¿Dónde empieza la corrupción?

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Escrito por:

Andrés Londoño Botero

Andrés Londoño Botero

Columna: Bitácora del primer y cuarto cuadrante

e-mail: a.londono134@uniandes.edu.co

Las estériles prácticas de buscar el bienestar individual a través de usurpar los recursos comunes, es una actitud recurrente de la cual nos hemos jactado. La pregunta es ¿qué hace la población civil para corregir esta práctica?

 A diario, por motivos culturales y de nuestra propia formación, damos cabida a la corrupción.

 En principio, son los electores los que se dejan seducir por las tibias prácticas del populismo. Los participantes en la contienda electoral prometen beneficios y regalos disfrazados en los más nobles deseos para mejorar el bienestar. Este discurso ha sembrado en la gente, un concepto de Estado paternalista, volviéndonos perezosos, pues "el Estado me lo tiene que dar todo". Es en este momento cuando damos cabida a la pereza y la falta de compromiso con nuestro verdadero bienestar.

La figura de Estado paternalista, y las nobles causas, disfrazan el aumento de impuestos y el crecimiento de la burocracia, de los cuales los políticos aprovechan para hacer de las suyas.

Cada subsidio o gasto que hace el Estado no es gratis, ni mucho menos es fruto de actitudes altruistas. Pues el erario público sale del bolsillo de cada uno de las personas, que con sus impuestos han ayudado a crecer las arcas del Estado. Por lo tanto, somos nosotros los que nos estamos pagando nuestros subsidios, la burocracia y los demás gastos que realiza el Estado.

La experiencia nos ha enseñado que el verdadero creador de riqueza es el sector privado no el Estado, pues el dinero del Estado no le duele a nadie, ya que no existe la consciencia que ese dinero es de todos nosotros, o ¿quién piensa que los políticos de verdad gastan todo el presupuesto público para el bienestar general sin pensar en el propio? Por lo tanto, las empresas del Estado son menos productivas que las privadas.

Hasta los privados son mejores adelantando obras de infraestructura, pues las concesiones donde no hay dinero del Estado de por medio, se construyen rápidamente y con mejores materiales para reducir los costos de mantenimiento.

Si queremos acabar con la corrupción, debemos omitir las prácticas sociales que dan pie a ella. Buscar el facilismo, esperar que el Estado nos de todo y no tener sentido de pertenencia, son actitudes que nutren a la corrupción, atentan contra el bien ser, y hacen que las estériles agitaciones politiqueras nos seduzcan. Es hora de pensar en formación y no solo en educación cuando hablamos de las grandes reformas a la educación. Pues el conocimiento no es garantía del buen ser.

En Japón, por ejemplo, limpiar no es un castigo, pues en la mayoría de escuelas, estudiantes y padres de familia, se reúnen para realizar las labores de limpieza en estas instituciones, generando sentido de pertenencia y reduciendo el deterioro de las instalaciones por el maltrato que les dan los mismos estudiantes.

Basta con acercarse a una universidad pública para darse cuenta el poco respeto y el poco valor que los estudiantes tienen hacia estas. Los daños que los mismos estudiantes realizan en sus instituciones educativas reducen el presupuesto disponible hacia rubros más productivos, como la adquisición de libros e instrumentos para los laboratorios.

La falta de formación, que nos conduce hacia el buen ser, da cabida a la corrupción en la medida en que no sentimos respeto por nada.

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