El nobel de la infamia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

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Twitter: @JPEcheverry

Hace pocos días los colombianos nos enteramos de la nominación del Presidente Santos al Premio Nobel de Paz. Algunos llegan a afirmar que conseguir el reconocido galardón es lo que en verdad desvela a Juan Manuel y que por eso su afán de firmar un acuerdo de paz a cualquier costo para Colombia.

Cierto o no, las encuestas demuestran el descrédito de la opinión pública hacia las negociaciones con los delincuentes de las Farc y la deshonra del propio mandatario por falta de méritos. Y las encuestas no son un fenómeno aislado, los colombianos no olvidamos quiénes son las joyitas de las Farc que se han encargado de ahogar a este país en sangre durante décadas.

El Presidente ha demostrado siempre un gran apego a los elogios, a los reconocimientos internacionales, a las portadas de revistas y a las "buenas maneras". Le da toda la importancia a la forma y concentra muy pocos esfuerzos en el fondo. Todo el que lo conozca sabe - y el que no, se lo imagina - que no le vendría nada mal un Nobel en medio de la crisis de imagen que atraviesa.

Pero, ¿Le dará un Nobel la legitimidad perdida en el país?, ¿Tendría en realidad que enorgullecerse por lo que el premio representa?.

El mencionado premio le debe su nombre al químico sueco Alfred Nobel, quien en 1895 decidió donar su fortuna a un fondo para premiar con sus intereses a quienes hicieran grandes aportes a la literatura, la medicina, la física, la química y lo que consideraba más importante: la paz.

Sin embargo las contradicciones e incoherencias en los premios se dieron desde el inicio. El mismo Alfred Nobel fue nada más y nada menos que el inventor de la dinamita, cuyos experimentos iniciales le causaron la muerte, entre otros, a su propio hermano. Seguramente la dinamita le ha servido al mundo para el desarrollo de la construcción y la ciencia, pero sobre todo para la guerra y la eficiencia a la hora de causar dolor y muerte. Nobel patentó y sacó provecho económico de su invento, pero también de la construcción y comercialización de armamento. El dinero que hoy se le entrega al ganador, se construyó a partir de la sangre de muchos otros seres humanos.

En la entrega de los Nobel se ha atinado algunas veces a condecorar personas ejemplares para la consecución de la paz. El Presidente estadounidense Woodrow Wilson como impulsor de lo que hoy terminaron siendo las Naciones Unidas y la madre Teresa de Calcuta en su lucha por los pobres y enfermos constituyen sin duda un modelo a seguir.

Hay otros galardonados que ni fu ni fa, como el Presidente Barack Obama. No se sabe cuáles son los aportes ha hecho él a la paz del planeta.

Pero los desatinos han sido más grandes. Henry Kissinger en el 73 y Yaser Arafat en el 93 fueron coronados con el ilustre Premio Nobel de Paz. El primero fue el artífice, como secretario de Estado y consejero presidencial estadounidense, de la Guerra de Vietnam y de Yom Kippur. Utilizó a la CIA para intervenir en los Golpes de Estado de la década de los 70s en Argentina y Chile. Por sus nexos con las dictaduras, se le considera todavía un instigador de genocidios. El segundo fue el líder y defensor de la lucha armada para la liberación de Palestina. En su propósito por desconocer y destruir el Estado de Israel, dejó una lista de muertos incontable.

No hay forma de saber quiénes han sido nominados hasta que pasan 50 años de la postulación, cuando la Fundación Nobel desclasifica automáticamente los archivos. Gracias a eso hoy podemos saber que fueron nominados igual que Santos: Stalin en el 45 y en el 48, Hitler en el 39 y Mussolini en el 35.

A un verdadero defensor de la paz no tendría por qué darle mucho orgullo recibir el millón de Euros que viene con el Nobel de la infamia.

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