De la guerra y la paz

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Ricardo Villa Sánchez

Ricardo Villa Sánchez

Columna: Punto de Vista

e-mail: rvisan@gmail.com

En varias ocasiones he intentado leer completa la novela ‘La guerra y la paz’ de León Tolstoi. No sé por qué razón nunca he podido pasar de sus primeras páginas. Quizás porque la veo como una guerra lejana y una paz romana de otras épocas o porque todavía no entiendo que la guerra hace parte de la condición humana. De esa pasión, codicia, odio, egoísmo, envidia, vanidad y embriaguez de poder y dominación que ha acompañado a nuestro ser desde el mito de la creación, desde el big bang o desde que tenemos ombligo.

Es más, cuando leí esa vieja frase de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios o la de otro que también le llamó un "arte", imagínense ustedes, a la guerra, de Tzun Tzu de que no hay guerra prolongada que beneficie a un pueblo o la más llamativa: El supremo arte de la guerra, es someter al enemigo sin luchar. Cuando escucho esos pensamientos, de los que corre mucha agua debajo del puente, siempre he recordado esa frase de los abuelos que reza: no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, así nuestro recordado García Márquez haya sentenciado que las estirpes condenadas a cien años de soledad no deben tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

No obstante, como siempre nos han dicho las mujeres de nuestras casas, las que han criado a tantos huérfanos de la guerra, esperado a los que se fueron y no regresaron, o recibido a quienes la vivieron en carne viva y sobrevivieron; aquellas mujeres que son la memoria de la nación caribe, que se han puesto sobre hombros de gigantes, sacar a estas nuevas versiones de familias, y a las que quienes quieren terminar la guerra, deberían escuchar sus experiencias y motivaciones, en fin, como ellas siempre han repetido, todo tiene solución menos la muerte.

Ahora y siempre lo más revolucionario ha sido la paz. Iniciar una guerra es simple y se hace hasta por instinto. ¿Terminarla..?, terminarla… No hay receta para la paz ni para acabar la guerra, pero esa apuesta compartida de ponerle fin al conflicto, es cuestión de voluntad.

La paz no es un compromiso que se logra de un día para otro. Recuerden que se ha escrito con tinta de lágrimas y tejido con hilos de sangre. Por algo está por ahí ese grafiti que le adjudican a Julio Cesar y otros a Vegecio: "si quieres la paz, prepárate para la guerra" y con esa idea se expandieron por el mundo, esclavizando y sometiendo a muchos pueblos. Es decir, no es una paz virtual, es un anhelo real.

Es claro que de la guerra sólo quedan odios, pasiones, vacíos y resistencias... En cambio, la paz es esperanza en un mundo y un hombre nuevo. La guerra separa, excluye, duele. La paz es unión, amor y razón. ¿Qué prefieres la muerte o la vida?

La guerra es una tenaza que endurece los corazones. Llena el mundo de víctimas, de viudas, de "veteranos" sin ilusiones... La paz en cambio es un segundo aliento, un estímulo, el empujón que nos falta para darnos la mano y avanzar hacia un país más humano.

Mientras unos pocos son adictos a la pólvora y al tableteo de los fusiles, a los aduladores, al dinero, a pescar en río revuelto y a tomar la justicia con su propia mano al punto de regodearse con poner alfileres con cabezas de colores, en mapas llenos de estrategias, tácticas, soberbias y ambiciones. Algunos, quizás la mayoría, quisieran poder dejar a un lado el miedo y tener la confianza para transitar hacia otro país posible.

Hace un tiempo pensaba que las víctimas son sobrevivientes, testigos, o a veces hasta cascarones vacíos. Ahora sé que son gérmenes de libertad, de igualdad, de fraternidad o también pueden llegar a ser sus descendientes la mayor bomba social que nunca dejará que en ellos se repita lo que padeció su familia.

Siempre habrá las manzanas podridas. Los que aspiran y les sirve una guerra prolongada, ni siquiera han tenido la oportunidad de pensar o no les conviene divulgar, que como decía Kant, podría haber una paz perpetua. La guerra nos pesa y la paz nos cuesta. Pero mírame a los ojos, mírate: ¿hacia dónde vamos?, ¿hasta cuándo aguantaremos?

Nada se equipara a una nación sana, reconciliada, convencida, con la frente en alto y la fuerza de la dignidad, el buen vivir, la soberanía y el porvenir que sólo le nutre el camino de la paz. Ojalá quienes se han alimentado de la guerra y de la muerte, lleguen a entender que en esta oportunidad poco a poco podemos avanzar en llegar a unos acuerdos mínimos que permitan iniciar un proceso de reconciliación y de desarrollo en este país que tanto ha padecido los efectos de la bestia del mal. Ojalá el propósito común de todos los colombianos y colombianas sea poder volver a creer en que del odio al amor sólo hay un paso.

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