Nos leen, nos oyen y nos ven

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

El escándalo internacional recién desatado por las intervenciones o "chuzadas" a las comunicaciones vía internet es solo la ratificación de algo que muchos ya teníamos casi por seguro: todo lo que se exprese hoy por cualquier medio, e incluso de viva voz, puede ser escuchado, visto y grabado.

Se confirma pues que no es paranoia como algunos piensan, y que existe la tecnología y la voluntad para conocer todo lo que expresemos con ánimo privado.

En el mundo actual no hay nada oculto. Se trata, conjuntamente con los avances para la guerra, de la cara sucia de esa tecnología que tanto nos maravilla y muchos endiosan.

Y claro, viene la vieja discusión sobre la prelación de unos valores sobre otros: hoy es la seguridad nacional (que no siempre es la vida) sobre la intimidad (cuya develación también puede costar la vida). Siempre hay motivaciones para todo, hasta el punto gris de justificar la muerte de algunos seres humanos en defensa de la vida de otros que es como aceptar que los primeros valen menos que los segundos, o que es preciso sacrificar a unos cuantos para preservar la existencia de una mayor cantidad en una interpretación peligrosa y perversa del principio del interés general sobre el particular.

Ahí nos quedaremos en esa discusión axiológica, tanto cualitativa como cuantitativa, pero seguirán vulnerándose unos derechos con la excusa de la defensa de otros.

Es un tema que da para cientos de libros y discusiones que acá no vamos a dirimir. Lo importante es que sepamos esa realidad actual, costo de los avances tecnológicos que potencian los bajos instintos humanos de siempre: todo lo que digamos o escribamos puede ser escuchado o leído por terceros, sea para usarse mal o bien, o incluso para desecharse.

Y no se trata solo de conversaciones o de escritos virtuales. También estamos en un mundo donde cualquiera tiene cámaras -supuestamente de "seguridad"- que permiten observar nuestros rostros, pasos, acciones e interacciones, ya sea en lugares públicos o privados, abiertos o cerrados. Desde que salimos de nuestras casas hay miles de ojos que nos observan, capaces de seguir nuestras rutas pasándose el testigo-nosotros- como en una especie de carrera de relevos.

Me dirán que eso no tiene por qué preocuparnos a todos porque si nada malo hacemos nada debemos temer, y que con ese tipo de tecnologías se han evitado cientos de delitos y capturado cientos de delincuentes. Es cierto. Lo que sucede es que no siempre esas tecnologías están en buenas manos y tampoco siempre son bien usadas. Es el choque tradicional entre la ciencia y la tecnología con su buen uso, al igual que la relatividad de ese "buen uso".

El Planeta está lleno de ojos y oídos por todas partes. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a vivir así, pues por mucho que se denuncie, prohíba, sancione o invoquen los derechos humanos, vía legal o ilegal los servicios secretos siempre ha estado y estarán al margen o por encima de cualquier norma o sanción bajo miles de pretextos o sin ellos.

Igualmente los criminales pueden conseguir cualquier tipo de dispositivos para oír o ver lo que sea. Ello significa que tanto los estados como la delincuencia usan los mismos medios con objetivos diferentes y a veces similares. Incluso, se ha demostrado que entre ambos se intercambian medios e informaciones en un mercado blanco o negro perverso al que todos acuden según las necesidades. En los estados el "buen" fin justificando los medios y en la delincuencia el mal fin injustificando los medios (en este caso los mismos).

Por eso la perversidad del fin o del medio siempre se debe trasladar al otro. Ambos deben ir marcados por el mismo juicio de valor.

Hoy solo existe una forma de que nadie sepa lo que usted dice: no decirlo.

En otras palabras, les doy un consejo vulnerables lectores: ¿Quieren que nadie sepa lo que expresan? Pues nunca lo expresen...

(Nota: En mi columna de hace ocho días pregunté por el nombre del único ciclista samario que ha terminado una Vuelta a Colombia.

Pues bien, se llama Luis Aguado, y me cuentan que tiene un negocio de bicicletas en la Avenida del Ferrocarril en Santa Marta. Mis reconocimientos don Luis, y gracias a quien respondió mi pregunta).

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