Lo peor de lo mejor

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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Otro suicidio de un estudiante en la Universidad de Los Andes. Como ya es costumbre, los directivos de ese centro educativo (por no decir degenerativo) salieron a decir lo mismo de siempre, que lamentan profundamente la muerte de uno más de sus alumnos y chao.

Hace ya varios meses que escribí en este mismo medio una trilogía de artículos que se titulaban "Mi hijo estudia en la mejor universidad del país" y que versan sobre el preocupante modelo educativo de la que es considerada como la mejor institución de educación superior en Colombia.

¿Qué está pasando? ¿No sirve realmente de nada que los medios divulguen constantemente las muertes absurdas de estudiantes uniandinos (sea por suicidio o por asesinato entre ellos)? ¿Cuál es el plus de matricular a un hijo en una universidad que forma para deformar? ¿Decir que se graduó de Los Andes? ¿Decir: mi hijo(a) es Magna Cum Laude? No no, mejor: Mi hijo iba a ser Magna Cum Laude antes de que se suicidara. País de acomplejados y ridículos. Eso es lo que somos.

Lo he dicho abiertamente y lo repito ahora: en un país como el nuestro, formar gente para que ejerza su profesión en Ginebra (Suiza), no es sólo un error sino un despropósito. Ahora resulta que en el país de la guayaba, como lo llama Plinio Apuleyo Mendoza, educamos a la gente para que coma albaricoque. Voy a ser lo más explícito posible: cuando uno pone a un colombiano a comer albaricoque todos los días y no le da guayaba, el colombiano se aburre, no le encuentra sentido a su vida.

La guayaba es el sentido del colombiano. Por supuesto habrá quien no le guste la guayaba, pero tendrá otras opciones. El caso es que Los Andes no parece ser una universidad de muchas opciones. O consume albaricoque, o se tira de cabeza por el Julio Mario Santodomingo.

Entre otras cosas el pobre Julio Mario Santodomingo debe pensar que le rezaron el edificio, pues no es normal que la moda ahora sea suicidarse desde esa y no desde otras edificaciones uniandinas como el Mario Laserna o el W o la Caneca, o el X, Y o Z.

25 años. Tan sólo 25 años tenía el joven que perdió la vida al lanzarse desde el último piso del JMSD el pasado 8 de abril. Aún desconozco su nombre. Economista, al parecer estaba terminando su maestría en esa misma universidad.

Esta vez, como ciudadano, como colombiano, como columnista de un medio de comunicación, no pido, exijo al Ministerio de Educación Nacional que haga una investigación seria sobre las causas del suicidio en los jóvenes universitarios en Colombia.

Es más, no sé si lo haya, pero en los formatos de evaluación para las famosas e inservibles acreditaciones institucionales debería existir un capítulo que califique, no esa cosa horrorosa que llaman "bienestar universitario" sino otra mucho más simple, más humana, más sensata: "la felicidad del estudiante".

Las universidades deberían rechazar en sus procesos de admisión a todo aquel que pretenda ingresar a ciertas áreas por presión de sus padres, o por cualquier otra motivación distinta a escoger la carrera que lo haga feliz.

Con este reciente y lamentable caso, no me queda más remedio que acabar de convencerme de que la Universidad de Los Andes es, entre las pocas de Colombia, lo peor de lo mejor.

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