Hablando de expresidentes

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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

e-mail: [email protected]

Twitter: @JPEcheverry

El ego del presidente Santos no lo deja gobernar, es su enemigo número uno. Su amor propio lo desconcentra y hace que en vez de buscar la forma de presidir un gobierno exitoso, él intente apocar todo lo que en sus adversarios pueda sobresalir. ¡Vaya talante democrático el del presidente de turno!

Uribe ganó el concurso de History Channel que lo declaró como "El Gran Colombiano" y Juan Manuel, sin tener velas en ese entierro, salió corriendo a dar unas declaraciones penosas. Dijo que así no lo quieran entender, los ex presidentes son inquilinos temporales de un poder ajeno. Afirmó además que eso lo sabía muy bien Belisario Betancourt.

Aunque con pose grandilocuente y mofa de Lord inglés, el presidente de prudente tiene muy poco (con las excepciones de Venezuela y las FARC, con quienes todo es fraternidad).

Bastaría recordar que dentro de poco él será otro de esos inquilinos para que midiera un poco más sus palabras. Tener poder al parecer le ha nublado esa visión.

Lo dicho por Santos nos permite entender un poco mejor el papel que pretende desempeñar en la historia de Colombia. Si piensa que Belisario es la figura más rescatable de los presidentes del país, seguramente su nombre quedará escrito igualmente como uno más.

Las palabras de Santos no reposan en el completo conocimiento de la verdad. El poder es siempre ajeno porque su legitimidad recae sobre los hombros de todos los ciudadanos que se lo prestaron, inclusive el de él mismo. Pero los presidentes no son inquilinos de ninguna parte, ¡qué falta de respeto! Quienes han ocupado el solio de Bolívar representan, todos, la unidad de la nación y la vigencia de nuestros valores democráticos.

Así mismo, no se da cuenta Santos que la vigencia política de los líderes no la decreta él como mandatario. Tampoco la dan los años de gestión en un cargo público. Esa permanencia la dicta únicamente el corazón de un pueblo que agradece toda una vida de trabajo, como en el caso de Uribe.

Los presidentes de Colombia siempre han permanecido en la vida pública luego de dejar su cargo. Hasta Samper, desprestigiado como ninguno por sus nexos con el narcotráfico, habla bobadas cada que se le antoja.

Como no hay cuña que más apriete que la del mismo palo, sería bueno recordarle a Juan Manuel Santos la vida pública de su admirado tío bisabuelo. Eduardo Santos Montejo, luego de su mandato, fue líder y presidente de su partido, promovió el nombre de candidatos presidenciales como Gabriel Turbay, defendió el Frente Nacional y favoreció sus posiciones políticas desde el periodismo. ¿Juan Manuel Santos también hubiera preferido que Santos Montejo fuera como Belisario? Que lo diga de una vez y que quite el retrato que tiene de su pariente en la oficina de palacio.

La historia del mundo también está enmarcada con el ejemplo de ex dignatarios cuyo compromiso los obligó a seguir en la lucha política.

Las circunstancias difíciles de sus sociedades los necesitaron para defender unas tesis. Charles de Gaulle en Francia presidió el gobierno hasta 1946. Pero en 1958, luego de una larga temporada, los franceses lo pidieron para que solucionara la crisis interna y liderara la transformación de su sistema político hacia la V República. De Gaulle volvió a ser presidente gracias a una aplastante mayoría (78% de los votos) gracias a la cual Francia retomó su importancia.

Lo mismo pasa con Uribe, así a Santos le mortifique. Las circunstancias del país exigen su talante.

El manejo económico necesita un gobierno austero, las políticas públicas piden a gritos ser elaboradas desde el permanente diálogo ciudadano y la decreciente seguridad demanda una autoridad democrática más fuerte. A la inversión se le acaba la confianza en Colombia y la sociedad cada vez está más dividida.

No podremos ver más a Uribe en el ejecutivo por respeto a la constitución, pero advertirlo en el Senado le devolverá a esa institución la grandeza de otros tiempos.

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