Un día con tres presidentes

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

e-mail: [email protected]

Twitter: @JPEcheverry

Hace exactamente 60 años Colombia asistió a una cita con uno de los días más difíciles de su historia. El 13 de junio del 53 nos encontrábamos en el período constitucional bajo el mandato del presidente democrático Laureano Gómez Castro. Sin embargo quien ejercía sus funciones era Roberto Urdaneta Arbeláez en calidad de Primer Designado debido al grave estado de salud de Gómez por causa de un derrame cerebral que le impidió seguir gobernando.

El General Gustavo Rojas Pinilla era el comandante de las Fuerzas Militares, sobre quién se tenían sospechas por el uso excesivo de la fuerza de sus tropas. Unos industriales antioqueños fueron detenidos por los militares. Entre ellos se encontraba el señor Felipe Echavarría Olózaga, quien fue trasladado al batallón Guardia Presidencial por orden del General Rojas para luego ser torturado sentándolo sobre bloques de hielo mientras se le interrogaba. Esa fue la gota que derramó la copa para que Laureano Gómez le ordenara al designado Urdaneta la destitución inmediata de Rojas. Urdaneta no sólo se negó a la petición del Presidente: ¡Lo retó a que reasumiera el poder y lo destituyera él mismo!

Con la actitud de gallardía que nunca le faltó a aquel líder conservador enfermo, se dirigió al Palacio de la carrera -ahora Casa de Nariño-, retiró del cargo a Roberto Urdaneta, asumió nuevamente sus funciones constitucionales y destituyó al General Rojas. Con lo que no contó Gómez fue con el desapego a las instituciones y a la legalidad que escondía el General dado de baja. Tampoco con la irresponsabilidad de un sector del conservatismo comandado por el ex presidente Mariano Ospina Pérez que en secreto alentaba a Rojas para que se tomara el poder por la fuerza y violentara nuestra democracia.

Esa misma noche Gustavo Rojas Pinilla - apoyado por el ospinismo e impulsado por algunas corrientes del liberalismo - da un golpe de Estado para convertirse en el tercer mandatario del trece de junio y en el único dictador del siglo XX en Colombia.

Así fue que empezaron cuatro penosos años de una dictadura que al principio logró mucho apoyo popular. Es cierto que con Rojas llegó al país la televisión y que promovió grandes obras de infraestructura. La inauguración del SENA es uno de sus aportes resaltables. Pero todo a un costo tan elevado que ninguna sociedad puede darse el lujo de permitir: el marchitamiento de su democracia.

El 9 de junio del 54 una manifestación de estudiantes marchaba por la carrera séptima de Bogotá protestando contra la dictadura. La respuesta del gobierno de facto fue enviar al Batallon Colombia - veteranos de Vietnam - a abalearlos dejando un saldo de 12 jóvenes muertos.

Durante su gestión Rojas aplicó la más brutal represión y censura contra la libertad de expresión. Los medios de comunicación pasaron a estar bajo el control absoluto del Estado y se clausuraron entre otros periódicos El Tiempo, El Espectador y El Siglo.

Un domingo asistió a una corrida en la plaza de toros María Eugenia, la hija del dictador. Cuando el torero le ofreció el toro, el público la rechiflaba enardecido. El régimen respondió infiltrando la plaza el domingo siguiente con agentes de inteligencia que golpearon y asesinaron brutalmente a los asistentes para salvar el honor de Doña María Eugenia. (Sí, la misma que parió la estirpe de los Moreno Rojas). Ese día no quedó registro del número de víctimas, los cuerpos fueron enterrados sin nombre y por supuesto la gran prensa nacional no transmitió la noticia.

Mientras toda Latinoamérica sufría las dictaduras militares, Colombia permaneció en los principios democráticos. Por eso hoy somos indudablemente la democracia más antigua y sólida de la región. Tuvimos, eso sí, una gran excepción: esos cuatro años lamentables que algunos indolentes no han querido catalogar como dictadura. ¡Quienes la apoyaron prefirieron utilizar el eufemismo de Golpe de Opinión!

Pero los pañuelos blancos que centenares sacaron para celebrar la toma del poder de Rojas, no fueron suficientes para secar las lágrimas derramadas al ver suprimidas las libertades civiles.

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