, aunque haya traicionado a su país para mostrar que este a su vez traicionaba a sus amigos. De manera que no le podían permitir que fuera a dar a La Paz bajo la inmunidad del avión de un Jefe de Estado al que muchos miran con recelo porque no corresponde al prototipo de los que han gobernado tradicionalmente en nuestro continente.

Pero el incidente no tiene que ver exclusivamente con Latinoamérica, porque la lista de los destinatarios de la displicencia sigue siendo larga y evoca épocas en las que, en los ejercicios de geografía para estudiantes en ciertas universidades europeas, les permitían omitir la existencia misma de países que no tuvieran acceso al mar porque no revestían interés a la hora de las transacciones comerciales de la primera globalización, que se hizo por la vía marítima.

El frustrado sobrevuelo inocente del Presidente de Bolivia y su imaginaria relación con la fuga de Edward Snowden va mucho más allá de las discriminaciones propias de la sociedad internacional, y ha servido para poner de presente la vulnerabilidad de la seguridad europea, en asuntos cruciales, ante el empuje de la máquina de obtención de información que manejan los Estados Unidos. También ha sacado a flote la ausencia de confianza y de reatos de éstos últimos ante las necesidades de su seguridad nacional y de la defensa de sus intereses, y naturalmente la precariedad del status de muchos países en el contexto internacional de nuestros días, a pesar de la música y los discursos dedicados a cantar las glorias de la igualdad entre las naciones.

Sin que fuera su intención, Evo Morales les ofreció a varios países europeos un fruto que mordieron con facilidad y que simplemente demuestra que el mundo no ha cambiado tanto como pareciera, porque la pirámide de poderes que se volvió a dibujar tiene las mismas características de siempre: los fuertes hacen con los menos fuertes lo que les viene en gana, y no pasa nada. Y es claro que, otra vez, no va a pasar nada, porque el incidente quedará sepultado en la medida que, luego de las voces que reclaman todo tipo de retaliaciones, se hará evidente que es muy poco lo que a la hora de la verdad se puede hacer. Mientras la historia no avance al punto que permita que a un país como Bolivia se le respete de verdad, para lo cual faltan todavía muchos años, y una serie larga de nuevos incidentes.

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