Un romance a lo gótico

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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

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Hace poco leí una novela de mediados del siglo XVIII. Aunque escrita por un inglés, su historia se basa en la maldición de un castillo italiano del siglo XVI, dentro del cual se desarrolla una secuencia de episodios que oscilan entre el romance y el miedo. La novela se titula El Castillo de Otranto y es catalogada por algunos expertos como el texto precursor de la novela de terror gótica en occidente.

Eso de lo gótico tiene varios matices. Hay quienes lo asemejan con edificaciones altas, de arcos puntudos (ojivales) con un ambiente tenebroso, y tienen razón. Otros comprenden lo gótico dentro de un contexto histórico medieval, en el que se pretendió dar un salto estructural no sólo en lo artístico, sino además en lo social y lo político; dejaban atrás un pasado imperial para abrirle espacio a una clase media emergente, cuyos alcances parecían cada vez más ilimitados. Esos también tienen razón. Hay unos, quizá los más, que también asocian lo gótico con las películas de Batman, donde siempre ha coexistido una eterna protagonista: Ciudad Gótica. Esos, digamos, también tenemos razón.

La idea maravillosa de esos espacios tan altos como el Creador y tan detallados como la costura de una tiara papal, tuvieron efectos que perduraron durante siglos, incluso hasta nuestros días. En ese sentido, pese a que el nacimiento del gótico se da alrededor del siglo XII, la literatura de terror gótica aparece a finales del siglo XVIII, en pleno trance del período barroco al neoclásico. Y quiero hacer una pausa aquí. El Castillo de Otranto es también hijo del barroco.

La historia ha sido desagradecida con lo gótico, no sólo porque olvida la influencia del sentido de infinitud que instauró este movimiento desde sus inicios en la Edad Media, sino porque permitió incluso la aparición del renacimiento, un período que intentó retomar los elementos soterrados de la cultura grecorromana. Sin la existencia de lo gótico, ni la humanidad renacentista, ni la ilustrada, habrían valorado la necesidad de tornar su mirada hacia el hombre.

De la trama en la novela sólo les diré que es tan entretenida como una película de suspenso, con el plus de que a veces es más cómica que trágica. A mí esas cosas me arroban. Es lo increíble de la literatura y del arte, que aun habiendo sido escrita hace más de doscientos años, pueda cautivar a un lector víctima de este mundo mordaz de Protagonistas de Nuestra Tele. El resto si quieren búsquenlo en Google o, mejor, en el libro mismo.

Por otro lado, hablando de padres y de hijos, me parece importante recordar algunos autores que, en mi humilde opinión y aunque algunos no la compartan, siguen mereciendo el apelativo de "herederos" de la narrativa gótica. Y cuando no de la narrativa, al menos de su sustancia. Entre ellos encontrarán ustedes unos muy famosos como Mary Shelley y su Frankenstein, Bram Stoker y su obra Drácula, u otros de más popularidad como Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson.

Por último quiero referirme al autor de esta recomendada novela (El Castillo de Otranto) llamado Horace Walpole. Este escritor inglés, hijo de Sir. Robert Walpole, quien fuera primer ministro británico bajo los reinados de Jorge I y Jorge II de Inglaterra, mandó construir un castillo en las afueras de Londres al que llamó Strawberry Hill, del que se dice fue la base temática de su libro.

Walpole quiso, con su obra, ir contracorriente a las ideas predominantes de la ilustración, muy de moda en aquel entonces. El Castillo de Otranto es una verdadera afrenta contra el racionalismo conquistador de personajes como Voltaire, por ejemplo. Es un llamado a recordar lo vivo y lo válido de la superstición y el miedo entre los hombres; tal vez es, por qué no, una prueba más de que entre el amor y el miedo existen infinidad de combinaciones posibles: amor al miedo, miedo al amor, amor de miedo.

Esta novela fue, en todo caso, una manera de gritarle al mundo lo lejos que estaba aún de la verdad.

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