¡Zarpó el Capi!

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Bordeando el mar Caribe, el domingo tres de octubre salí a montar en bicicleta con mi hijo Simón por El Rodadero Sur en Santa Marta. El día estaba radiante a pesar del largo y cruento invierno que sufrimos hoy en Colombia.

Sin embargo, le advertí a Simón un inusual color gris oscuro del mar en unos 400 metros desde las playas. En ese momento no sabía que la noche anterior había muerto el capitán Francisco Ospina Navia, guardián de esta tierra santa, de su mar y de su Sierra Nevada.

Entonces fue esa noche de domingo al leer la noticia por Internet en el periódico El Heraldo de Barranquilla, cuando comprendí ese extraño color que el mar había vestido ante la muerte de su fiel compañero, cuyas cenizas, además, fueron esparcidas luego en el lomo marino por su familia para iniciar con sus aguas un viaje perpetuo y quizás fantástico por todo el mundo.

Era una institución, no sólo en Santa Marta sino en Colombia. Pocas veces alcancé a conversar con él, pero su presencia era latente en muchas partes de esta región. Recuerdo que desde adolescente en Medellín empecé a escucharlo por el noticiero radial matutino de una cadena nacional, en breves crónicas que desde Santa Marta emitía en directo. También seguí su aventura narrada en el periódico El Tiempo en 1972, cuando en un cayuco de caracolí a vela, navegó bordeando la costa Caribe hasta Panamá, y de allí, atravesando el canal, continuó su viaje por la costa del Pacífico. Quería probar cómo llegaron los tayronas a Centroamérica y los mayas a Tumaco.

Su hijo Franco fue durante dos años mi compañero en el Instituto Jorge Robledo de Medellín y siempre he admirado su espíritu aventurero heredado del Capi. Precisamente, luego de zarpar hace cerca de año y medio del Acuario de El Rodadero para darle la vuelta al mundo en su velero El Caminante del Viento II, navegaba en los mares del Índico cuando supo la muerte de su padre.

Pocos turistas omiten visitar dicho acuario cuando vienen a esta tierra, lugar en la ensenada Inca Inca donde empezó a recoger una variada cantidad de peces y armó un museo marino. También era gran amigo y defensor de los indígenas koguis, de la naturaleza, del mar y de los atractivos geográficos de la región. Doliente como el que más del calentamiento global, vigilaba regularmente la altura del mar para diagnosticar la salud del planeta. Denunció cómo el incremento del nivel de las aguas era realidad, midiéndolo en su Acuario y en varias partes de la costa Caribe.

Apasionado, valeroso, vehemente positivo y pertinaz, de esos que requerimos cada vez más ante tanta desidia y apatía; y como todo apasionado, por fortuna despertaba inquietudes de diversas maneras. En cualquier lugar donde estuviera el Capi se sentía y defendía su tierra de adopción, su mar y su naturaleza como nadie. Era un estudioso de la historia, y conocía profundamente épicas aventuras de los tayronas y cientos de leyendas sobre esta tierra Caribe.

Lobo de mar, tiburón de Sierra, el Capi era ya parte integrante de esta naturaleza briosa, pujante y obstinada. Ya tenía el pelo muy blanco, como un homenaje que le hacían en vida las espumas del océano reventón y los ríos que se descuelgan de la Sierra Nevada. Nunca descansó de crear proyectos como la Fiesta del Mar, el mismo Acuario de El Rodadero, y las reservas Agua Viva y Tayronaca, "la tierra soñada".

Santa Marta no será la misma sin el Capi, ni tampoco el parque Tayrona ni el Caribe. Nos hará falta su voz crítica, sabia y emprendedora.

Adiós Capi; fúndase con las caracolas, las arenas lejanas, los corales y los extraños seres de las profundidades. Tarde o temprano lo acompañaremos allí otros, que aunque no nacimos en esta tierra de vientos y aguas, ya nos consideramos parte de ella, como usted lo fue y lo seguirá siendo para siempre con su alma de mangle anfibia e inquieta. Su pelo blanco seguirá asomándose en las crestas de las olas y en las raudas cascadas continuará peinando las faldas de la Sierra. ¡Paz en su mar, Capi!

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