Los sueños de Toto

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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

e-mail: [email protected]

Twitter: @JPEcheverry

Rafael Anaya o "Toto", como le decían de cariño, fue inquieto desde niño. Tenía trece años más que yo y mientras todavía cursaba mis años de colegio él estudiaba derecho en la Javeriana de Bogotá.

Por pertenecer a una de esas familias grandes y unidas por generaciones sé que era mi primo aunque no lo recuerdo bien. Todos lo conocían como alguien alegre, inteligente y espontáneo. Sus amigos gozaban cada que iba de vacaciones a Barranquilla; era la adoración de Ruby, su mamá.

A los 26 años se había acercado a Dios mucho antes que los demás de su generación, profesaba una devoción inculcada por su padre hacia San José María Escriva de Balaguer y se encontraba a punto de graduarse como abogado. "Toto" ya experimentaba la responsabilidad de su primer trabajo cuando el destino lo puso el 7 de Febrero de 2003 en el tercer piso del Club El Nogal de Bogotá. Sí, el mismo día del terrible atentado que todos conocimos y gracias al cual los sueños de él y de toda su familia quedaron inconclusos.

Los escombros, el incendio y la confusión que había encima de él no fueron impedimento para que encomendara su vida a Dios antes de las cirugías que lo esperaban en la clínica Santa Fe y los intentos desesperados de todos por salvar su vida. "Toto" murió dramáticamente, pero no el cariño que tantos sentían por él ni el deseo de justicia en sus allegados.

Hoy, en este país de situaciones incomprensibles, sus victimarios - los victimarios de siempre en Colombia - se hacen pasar por víctimas. Los terroristas de las Farc que asesinaron a mi primo, hoy dan cátedra de civilidad en televisión y negocian nuestro futuro con el actual gobierno. Se atreven a decir que no pagarán un día de cárcel, critican con todo ímpetu nuestra justicia y nuestros modelos económicos, políticos y sociales. Pero de "Toto" no dicen nada, siguen ocultando la verdad de millares de víctimas que han sufrido de cerca el único amor posible en esos seres despreciables: el amor por la sangre derramada de los demás.

La muerte de "Toto" sigue impune, pero más que la arrogancia desmedida de sus victimarios, lo que duele es el silencio complaciente de éste gobierno frente a los que ordenaron aquel atroz atentado. Mientras el señor Presidente calla, deja de representar a los ciudadanos de bien por defender un proceso de paz que hasta ahora sólo favorece a quienes tanto daño le han hecho a Colombia.

¿No debería cualquier gobierno legítimo de los colombianos exigir verdad, justicia y reparación a esos criminales?

Pues la verdad no la sabemos: quiénes, cuándo, dónde, cómo y por qué ordenaron el ataque a El Nogal son preguntas que al parecer quedarán sin respuesta por siempre. ¡Igual que la mayoría de sus crímenes de terror!

Si ni siquiera sabemos la verdad es obvio que mucho menos se hará justicia. Y menos aún con una justicia infiltrada por criminales como la nuestra. Los criminales deben ir a la cárcel pero por lo visto a la nuestra y a otras familias les tocará seguir creyendo en la justicia divina como la única posible.

No habrá quién repare el dolor de perder un ser querido pero es necesario, en la historia común que pretendemos construir como nación, que se compense la destrucción de los sueños de "Toto".

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