Dragones de cuello blanco

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Cuando pensábamos que nuestra alta clase dirigente había aprendido la lección de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, época en que la violencia comenzaba con arengas de fuego que salían de las bocas de los políticos desde Bogotá para terminar en las regiones y campos a machetazos y balazos entre el pueblo, el país vuelve a convertirse en un campo de batalla de declaraciones incendiarias y groseras lanzadas en medios tradicionales y modernos.

Columnas, discursos, cartas, trinos y frases en entrevistas no asesinan ni destruyen directa e inmediatamente, pero sí provocan una peligrosa replica en el país que ya se está viendo durante los últimos meses en forma de una polarización alarmante: Colombia se está incendiando desde su dirigencia y ahí sí llegaremos al punto de no retorno.

El conflicto de más de 65 años ha sido cruento, doloroso y destructivo, y es cierto que no ha tocado a toda la población, al menos de manera directa. Por duro que suene, quizás esa ha sido la causa por la cual el país siga marchando y hasta progresando entre muertos, bombas y las más horrendas violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, lo que se ha empezado a escuchar tanto en contenido como en forma por parte de los más altos dirigentes puede incendiar toda la pradera. Incluso, ya empieza a bajar a mandos medios, a líderes sectoriales y de minorías, y a las regiones. Algunos con razón dicen que ya era hora de que las cartas se destaparan y de que se enfrentaran públicamente las posiciones, pero no de esa manera. Yo como ciudadano participativo, analista y opinador durante casi toda mi vida, no esperaba ver semejante espectáculo a estas alturas de la historia.

Desde el año anterior ya venía conflagrándose el lenguaje, y no diré nombres porque sería ir en contra del objeto de este escrito, además de que el mal cada vez amplía más su espectro ideológico. Simplemente llegaron frases, trinos, entrevistas, respuestas y, la última, una valla de alto calibre, más peligrosa que una bomba lapa, un cilindro o un fusil R 15.

Humildemente le pido prudencia y responsabilidad a la dirigencia colombiana. No puede ser ella quien dé ese mal ejemplo frente a un pueblo menos preparado, más golpeado, resentido, con sed de venganza, con el espíritu armado y con cientos de dolores causados por un mal manejo de esa misma clase dirigente.

Bienvenidos el debate público y la controversia franca, pero en las sociedades civilizadas hay maneras de decir las cosas y de hacerlas. Precisamente, Colombia está sufriendo desde hace muchos años una guerra por esa razón: porque a algunos se les ocurrió que las diferencias y las carencias se deben dirimir a balazos. Esto, en especial cuando tantos hemos llegado a conclusiones tales como que lo discutido en las mesas de diálogos no es muy diferente entre las partes y que el punto de divergencia está en la forma cómo se quieren obtener las reivindicaciones.

Claro que el conflicto original se ha degradado y rebasó esas reivindicaciones políticas: delitos comunes, narcotráfico, violación al D.I.H. y un escalamiento de horror. Esa degradación potencia el conflicto, claro, y ahí es cuando se sale aún más de cauce.

Sin embargo, esa faceta degradante y de horror tiene manera de conducirse con políticas de Estado y con participación civilizada de las partes en conflicto. Pero ese manejo se confunde si los llamados a liderarlo empiezan a tratarse a las patadas verbales, de quienes se espera mesura, responsabilidad y mayor cultura, por decir lo menos.

La Venezuela de hoy es una muestra de cómo las agresiones verbales y el lenguaje procaz entre los dirigentes puede agregar otro escenario de violencia a Colombia, con nuevos actores y expresiones, adicional a este grave conflicto que nos detuvo la historia.

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